Por Paula FrederickBronca 2: moscas en el paraíso
Si la primera parte de la ficción de Netflix convertía un altercado vial entre dos desconocidos en un frenético, y adictivo, espiral de odio, la nueva temporada hila mucho más fino. Ahora, el asunto se parece más a dormir con el enemigo.

La serialidad es parecida a una olla a presión. Necesita administrar el caos inminente, dosificar sus puntos de ebullición y mantenerse encendida sin explotar de inmediato. Porque al otro lado de la pantalla, hay alguien que necesita de esa dinámica para mantener viva su atención. Esa es la lógica detrás de Bronca, la antología de Netflix creada por Lee Sung Jin y la productora A24, que entrega una segunda temporada todavía más incómoda y venenosa.
Si la primera parte convertía un altercado vial entre dos desconocidos en un frenético, y adictivo, espiral de odio, la nueva temporada hila mucho más fino. Ahora, el asunto se parece más a dormir con el enemigo. Con Oscar Isaac y Carey Mulligan a la cabeza, la temporada se mueve en el universo pulcro y elitista de un club de campo administrado por una poderosa familia coreana. Aquí, Isaac es Josh, gerente del lugar, atrapado entre las apariencias y el desgaste emocional, mientras Mulligan encarna a su mujer Lindsay, cuya aparente estabilidad empieza lentamente a resquebrajarse. Frente a ellos, una joven pareja de trabajadores, interpretados por Charles Melton y Cailee Spaeny, reconocen en esa élite una ventana para escapar de su propia precariedad. Lo que une a los personajes no son, necesariamente, las malas intenciones, sino la necesidad. Y nada como una buena oportunidad, para mover los límites morales.
La belleza física, el éxito y la validación social funcionan como una moneda de cambio constante. Aquí entran en escena Song Kang-ho (Parásitos) y Youn Yuh-jung (Minari), como los dueños del club, dos intérpretes que cargan el peso simbólico del cine coreano reciente y de relatos donde clase, ambición y supervivencia siempre terminan chocando.
Lee Sung Jin se maneja bien con las combustiones lentas. La putrefacción, como guiño al espectador, aparece antes de que los personajes la perciban: hormigas rodeando comida olvidada, moscas suspendidas sobre superficies impecables, silencios demasiado largos y sonrisas forzadas. Pequeñas señales de una descomposición anunciada, parecida al colapso de una relación afectiva: Primero, la contaminación. Luego, las grietas. Hasta que llega la explosión definitiva.
En un acto evolutivo dentro de su propia génesis narrativa, la segunda temporada funciona como bisagra entre distintas generaciones y su forma de encarar el fracaso afectivo, la vida adulta y su inevitable frustración. La pareja joven reacciona desde el impulso, el resentimiento y la urgencia económica; Josh y Lindsay, desde la contención, el cansancio y la acumulación de heridas. Presente y futuro de la que podría ser una misma dimensión, que se despliegan como un caleidoscopio, hasta quedar atrapados en la clásica sospecha: no importa cuánto nos esforcemos. El pasto del vecino siempre parece más verde.
Moviéndose con virtuosismo entre thriller, comedia negra y sátira social, la miniserie construye una reflexión, incómoda y lúcida, sobre los consensos posibles, para preservar cierta ilusión de tranquilidad. Dinero, belleza, estabilidad emocional, reconocimiento: todos persiguen algo que sienten a punto de perder. Y mientras más desesperados están por conservarlo, más se acercan a destruirlo.
Si la primera temporada de Bronca era una espiral de rabia que crecía desde lo cotidiano hasta lo operístico, ahora se parece más a una filtración invisible. Así, la miniserie parece haber madurado, reafirmando un principio básico de la vida adulta: lo que trae la destrucción definitiva, no siempre son los grandes estallidos. Y, de paso, regala otra certeza, sin duda más esperanzadora: hay segundas partes, que sí valen la pena.
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