Columna de Rodrigo González: El Hombre del Norte, un Hamlet en esteroides

La película del talentoso realizador estadounidense Robert Eggers (La Bruja, El Faro) es un portento de destreza visual y seducción sonora, explotando al máximo la capacidad de su director para conectar con mundos ancestrales y paganos. En términos dramáticos todo es bastante simple y por algo no estamos en presencia de Hamlet, sino que de Amleth, el antecedente brutal, vengativo y musculoso del dubitativo príncipe danés.



Idealizados con fervor por la cultura pop contemporánea y sujetos de afiebradas teorías raciales, los vikingos han tenido una discreta representación en el cine. Alguien se puede acordar de una película como Los Vikingos (1958) de Richard Fleischer, protagonizada por Kirk Douglas y Tony Curtis, pero no deja de ser sintomático que aquellos actores estuvieran pocos años después en Espartaco (1960) de Stanley Kubrick. De esta última nunca nos olvidaremos, mientras que la primera parece sólo el ensayo para algo mejor.

Lo más interesante que hemos tenido recientemente viene de la televisión a través de la serie Vikingos (2013-2020), onerosa producción que renovó el interés siempre latente por los rubicundos semi-piratas del norte. Ahora llega a los cines chilenos El Hombre del Norte, película de 90 millones de dólares que toma como base la leyenda de Amleth, el relato escandinavo que a su vez inspiró el Hamlet de Shakespeare.

Credito: Aiden Monaghan / © 2021 Focus Features, LLC

La película del talentoso realizador estadounidense Robert Eggers (La Bruja, El Faro) es un portento de destreza visual y seducción sonora, explotando al máximo la capacidad de su director para conectar con mundos ancestrales y paganos. En términos dramáticos todo es bastante simple y por algo no estamos en presencia de Hamlet, sino que de Amleth, el antecedente brutal, vengativo y musculoso del dubitativo príncipe danés. Esto no es Shakespeare. Es guerra, sed de revancha y frío en Islandia, Dinamarca y alguna parte de Rusia. O, mejor dicho, en lo que esas tierras fueron en el año 895.

Todo parte en los años mozos de Amleth (Oscar Novak), un chico de 10 años que, según su padre, el rey Aurvandil Cuervo de Guerra (Ethan Hawke), ya está listo para ponerse la corona y subirse al trono. Su tío, el bastardo Fjölnir (Claes Bang), anda cerca con cara de pocos amigos y Aurvandil prepara sucesores antes de que arrebaten el cetro del reino. La reina Gudrun (Nicole Kidman) todo lo observa con inquietante calma y a estas alturas más o menos adivinamos hacia donde se dirige este barco nórdico de venganza y ajusticiamiento.

El flash forward nos lleva una década después al momento en que el ahora adulto Amleth (Alexander Skarsgård) rema como un condenado junto a otro grupo de barbudos de ojos azules en dirección a alguna aldea que será arrasada por su jauría de compañeros. Ahí conocerá a Olga (Anya Taylor-Joy), una vikinga algo más evolucionada que se entera del origen noble de Amleth y de su imperecedera sed de revancha.

Esta relación romántica le otorga ciertos tonos pastel a una pintura donde predominan otros matices, más crudos y primarios. No encaja demasiado en las motivaciones animales que conducen la vida de Amleth. Tal vez sirvan para darle densidad a una película que impacta por su sugerente brillo formal, pero que está un escalón por debajo de los religiosos colonos de La Bruja o de los kafkianos marineros de El Faro. Tal vez es buscar peras en el olmo: los vikingos son criaturas de combate, no saben de culpas cristianas o de dudas existenciales. Es la vitalidad antes que el hombre conociera el miedo.

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