Vino, una despedida desafiante y la horca: las últimas horas de Adolf Eichmann

Tras una búsqueda de años, el coronel de las SS responsable de la deportación y muerte de millones de judíos en Europa durante la II Guerra Mundial, fue ubicado en Argentina por los agentes del Mossad y sacado de forma clandestina a Israel. Allí enfrentó los tribunales y condenado a muerte, aferrado a la tesis de la obediencia debida. En la hora final, hace exactos 60 años, solo tuvo un último deseo; beber una botella de vino.



Es probablemente una de las operaciones de captura más célebres de la historia; tras una búsqueda extendida por más de una década, y tras varios chequeos tras la pista que fue alertada por un judío alemán ciego, los agentes del Mossad lograron sacar de Argentina a su presa; el jerarca nazi Adolf Eichmann, organizador de la matanza de millones de judíos en Europa.

Los agentes le habían secuestrado en la calle, cerca de su hogar en la calle Garibaldi de Buenos Aires, de la que hoy no quedan rastros, pues fue demolida hace algunos años por decisión de sus descendientes. Se había convertido en una suerte de lugar de peregrinación, al que llegaban turistas preguntando por el sitio exacto en que el arquitecto de la “solución final”, fue atrapado.

Desde su captura, la lluviosa noche del 11 de mayo de 1960, Eichmann fue mantenido en una casa de seguridad. Hasta entonces se había mantenido oculto bajo la identidad de Ricardo Klement, pero tras el interrogatorio de los agentes israelíes, no tardó en reconocer su identidad.

Para sacarlo del país, iban a embarcarlo en el avión que traía a la delegación de Israel que participaría en las celebraciones del aniversario del 25 de mayo, el día nacional argentino; pero una demora burocrática, alargó la espera con el temor que su familia diera la alarma para buscarlo. Finalmente, Eichmann fue drogado y disfrazado para embarcarlo. El operativo tras el criminal de guerra más buscado del mundo, había concluido con éxito.

Eichmann en Jerusalén

Una vez en Israel, el primer ministro Ben Gurión anunció al mundo la captura de Eichmann, en principio sin detallar como se ejecutó. Pero apenas el gobierno argentino, encabezado por el presidente Arturo Frondizi, se enteró del secuestro, rápidamente protestó ante las Naciones Unidas por la flagrante violación a su soberanía y al derecho internacional. Pese a que en los hechos, el reclamo trasandino tenía fundamento, el gobierno de Israel simplemente no hizo caso y preparó el juicio del criminal.

El 11 de abril de 1961, Eichmann, de 55 años, compareció por primera vez ante un tribunal. “Entró en la cabina de cristal a las 08.55. Sin advertencia. Simplemente, entró y se sentó. Alto, delgado; traje oscuro, camisa blanca meticulosamente planchada, corbata. Dos agentes de policía quedaron inmóviles a su lado. Eso es todo”, lo describió el periodista israelí Haïm Gouri, quien asistió al juicio, en declaraciones recogidas por France 24.

Durante los cuatro meses y tres días que duró el proceso, Eichmann se escudó en la tesis de la obediencia debida, en su condición de coronel de las SS y que cumplía órdenes en regla con la ley alemana. “Los únicos responsables son mis jefes, mi única culpa fue mi obediencia”, repetía una y otra vez.

Sin embargo, tras el paso de 111 testigos, se acreditó que el imputado había sido el organizador de la deportación de los judíos desde Alemania y su traslado a campos de concentración, así como buena parte de los operativos de las Einsatzgruppen, o brigadas de exterminio móvil desplazadas por Europa para exterminar a la población.

Los escritos de Hannah Arendt, recopilados en su libro Eichmann en Jerusalén, detallaban que el alemán representaba la “banalidad del mal”, es decir, no era ningún genio ni un supervillano como lo presentó la justicia, sino que fue parte de un mecanismo desplegado por el poder para banalizar el exterminio, al realizarlo de forma burocrática con funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias de sus actos.

Una tesis que con los años ha sacado algunas chispas. Mal que mal, antes del nazismo Eichmann era apenas un oscuro agente de una petrolera sin título universitario, que se había inscrito en la SS inflamado por la retórica nacionalista y revanchista de Hitler. “Hannah Arendt se equivocó sobre su personalidad. En ese momento, no sabíamos nada de él. Desde entonces, muchos libros han demostrado que no solo era un criminal en el cargo, sino que era verdaderamente antisemita. También mostró iniciativa en la organización de la Solución Final”, señaló la historiadora Annette Wieviorka a France 24.

La última copa

Finalmente, el 11 de diciembre de 1961, el magistrado Moshe Landau leyó el veredicto, el que declaró: “Adolf Eichmann fue culpable de crímenes aterradores, diferentes de todos los crímenes contra individuos, y que en realidad fue el exterminio de todo un pueblo”. La sentencia: la muerte en la horca.

La defensa de Eichmann, encabezada por el abogado alemán Robert Servatius, interpuso una apelación, pero esta fue denegada. En la madrugada el 31 de mayo de 1962, las autoridades de Israel denegaron la petición de clemencia. Eichmann debía ser colgado.

La última petición del reo fue una botella de vino. Incluso se le acercó un pastor protestante, que le ofreció leer la Biblia juntos para confortar su alma antes de mirar a la muerte, pero el alemán no quiso saber nada. Optó por beber a tragos cortos, mientras miraba fijamente una de las paredes de la celda. Así, tranquilo y en silencio esperó por su hora final.

Finalmente, Eichmann, fue llevado al cadalso. Se le ataron las piernas a la altura de la rodilla y los tobillos. El verdugo, Shalom Nagar, le acercó una capucha, como se estilaba con los condenados, pero el alemán la rechazó. “No la necesito”, dijo. En medio del silencio de los presentes, el alemán lanzó sus últimas palabras. “Larga vida a Alemania. Larga vida a Austria. Larga vida a Argentina. Estos son los países con los que más me identifico y nunca los olvidaré. Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo”.

“Yo lo vi colgado -recordó el verdugo años después-. Su rostro era blanco. Sus ojos estaban salidos. Su lengua colgaba, y había un poco de sangre en ella”.

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