Por Pablo Retamal N.Roberto Brodsky: “Lobos ha tenido un efecto de reconciliación para mí, incluso con Chile”
El escritor nacional radicado en EE.UU. regresa con Lobos, su nueva novela centrada en el viaje de un padre y su hija hacia el interior de Norteamérica. En esta entrevista, Brodsky analiza el quiebre de la autoridad, la distancia entre generaciones y el desdoblamiento vital de quien escribe sobre Chile mirando siempre por el espejo retrovisor.

Un padre chileno y su hija de 18 años, Julia, atraviesan 500 kilómetros en auto por la inmensidad de los Estados Unidos hacia la localidad de Lima, Ohio, donde la chica ingresará a un campamento de ecología radical. Ambos cargan con sombras que los acechan como lobos en el bosque. Él, con el manuscrito de una novela sobre su pasado en Chile; ella, con los efectos devastadores del lupus, una enfermedad que le hace la vida muy difícil. Entre ambos, se anota la distancia de las generaciones, pero también de las formas de situarse en el mundo.
Ese es el argumento de Lobos, la nueva novela del escritor nacional Roberto Brodsky. Residente en Estados Unidos, comenta a Culto que esta narrativa surgió a partir de imágenes, como en todas sus novelas. “Imágenes que quedan suspendidas en el recuerdo o la cristalización que uno hace de ellas, y que en el caso de Lobos tienen que ver con mi hija adolescente en un bosque, de noche, comunicando por celular su extrañeza por el lugar donde se ha metido, mientras yo intento saber cuál es ese lugar. Es una imagen, y actúa como la silla eléctrica de la novela, sin que necesariamente apele a una realidad literal”.
La novela se articula en torno a un viaje: ¿qué le permite narrativamente ese desplazamiento físico?
Viví la pandemia de 2020 en Nueva York, donde fallecieron más de 46 mil personas, lo que es una catástrofe por donde se la mire. El deseo más acariciado entonces por todos era el de salir de la ciudad. Al mismo tiempo, yo estaba encerrado escribiendo un libro de tesis sobre Enrique Lihn en los años ochenta, La casa que falta, y supongo que ese deseo de fuga que estaba en el aire se me coló para que luego apareciera en la forma de una ficción. No fue un acto premeditado, sino que se me impuso desde la experiencia misma del encierro de la peste y de la escritura como caras posibles de la misma moneda.
¿Por qué situar la historia fuera de Chile, pero con un pasado chileno tan presente?
Es mi realidad al escribir. Estoy vitalmente atado a Chile y el vínculo con mi país me resulta imprescindible desde el punto de vista imaginario, pero mi existencia cotidiana y real ocurre en otra parte. Esto hace que el desdoblamiento me resulte natural, no involucra el gesto del meteco que busca encajar en un mundo distinto al que pertenece su escritura. Al situar la novela fuera de Chile, en rigor me hago cargo de esa experiencia a través de un espejo retrovisor. Eso es Chile en la novela: una sombra. No pretendo inventar nada sobrenatural ni falsamente espiritual.
¿Cuánto de autobiográfico tiene esta novela?
Todo y nada, en el sentido de que todo es ficción, incluso aquello que no lo es. Ese es mi único dogma literario, y trato de practicarlo con cierta libertad suicida apenas las cosas entran a la página y se convierten en una determinada narrativa. ¿Soy yo ese padre sin nombre? ¿Es Julia mi hija? No, por supuesto. Claro que sí, al rastrear los datos. Pero no me interesaba hacer testimonio. Quien habla es un narrador, entonces los personajes son trasuntos de los modelos que ese narrador escoge para construir la historia. La novela no es un diario de viaje ni una botella al mar con el testimonio de un naufragio, sino una construcción literaria donde los tiempos se entremezclan y confunden tanto como los trazos reales de esos personajes. De hecho, ese viaje desde Washington a Ohio nunca existió en mi realidad biográfica, y quizá por lo mismo necesitaba crearlo como ficción.

