Por Andrés GómezReseña de libros: de Jon Fosse a los cineastas por la revolución
Ales junto a la Hoguera, la melancólica novela del Premio Nobel noruego; Imaginémonos el Caos, un volumen de ensayos que explora en la imaginación fílmica chilena de 1967 a 1973, y un libro álbum que juega con las posibilidades creativas y lúdicas del lenguaje, en las lecturas de la semana.


Ales junto a la Hoguera, de Jon Fosse (Random House)
Signe mira por la ventana hacia el Fiordo, donde las montañas se empinan sobre el mar. En primavera y verano la vista es hermosa, cuando relumbra el azul. Pero ahora está oscuro, sin color, y hace frío. Signe mira por la ventana pero solo ve oscuridad y, entre las sombras, distingue la silueta silenciosa de Ales. Es marzo de 2002, pero ella vuelve a esa mañana de noviembre de 1979, cuando Ales salió hacia el Fiordo y no volvió. Quería vivir en un lugar así, donde ella y Ales pudieran estar solos, “donde la primavera fuera primavera, el otoño fuera otoño, el invierno fuera invierno, donde el verano fuera verano”. Así, fueron a instalarse en la vieja casona familiar, pero ahora el Fiordo se ve negro y ella se pregunta, “¿qué hace él ahí mirando al otro lado de la ventana?”. La historia que narra Jon Fosse es esencial: desprovista de grandes acciones, está dotada sin embargo de un gran poder evocativo y encierra una reflexión sobre el amor y la pérdida. Como en su breve novela Blancura, el autor y Premio Nobel noruego crea ambientes vagamente oníricos e imágenes de gran resonancia, como una especie de meditación literaria. Con su manejo del ritmo y la prosa y un auténtico aliento poético, en sus manos el lenguaje brilla con una luz triste, bella y melancólica.

Imaginémonos el Caos: Cine, Cultura y Revolución en Chile, 1967-1973, de Pablo Marín (FCE)
El funcionario de Quimantú, la editorial fundada por el gobierno de la UP, llega a la población Che Guevara y le explica a los pobladores el propósito de crear un taller literario para el pueblo. Dice que va a ser una experiencia donde “venimos a aprender todos”. Uno de los pobladores lo interrumpe: “Bueno, ¿vienen a darle cultura al pueblo o a aprender?”. El funcionario explica que la dinámica responderá a un “proceso dialéctico”. Y el poblador replica: “O sea, hay burocracia”. Luego quiere saber qué escritores participarán: “¿Viene Lafourcade?”. Y ante la respuesta negativa, el poblador concluye que “esto es una especie de paternalismo”. Desopilante, la escena es parte del filme Esperando a Godoy, de Cristián Sánchez, Rodrigo González y Sergio Navarro. Y es la escena elegida por PabloMarín para dar inicio a su notable exploración del cine y la cultura entre 1967 y 1973. O visto de otro modo, su exploración de la época desde la cultura y el cine local. Historiador y cinéfilo, en cinco ensayos que abarcan obras de Helvio Soto, Miguel Littin y Raúl Ruiz, entre otros, el autor entrega un relato vibrante y agudo de una época donde los cineastas proclamaban que el cine chileno “deberá ser un arte revolucionario”. Una aproximación novedosa, culta y rigurosa a una época convulsa y contradictoria, donde la épica podía tropezar con el absurdo.

Familia de Palabras, de Sandra Siemens y Yael Frankel (Claraboya)
Las palabras pueden encerrar sorpresas. Pueden ser la llave que abre puertas a universos de sentido o cajas mágicas que despliegan un festín de imágenes. La voz que habla en este poema juega a formar familias de palabras. “¿Oruga? / El tren es una oruga con ventanas iluminadas/ que mueve los vagones para arriba y para abajo,/ apenas para arriba, apenas para abajo, como si fueran/ a desprenderse, pero no se desprenden.// ¿Noche?/ El tren es una oruga con ventanas iluminadas/ que camina toda la noche/ y a la mañana temprano me deja el mar,/ servido como un mantel”. Pero en la página siguiente dice: “No/ Nunca viajé en tren./ No conozco el mar”. Entonces busca palabras que combinen con gato. “¿Repollo?/ Mi gato es sordo,/ por eso nunca viene cuando lo llamo./ Tiene un nombre que jamás escuchó./. Es blanco como la leche y los ojos del mismo color de los repollos”. Pero tampoco tiene gato. El juego se extiende, así, a otras palabras: perro, escuela, casa, hermano, papá, mamá. “Tengo una familia de palabras/ Puedo escoger una para construir algo”, dice. Animado de espíritu lúdico, este libro álbum juega con el lenguaje, su capacidad evocativa y su dimensión semántica, y el juego es acompañado con alegres collages que abren nuevas puertas a la imaginación.
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