“Salvajes que aullaban como lobos”: cuando los cosacos de Ucrania humillaron (y casi atraparon) a Napoleón en Rusia

Feroces guerreros oriundos de las estepas de Ucrania, los cosacos destacaron como fuerza irregular en la defensa de la tierra Rusa durante la campaña de Napoleón en 1812. Descritos como hábiles jinetes, pero con escasa eficacia en las operaciones militares tradicionales, su destreza se hizo ver en las operaciones de ataque y acoso durante la penosa retirada de la Grande Armé, en pleno invierno ruso, cuando sus lanzas sumaron penurias a las maltrechas tropas francesas.



La penosa marcha de la Grande Armée en su retirada de Rusia, hacia fines de 1812, mostró a las tropas de Napoleón, el amo de Europa por entonces, la cara más salvaje de las estepas de Eurasia. No solo por el frío que poco a poco, comenzó a congelar los miembros de soldados y caballos, sino por los ataques rápidos y brutales de jinetes venidos desde el interior, que parecían hacerse uno con sus monturas y atravesaban con sus lanzas a los desdichados que se quedaban rezagados.

El capitán español Rafael de Llanza, a cargo de uno de los batallones que el rey José I Bonaparte -el afamado ‘Pepe botella’ por un supuesto alcoholismo, pero que hasta ahora no es posible darlo por seguro- envió como refuerzo a las tropas francesas, fue testigo de los ataques de los jinetes. Les llamaban cosacos; unos hombres duros, curtidos por el frío de las estepas y la vida nómada. “El exército (sic) francés carecía de víveres. Los merodeadores o ladrones, que es lo mismo, en vez de hallar provisiones para la campaña, solían probar las lanzas de los cosacos”, recuerda en parte de sus memorias.

Hombres libres a caballo

Venidos desde las estepas de la actual Ucrania, los cosacos eran bandas de jinetes a caballo que merodeaban la orilla norte de los mares Caspio y Negro. En principio, eran cazadores y salteadores formados tras los siglos de contacto entre los pueblos de las vastas llanuras de Eurasia, con los guerreros montados tártaros mongoles venidos del oriente asiático. En la etimología, la palabra cosaco deriva del término kusak, que denota la condición de hombre libre o aventurero. Con siglos de autonomía, asentados en los cursos de ríos como el Don, el Greben, el Dniéper y el Zaporozhian, poco a poco comenzaron a ser asimilados por Moscú, como una fuerza de ataque al servicio de sus intereses.

De allí, a que en 1812, ante la amenaza de la invasión de Napoleón, el gobernador general de la orilla izquierda de Ucrania, príncipe Yakov Lobanov- Rostovsk, decidió hacer una leva masiva para formar regimientos cosacos y así incorporarlos a la batalla contra los invasores. A ellos se les sumaban siervos, que buscaban su libertad tras una vida de opresión en una sociedad que todavía conservaba una fuerte raigambre feudal.

Napoleon Bonaparte

Así se formó una formidable fuerza irregular de entre 70-75.000 hombres, comandados por el atamán (líder) Matvéi Ivánovich Plátov, un hombre nacido en los territorios controlados por los cosacos de la parte baja del río Don, pero que había hecho carrera en el ejército ruso. El detalle no era menor; los comandantes rusos no confiaban del todo en estos guerreros levantiscos y rebeldes, pero valoraban su ferocidad, por lo que decidieron ocuparlos en misiones específicas de acoso.

Así, lanzas en mano, participaron en algunas acciones del ejército regular donde, vestidos de rojo y azul, destacaron como una fuerza de ataque masiva, pero algo desorganizada en el contexto de un combate entre fuerzas organizadas. En la monumental batalla de Borodinó (7 de septiembre de 1812), la que enfrentó un cuarto de millón de hombres y que fue descrita con maestría por Tolstói en su clásica Guerra y Paz, se les asignó el ataque de la retaguardia francesa, y otras operaciones de acoso a los soldados rezagados, a los que atravesaban como si estuviesen en una cacería de animales.

“No se sabe a ciencia cierta hasta dónde avanzaron los cosacos de Plátov hacia la retaguardia del ejército francés -detalla el historiador Alexander Mikaberidze en su libro La batalla de Borodinó: Napoleón contra Kutuzov-. Plátov informó de que ‘el coronel Balabin, actuando en el flanco y parcialmente en la retaguardia, hostigó y aniquiló al enemigo, logrando capturar un gran número de prisioneros’. Los especialistas soviéticos afirmaron que los cosacos llegaron hasta Valuievo, que se encontraba en la retaguardia de la Grande Armée”.