La relación entre el padre y la hija es central. ¿Qué tipo de paternidad quiso retratar?
La crisis, claramente. Las cosas no han salido según lo planeado por el padre, el mundo se derrumba alrededor de la hija, no hay liderazgos en los cuales creer ni pasamanos de los cuales sujetarse. La lucha por las identidades es una frivolidad académica de la izquierda dorada y la restauración del orden un estafa autoritaria del negocio de los conservadores. En ese estado de las cosas, la paternidad solo se sostiene como pregunta.
En la novela aparece una figura paterna debilitada, sin autoridad clara. ¿Es un síntoma de época?
Bueno, más que un síntoma de época es la época misma: la novela se sitúa en tiempos de la pandemia donde la autoridad de la medicina es discutida y rebatida por los enfermos, mientras la autoridad política acomete la destrucción de las propias instituciones que la sostienen, y cuyo corolario es el asalto al Capitolio en enero del 2021. Después de eso, no hay por qué escandalizarse de que toda una generación de jóvenes atienda más a buscar unos cuantos likes en las redes y a sus propias fantasías narcisistas que a la realidad sin atributos en la que vivimos.
¿Cree que hoy los padres están más desorientados frente a sus hijos que en generaciones anteriores?
No, yo creo estamos alertados en relación a los hijos, que es una cosa distinta. Eso te llena de miedos más que de perplejidades. La pandemia de 2020 fue un verdadero parteaguas en este sentido, en la medida que abrió una situación nueva; primero entre sanos e infectados, muertos y vivos, creyentes o escépticos de la ciencia, usuarios del teletrabajo en contraste con los masivos abandonos escolares. Creo que a partir de ese momento la tecnología vino a ocupar un lugar central en la vida de cada uno, y que ya se anunciaba en el uso político que tuvieron las redes en la primavera árabe de 2011 y en el estallido chileno de 2019.
El lupus y el duelo por la amiga de Julia son elementos potentes. ¿Cómo investigó la dimensión física y emocional de la enfermedad crónica?
No las investigué, y tampoco me bastó con experimentarlas en casos muy cercanos. Yo creo que lo que hice fue traducir esas dimensiones, o al menos a eso aspiré. El problema es que no es posible encarnar el dolor en un espacio textual, porque el verdadero dolor aísla de manera brutal a quien lo padece. El mal y la cura son realidades retóricas en un texto, sea este de carácter literario o de práctica médica, y a lo más que se puede llegar es a crear una ampliación de la conciencia sobre esos temas. Por eso aquí las abstracciones no tienen ningún valor y solo es posible traducir como mejor se pueda ese dolor, sabiendo de antemano que el original está fuera de alcance.
¿Cómo ve a las actuales generaciones de escritores chilenos, y cómo ve a la suya en estos momentos?
Tengo un contacto escaso con la tribu literaria chilena, de la cual me autoexilié al publicar Veneno hace más de diez años. Ese libro provocó molestia y complicó mi relación con la literatura, pero paradójicamente Lobos ha tenido un efecto lenitivo para mí, de reconciliación incluso con Chile. Pero el tema de fondo es que la falta de autoridad también afecta al campo literario: no hay más sacerdotes ni sacerdotisas en la literatura chilena, apenas queda prensa escrita que otorgue un espacio como este a los libros, y por mucho que nos repartamos los premios nacionales equitativamente según el género, la edad, la identidad biológica o la ideología política que profesan los textos, lo que trasunta todo esto es una precariedad innegable en medio del esfuerzo titánico de unos pocos.

Desde su mirada en Estados Unidos, ¿cómo explica el fenómeno Trump? ¿Tiene paralelos con lo que ocurre en Chile?
No de manera mecánica, me parece a mí. Trump, como todos los fenómenos de poder absoluto, vengan de la izquierda o la derecha, tiene un sello impredecible: recibe a Mamdani con una sonrisa y se burla de que le digan fascista. Transgrede todas las normas de diplomacia y se lleva a Maduro de una oreja ante un tribunal en Nueva York. Eso espanta y fascina, como ocurrió con Fidel, Perón o Mussolini en su momento. Imitados pero nunca igualados por Milei, Ortega o Kast en Chile, esos personajes excesivos y gesticulantes hasta la caricatura viven del espejo que les devuelve una imagen imperial de sí mismos. Pero es todo un show, y en el caso de Trump los que más aplauden a rabiar y piden otra son los chinos.
¿Cómo ve a la izquierda hoy como oposición?
Desastrosa, sin brújula, a veces defendiendo lo indefendible, y más enredada que Irina Karamanos cuando pretendía explicar su estatus de no-Primera-Dama pero con el presupuesto adecuado. Curiosamente, la izquierda repite el formato de la derrota una y otra vez: celebra derrotar a Tohá en la primaria y llora por la goleada que le propinan en la presidencial con Jara, como si no estuviese cantado que así ocurriría. Me impresiona, porque se supone que es gente que se dedica a la política de manera profesional y no a hacer la revolución con los amigues, como parece ser la idea.
¿Qué tipo de conversación política cree que hace falta hoy?
La política no es mi tema, pero me interesa la conversación que pueda surgir allí, plantearse seriamente, por ejemplo, qué queremos, a favor de qué luchamos, no contra qué o contra quién, que es la tendencia más cómoda, rápida, floja y falta de imaginación en política.
Usted fue agregado cultural durante el gobierno de Bachelet, ¿qué le dejó esa experiencia en el plano personal y creativo?
Fue una sorpresa, porque yo estaba dedicado a hacer clases en la Universidad de Georgetown y nunca había trabajado para ningún gobierno. Estaba en la banca de la Concertación, para ponerlo en términos futbolísticos, y me convocaron en el segundo tiempo para sustituir a Javiera Parada, que era la titular. Hice de falso nueve durante dos años, bajando y subiendo las escaleras de la embajada, y hasta metí un par de goles contra el reloj: creamos una red independiente de aportes financieros para levantar un busto de homenaje a Orlando Letelier a pocos metros del lugar donde fue asesinado por la DINA, ordenamos los compromisos adquiridos previamente, e hicimos la primera retrospectiva absoluta de Raúl Ruiz en el Lincoln Center de Nueva York.

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