Sol Serrano, historiadora: “En los 60 llegar al liceo era ser parte de una élite, de clase media-alta y laica”

Autor: Pablo Marín

Imagen del Liceo José Victorino Lastarria, cuya construcción se inició en 1908 y que fue inaugurado en 1913. Foto: Archivo Fotográfico, Dirección de Arquitectura, Min. de Obras Públicas.

La académica de la U. Católica, postulada por estos días al Premio Nacional de Historia, presenta El liceo. Relato, memoria, política. Un ensayo que resume y reordena sus intereses en torno a la educación chilena.


En abril de 2013, Sol Serrano dio una entrevista a La Tercera por la aparición de los dos primeros tomos de Historia de la Educación en Chile (1810-2010), que escribió, investigó y editó junto a Macarena Ponce de León y Francisca Rengifo: una obra que sigue a los letrados que quisieron extender la educación, al Estado que la impulsó, a las comunidades que la solicitaron, a los niños y a sus padres, a la geografía, la demografía y la estructura productiva, para llegar, finalmente, al profesor.

En esa ocasión, y a contramano del “espíritu de 2011”, la autora de Universidad y nación declaró que “muchos defienden la educación pública como única garantía de igualdad, pero [esta] ha sido también muy segmentada y lo ha sido dramáticamente en su historia”. Y agregó que “en el sistema mixto que hoy tenemos, en todos los niveles, lo que vuelve con fuerza es el aspecto regulador del Estado docente”.

Pasado ya un lustro de aquellos días, aún no asoman el tercer y cuarto volúmenes de la obra ya mencionada. Sin embargo, una “costilla” del tercero aparece hoy en la forma de un ensayo original y hasta provocador -El liceo. Relato, memoria, política-, que llega a los escaparates cuando Sol Serrano (1954) es nuevamente postulada por la U. Católica al Premio Nacional de Historia (sobre el cual prefiere no explayarse en esta ocasión). Y ya en la introducción de la obra, que aborda la época dorada del “hijo amado de la República”, marca nuevamente un punto:

“Buena parte del debate político reciente asume que la educación pública es por definición un instrumento para la construcción de la igualdad social. Esta noción no tiene sustento histórico, lo cual no invalida ideológica ni políticamente dicha propuesta, pero sí la relativiza”.

Abordar el material como un ensayo, plantea la docente del Instituto de Historia de la UC, “me permitía una reflexión más personal y una escritura más propia. Este ensayo tiene mucho marco teórico implícito y miles de horas de archivo, pero quería encontrar una narrativa que no hostigara con teoría, sino que la absorbiera”. Y añade que en la obra hay “una postura sobre la conciencia histórica, la política y la comunidad cívica. Creo que la política abandonó el relato histórico de sí misma y ese abandono hizo líquido -que no es lo mismo que decir que liquidó, o quizá sí- el espesor de la política. Creo que el libro redondea y, en cierto sentido, concluye una larga fase de la pregunta que me ha obsesionado: cómo se crean los vínculos políticos modernos en un Estado y en una democracia representativa.

Hay algo contraintuitivo en su acercamiento al tema. ¿Propone una mirada histórica muy alejada de los usos?

El sistema educacional público que empezó a construirse a mediados del siglo XIX, fue profundamente segregado. A mediados del siglo XX, era difícil que un niño de escuela rural terminara su ciclo. Que entrara al liceo era casi imposible, y que lo terminara… ¡imposible! Era una pirámide brutal. Los tomos de la historia de la educación de nuestro equipo lo ha estudiado en detalle.

Dice usted que el sistema educacional chileno, desde el siglo XIX, reforzó las estructuras existentes y la segregación. ¿En qué medida el liceo fue un instrumento distinto del que creíamos?

En 1960, el liceo educaba a 3 de cada 10 jóvenes de la cohorte de edad. Es decir, solo llegar a él era ser parte de una élite. Pero de una élite heterogénea, que es de clase media-alta, que es laica y que, sin duda, encarna este ideal de ser la constructora de la democracia, como se entendió a sí mismo el liceo y como lo entendió la historiografía liberal-socialdemócrata de la época. Preferiría decir que reflejó la estructura social, y que esta se hizo evidentemente más compleja. Los casos de movilidad social que conocemos, fueron los menos. Pero esa es una dimensión del liceo. Otra, es la identidad que forjó en ese grupo de varias generaciones: una autorrepresentación, nuevos aprendizajes, nuevas prácticas y sociabilidades. Finalmente, una nueva conciencia de sí, que comprende a hombres y mujeres, y que va moldeando una nueva categoría etaria: la adolescencia.

Dramáticamente compatible

La “era dorada” del liceo llega hasta los 60, en el sentido que lo estudia este libro. “Pero su relevancia política fue enorme hasta el 73”, propone Serrano. “En la medida que el liceo se masifica y va incluyendo a los sectores postergados, va cambiando su carácter. Ese liceo es mucho más democrático que el anterior”.

¿Fue el liceo incompatible con el escenario que se plantea a partir de los 50 y 60?

Al contrario. Es dramáticamente compatible con la profunda crisis que vivía el país a fines de los 50. Hay una crisis de relato, porque el proyecto de una democracia política y social empezaba a hacer agua. En el liceo, esto se expresa en una expansión muy por debajo de la demanda, lo que cuestionaba su carácter democratizador. Por otra parte, los liceanos se transforman en actores políticos que reclaman el cambio social de las estructuras, precisamente por esta conciencia de sí que el liceo había creado desde los 30. El liceo, en el relato, era garantía de democracia dentro del orden. No de la protesta. La crisis del sentido de autoridad en una sociedad jerárquica es un fenómeno de más larga duración que se expresa precisamente en los años 60, en que los mapas conocidos cambian sus fronteras.

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