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La Quintrala y el Cristo de Mayo: el mito que Benjamín Vicuña Mackenna hizo realidad

La célebre historia de la Quintrala expulsando al Cristo de Mayo nunca tuvo respaldo documental: surgió de rumores populares recogidos por Benjamín Vicuña Mackenna más de dos siglos después del terremoto de 1647. Aquí, la historia.

La Quintrala y el Cristo de Mayo: el mito que Benjamín Vicuña Mackenna hizo realidad

La anotación es de Benjamín Vicuña Mackenna, en su libro Los Lisperguer y la Quintrala, de 1877, más de dos siglos después de ocurridos los hechos que relata.

“Lo que el vulgo sabe hasta hoy de aquel agravio, es que el Cristo de la Agonía volvió en una ocasión airados los ojos (cual hoy los tiene) sobre el rostro de Doña Catalina, dicen los unos porque se presentó a su vista con un excesivo escote, y otros porque azotaba y ceroteaba [sic] en su presencia a los esclavos, tal vez con las ascuas del altar que lo albergaba. Y fue entonces cuando la soberbia Quintrala lo hizo salir de su aposento con estas palabras que han conservado la memoria de las muchedumbres: ‘Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara. !Afuera!’”.

Esta anécdota, presentada por Vicuña Mackenna fue recogida por el paso de los tiempos como si efectivamente Catalina de los Ríos y Lisperguer de Wittenberg, la “Quintrala”, hubiese tenido la osadía de arrojar la imagen del Cristo de la agonía a la calle. Sin embargo, Vicuña Mackenna no presentó ningún respaldo documental ni evidencia que respaldara su afirmación. Simplemente recogió de algún lado lo que se afirmaba sobre la Quintrala. Una falsedad sin sustento alguno.

Cristo de Mayo en la Iglesia de San Agustín.

En rigor, el Cristo protagonista de esta leyenda sin ningún fundamento era el popularmente llamado Cristo de Mayo, cuyo verdadero nombre es el de Señor de la Agonía. Una imagen tallada en 1613 por Fray Pedro De Figueroa, y que se conservaba en la iglesia de San Agustín, que sufrió los embates del terremoto de Santiago del 13 de mayo de 1647, siendo destruida casi en su totalidad. Tras el terremoto el Cristo fue hallado intacto en su lugar, con la vistosa corona de espinas deslizada desde la cabeza hacia el cuello. Ello permitió que se asociara muy rápido a la catástrofe, en tanto era una señal que confirmaba la acción sobrenatural en lo ocurrido.

El entonces obispo de Santiago, Gaspar de Villarroel, dejó un testimonio escrito sobre lo ocurrido. “Tienen estos padres un devotísimo crucifijo(…) estaba en el tabique, que cerraba un arco tan fácil de caer, que no tenía que obrar en el temblor y caía la nave toda, quedó fijo en su cruz sin que se lastimase el dosel. Halláronle con la corona de espinas en la garganta como dando a entender que le lastimaba una tan severa sentencia; y nos prometimos para lo que quedaba su grande misericordia. Conmovido el pueblo con su antigua devoción y este reciente milagro, le trajimos en procesión a la plaza”.

Ilustración del Cristo de Mayo tras el terremoto.

De acuerdo a la información de la orden agustina, los hechos ocurrieron así: “Luego del terremoto, el obispo agustino, Fray Gaspar de Villarroel, quiso sacar la corona de espinas que quedó en el cuello de la escultura, pero al momento de hacerlo vino sobre la ciudad, una réplica telúrica. Al intentarlo por segunda vez, volvió a ocurrir otro fuerte movimiento, por lo que optó por dejarla en ese lugar. Ante este acontecimiento, ordenó que se hiciera una procesión por la ciudad cada 13 de mayo recordando tan milagroso hecho”.

Desde ahí viene el mito que asegura que si se intenta mover la corona de espinas desde el cuello, vuelve a temblar. Como sea, ya desde ese primer 13 de mayo, la imagen fue llevada en procesión como una manera de confortar a la sufrida población, dándose inicio a la tradición anual del Cristo de Mayo.

Cristo de Mayo en plena peregrinación.

