Culto

El Caballero de los Siete Reinos: podemos ser héroes

En El caballero de los Siete Reinos, la dimensión de R.R. Martin está siempre presente; la fanfarria de Ramin Djawadi que se asoma de manera fugaz; el recuerdo persistente del último dragón. Sin embargo, la pulsión quijotesca gana la partida, con un Quijote y un Sancho jóvenes e inexpertos, pero con la misma voluntad de vencer a los molinos de viento

El Caballero de los Siete Reinos. Foto: HBO Max

Vivimos en la era de la multiplicidad. Como si habitáramos el guion extendido de Todo, en todas partes, al mismo tiempo, cuya fórmula nunca descansa. Los multiversos se multiplican como Gremlins, y ya no son patrimonio exclusivo de la dimensión digital: proliferan también en las sagas épicas, esas que evocan épocas lejanas y tiempos inmemoriales. Las fantasías literarias que tanto nos gusta ver en pantalla, y que se sostienen en tradiciones remotas, pero también de metarrelatos, saltos temporales y conexiones contemporáneas, para seguir existiendo.

Fiel a esa lógica expansiva, el universo de Game of Thrones sigue creciendo, como si el invierno nunca hubiese llegado. Tras el fenómeno de la serie madre y el desembarco de la discutida House of the Dragon, el mundo creado por George R. R. Martin da un giro inesperado con El caballero de los siete reinos, spin-off basado en uno de los relatos de Los cuentos de Dunk y Egg. De la mano de HBO Max, su fiel guardián de la noche, la serie de seis capítulos sigue las andanzas de una dupla improbable: Ser Duncan “el Alto” (Peter Claffey), un caballero errante sin título ni renombre, y su joven escudero Egg (Dexter Sol Ansell), que a su vez esconde un revelador pasado. Juntos recorren los Siete Reinos de Poniente explorando el honor, la amistad y la lealtad, lejos de las intrigas palaciegas y las conspiraciones por el Trono de Hierro.

En un acto de gallardía —o quizá supervivencia—, la serie se desmarca de sus poderosas antecesoras. Aquí no abundan los ríos de sangre, las torturas medievales, las bodas rojas ni los puñales por la espalda. Lo trágico y lo sombrío se derriten con la nieve, dando paso a un paisaje más verde y luminoso. Una suerte de primavera, con momentos de humor absurdo y genuino que nos regalan un alivio inesperado, frente a los calvarios y penurias que durante años nos hicieron transitar sus personajes. Ya era hora de pausar el sufrimiento. El caballero de los siete reinos se revela liviana, lúdica y ausente de grandes ambiciones, como quien baja la guardia sin perder dignidad.

En El caballero de los Siete Reinos, la dimensión de R.R. Martin está siempre presente, como un telón de fondo familiar: guiños a héroes del pasado; la fanfarria de Ramin Djawadi que se asoma de manera fugaz; el recuerdo persistente del último dragón. Sin embargo, la pulsión quijotesca gana la partida, con un Quijote y un Sancho jóvenes e inexpertos, pero con la misma voluntad de vencer a los molinos de viento. Una suerte de coming-of-age atemporal, que reafirma un sentido profundo de amistad, honor y justicia.

Así, la serie se inscribe con naturalidad en la tradición de la comedia de caballeros, evocando títulos inolvidables como La Armada Brancaleone de Mario Monicelli, el absurdo de Monty Python y el Santo Grial o la frescura de La princesa prometida. La reinvención del cuento del héroe que hace de la inocencia y la torpeza una virtud, transformándola en su mayor fortaleza narrativa.

Su talón de Aquiles puede ser, justamente, abrazar la ligereza que proclama, corriendo el riesgo de volverse, con el tiempo, una anécdota que galopa a la deriva. Pero, paradójicamente, ahí está su gesto más noble: revelar un universo paralelo que puede volverse real, donde los torpes, desafortunados, los eternos personajes secundarios, se convierten en héroes. Los que detienen el invierno sin empuñar dragones ni coronas, con una armadura oxidada y una convicción intacta. Esos que, en cualquier multiverso, conquistan todos los reinos posibles.

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