Columna de Rodrigo González: Un Lugar en Silencio, Día Uno: Sam y Frodo contra los alienígenas

Sam (Lupita Nyong'o), Reuben (Alex Wolff) y Henri (Djimon Hounsou) en Un Lugar en Silencio: Día Uno (2024), de Michael Sarnoski.

La muy buena precuela de Un Lugar en Silencio I y II cambia el tono hacia un drama doméstico donde Lupita Nyong'o se enfrenta a todas las adversidades posibles junto a un inesperado aliado animal.



Los ejercicios imaginativos del sufrimiento humano son infinitos en el cine. Por ejemplo, siempre puede haber algo aún peor que padecer una enfermedad terminal, perder al padre y no tener familia alguna en la que refugiarse. En la película Un lugar en silencio: Día uno, su protagonista pasa por eso y mucho más. Enfrenta a un ataque extraterrestre, para empezar.

Ella es Samira (Lupita Nyong’o), o Sam, en esta precuela de Un lugar en silencio (2018) y Un lugar en silencio II (2020), las dos cintas previas sobre invasiones alienígenas de John Krasinski.

En la primera producción todo empezaba en media res, durante los primeros días de un futuro post-apocalíptico gris y desamparado, con buena parte de la especie humana despezada dentro de las fauces de los horripilantes invasores. Poseedores de un sentido de audición hiper-desarrollado y voracidad de depredador alfa, la raza alienígena en cuestión se mueve por la Tierra (o al menos por Estados Unidos) de manera brutal. Son máquinas de matar, pero como suele pasar con este tipo de bicharracos siempre hay un talón de Aquiles al que se le puede hacer puntería.

En el caso de ellos, lo que sabemos es que son ciegos y que al contacto con el agua mueren. Esto se traduce en que Sam y el resto de los neoyorquinos podrán esquivarlos si es que no se hace ruido alguno y logran llegar a algún río o mar donde sumergirse o, mejor aún, emprender una fuga en barco.

Tras el apocalipsis extraterrestre y acompañada por su fiel gato Frodo (sí, son Sam y Frodo), nuestra heroína pierde todo contacto con el enfermero que la cuida y con los internos de su casa de reposo. No tiene acceso a sus medicamentos contra el dolor, pero en medio de toda esta sucesión de desastres alberga un pequeño y simple anhelo. Ir a la vieja pizzería al lado del club de jazz donde su padre la llevaba tras tocar el piano. Nueva York está en el suelo, pero traer aquel recuerdo a la vida tal vez sea lo único que valga la pena en medio de este réquiem planetario.

Uno de los principales méritos de las dos películas anteriores de Krasinski era la capacidad de desplegar dramas en medio de un paquete que se podría llamar de ciencia ficción u horror. Es el viejo truco que Steven Spielberg o M. Night Shyamalan supieron hacer mejor que nadie en E.T., el extraterrestre (1982) o El sexto sentido (1999), respectivamente.

Las enseñanzas, se ve, han dejado escuela y el realizador Michael Sarnoski es un alumno aventajado. Ya lo había logrado en su anterior película Pig (2020), donde un Nicolas Cage en modo anacoreta enfrentaba los golpes de la vida junto a una cerdita buscadora de trufas. Ahora sigue en cierta medida ese patrón con el personaje de Sam y su gato, por lo demás bastante más asertivo que cualquier alienígena promedio.

Hay algún riesgo de que la balanza se incline hacia lo empalagoso con la aparición del personaje de Eric (Joseph Quinn), un estudiante de derecho inglés que parece carecer de todo el temple de Sam, pero Michael Sarnoski maneja los hilos y sabe cuándo hay que presionar el acelerador y los frenos del drama. Después de todo, estamos bajo ataque y no hay tiempo para deprimirse.

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