¿Y cómo se relaciona La Quintrala con el Cristo de Mayo? Ocurre que la iglesia de los Agustinos estaba contigua a la casa de Catalina de los Ríos. Sin embargo, fue Benjamín Vicuña Mackenna quien, sin ningún respaldo documental, afirmó que la poderosa mujer tuvo la imagen albergada en su vivienda.

“De que doña Catalina albergó en su morada contigua al templo aquella imagen por algunos años casi no queda duda, tanto en razón de la devoción ardiente que le tributó al morir; legándole una cuantiosa porción de su fortuna, como porque hay constancia de que después del terremoto de 1647, en que el obispo Villarroel llevó descalzo a la plaza aquel famoso crucifijo, no volvió este a su nicho porque el templo que lo albergaba y que se hallaba aún en construcción desde el primer año del siglo, cayó al suelo por entero”.

“Fue muy probable que con motivo de aquella catástrofe, doña Catalina, íntimamente ligada desde el pañal a la mortaja con la Orden de San Agustin, en cuyo presbiterio yacieron los féretros de todos los Lisperguer, incluso el de ella misma, diese posada en su casa a la milagrosa imagen, que en su infancia viera labrar al padre Pedro de Figueroa, ‘insigne predicador y tallista’”.

Pero, ¿fue efectivo esto? En su podcast Dato Mata Relato, el historiador Cristóbal García-Huidobro explicó algo clave en un episodio dedicado a la Quintrala: “Los agustinos, que tienen un archivazo en su monasterio, hicieron un análisis súper cuidadoso de qué había pasado con el Cristo de Mayo. Tiene fecha: febrero de 1613, y tiene nombre de su tallador: Pedro De Figueroa. Siempre estuvo en manos de los agustinos, nunca jamás fue de La Quintrala”. ¿Cómo entonces llegó la idea de que Catalina de los Ríos tuvo la imagen? “Literalmente, sepa Moya”.

Fue Vicuña Mackenna quien delineó la imagen de La Quintrala como una mujer sanguinaria, déspota y que maltrataba a sus esclavos. Sin embargo, a la luz de la historiografía actual, dicho relato queda en entredicho. “El hecho de que la Quintrala haya cometido los abusos, aunque no lo sepamos bien a ciencia cierta, era algo que hacían prácticamente todos -explicó a este medio la historiadora María José Cumplido-. Lo que causó peculiaridad, y no en la época, sino más bien a Vicuña Mackenna, es que esos castigos los haya hecho una mujer que, supuestamente y debido a una mirada masculina sobre la mujer, debía ser dulce. Es Vicuña Mackenna quien la transforma en un ser maligno, pero históricamente, se comportaba como un hacendado cualquiera”.

Lo de la Quintrala no fue el único mito surgido en las polvaredas del terremoto. En su relación, el obispo Villarroel comenta que escuchó más de algún relato fantasioso, pero que él mismo se dio el trabajo de desmitificar. “Los más son mentidos, los otros imaginados; siendo así que el terremoto es un prodigio y cada vida un milagro. Díjose que poco antes parió una india tres niños y que el uno de ellos predijo el fracaso. Que a un mayordomo le habló con rigor un Crucifijo. Que el Santo Cristo de San Agustín volvió tres veces el rostro. Que una india vio un globo de fuego, que entrando por la Audiencia salió por las casas del Cabildo y que comenzó a temblar habiéndose desvanecido. Que en la Cordillera se oyeron voces de los demonios, cajas y trompetas, sonidos de arcabuces, disparos y como chocar dos ejércitos. Que tuve yo revelación de que Dios estaba ya desenojado y que ya alzaba la mano del castigo. Originose esta hablilla en el pueblo, de que les dije, en el sermón que ya Dios estaba aplacado por su mucho arrepentimiento; y que lo conocía de que, aunque conferido el castigo con nuestros deméritos, era muy corto, conferido con lo que Dios acostumbra; había sido severo, y que ya había efectuado Dios lo que pretendía que era su compunción y sus lágrimas. Menos fundamento tuvieron los prodigios que quedan referidos, porque los averigüé de uno en uno y hallé que todos eran falsos. He querido sin embargo referirlos a Vuestra Excelencia, porque si llegaren allá otras relaciones con ellos, tenga entendido que todos son fabulosos”.

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