El comienzo de la leyenda

Pero tras la batalla, los cosacos no descansaron. En los días posteriores, acosaron a las tropas francesas en su avance a Moscú. Aunque como tropas irregulares, a veces carecían de la organización y la moral para asestar un golpe definitivo. “Los cosacos y kalmuks nos obligaron repetidas veces a formar en cuadro y a cerrar las columnas para librarnos del hierro de sus mal labradas lanzas -escribió Rafael de Llanza-. No puedo menos que acusarles de no habernos roto y deshecho algunas veces, y en verdad que en aquella ocasión pudieron haberle muy bien rascado el cogote al Rey de Nápoles [Joaquín Murat] que nos mandaba”.

Batalla de Borodinó

Hacia mediados de octubre, tras notar que la ciudad estaba abandonada y que los rusos no se rendían como él lo había pensado, Napoleón decidió la retirada, consciente de la llegada del invierno y la necesidad de no alargar demasiado su línea defensiva. Allí, la fuerza de los cosacos se hizo sentir a plenitud, lanzando ofensivas contra los sorprendidos franceses, quienes quedaron impactados con ellos. El 25 de ese mes, en Maloyaroslavets, participaron en un ataque fulminante en que casi logran capturar al mismísimo emperador.

“El 25, había permanecido de guardia desde la noche anterior en una pequeña casa donde el Emperador había pasado la noche -recuerda en sus memorias el sargento Burgogne, granadero de la guardia imperial-. Había una espesa niebla, típica de octubre. De repente, sin informar a nadie, el Emperador montó a caballo, seguido por algunos oficiales de ordenanza. Apenas hubo partido cuando se escuchó un gran estruendo. Al principio pensamos que eran gritos de ‘Vive l’Empereur!’ pero entonces escuchamos la orden ‘Aux armes!’ [’¡a las armas!’]. Seiscientos cosacos, comandados por Platov, nos habían sorprendido, al abrigo de la niebla y de las quebradas […] Nos vimos frente a frente con estos salvajes, que aullaban como lobos mientras desenvainaban […] vimos que el Emperador se encontraba en medio de los cosacos, rodeado de generales y oficiales de ordenanza”.

La retirada de Napoleón de Rusia, óleo de Adolph Northen

Desde su lado, Rafael de Llanza recordó que el amanecer del 25 se vieron rodeados por una “emboscada de dos mil cosacos que, saliendo de un bosque, cortan la columna, matan cuanto encuentran, desordenan espantosamente todo el convoy y en esta situación el Emperador se hallaba de paso entre él, y tuvo a buen partido el poner pies en polvorosa”.

Desde ese momento, los cosacos atacaron en acciones rápidas y brutales a las tropas en retirada. “Los cosacos nacían de la tierra con la misma prontitud que nacen los hongos en el mes de octubre”, explica De Llanza, para dar a entender la rapidez con que se movían entre los bosques y los pastizales. Ello les permitió no solo acosar a las tropas del emperador francés, sino impedir la reunión con sus líneas de abastecimiento, lo que hizo más dificultosa la marcha. “Se esparció la voz de que en Smolenks había un exército (sic) de 100.000 hombres con los cuales nos sería fácil librarnos de los tabardillos de los cosacos, que constantemente los teníamos a derecha e izquierda del camino, sin podernos apartar a la más corta distancia sin ser lanceados”, cuenta el militar español.

El avance de los cosacos fue tal, que incluso llegaron a incursionar en territorios de las actuales Polonia y Alemania. Su ferocidad les permitió ganarse un espacio entre las fuerzas de la coalición que combatió a Napoelón, e incluso, entrar en París durante la ocupación de 1814 que determinó su destitución y primer exilio, a la isla de Elba. Mientras, la población parisina avivada por los soldados que lograron regresar desde Rusia, caracterizó a los cosacos como jinetes buenos para la bebida (se dice que allí nació la expresión “beber como cosaco”) y además de mujeriegos. Una leyenda que derivó en una mitificación de aquellos sujetos, como jinetes exóticos y desmesurados, surgida al calor de la batalla y los intercambios entre pueblos, que por los cruces de la guerra, se vieron enfrentados.

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