Güell el guardían del diagnóstico
<P>El director de Políticas Públicas de La Moneda, Pedro Güell, ha tenido un lento aunque sostenido ascenso en el círculo más íntimo de la Presidenta Michelle Bachelet. Tanto así, que -hoy- nadie duda de la influencia del sociólogo en el devenir de la actual administración y a él se atribuye la inspiración y rumbo de las principales reformas promovidas por la Mandataria.</P>

Voy a usar una palabra bien complicada... Hacía tiempo que no usaba una palabra tan complicada", comentó el director de Políticas Públicas de La Moneda, Pedro Güell Villanueva (56 años), generando varias sonrisas. Lo que pudo ser un güiño nostálgico a su pasado académico pasó casi desapercibido en la audiencia que se congregó en la Sala Camilo Mori -la noche del jueves 29-, durante una nueva jornada de la Feria del Libro de Santiago.
El sociólogo había hecho una excepción en su política de no mezclarse con actividades que no tengan que ver con las labores de gobierno para presentar, junto a la jueza Karen Atala, el libro Diversidades familiares, cuidados y migración. Nuevos enfoques y viejos dilemas, de Herminia Gonzálvez Torralbo, una antropóloga con la que trabajó hace años.
En el reducido público -de no más de 15 personas- no todos advirtieron que el estilizado comentarista, que se veía cómodo abordando la existencia de la diversidad de núcleos familiares en el país es -por estos días- uno de los asesores más cercanos e influyentes de la Presidenta Michelle Bachelet en materia de contenidos. Más aún, según varios en el oficialismo, uno de los autores intelectuales del sello de su segundo mandato.
Y es que desde marzo de 2014 -cuando renunció a sus actividades académicas y se instaló en una amplia oficina en el segundo piso de La Moneda- Güell ha extremado su bajo perfil.
En particular en actividades clave, como la última visita de Bachelet y su comité político, además del ministro de Energía, Máximo Pacheco, a la sede del CEP, en el aniversario 35 de ese centro de estudios, el pasado 8 de octubre.
El sociólogo ocupó un discreto asiento en medio del auditorio que congregó a los principales empresarios del país vinculados al think tank para escuchar a Bachelet y su renovado equipo político.
Güell también se restó de la foto oficial tomada en el frontis de la casona de Roberto del Río, donde rodeada por sus ministros la Presidenta luce sonriente junto al presidente del CEP y de CMPC, Eliodoro Matte, y los principales consejeros de la entidad.
Durante la cita, el asesor permaneció en silencio, tomando nota -como suele hacer en este tipo de reuniones- y fue sorprendido al escuchar halagadores comentarios de Beyer sobre el discurso con el que Bachelet lanzó su segunda candidatura a La Moneda en marzo de 2013 y justificó su nueva aventura presidencial.
"Fue un diagnóstico certero", habrían sido las palabras del director del CEP y ex ministro acerca de la alocución en la que la hoy Presidenta formalizó su intención de regresar a La Moneda para hacerse cargo del "malestar ciudadano" y los "abusos de poder".
La paradoja entre el avance económico y las desigualdades "inaceptables" que éste no ha sido capaz de resolver era una tesis en la que Güell -al amparo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), donde trabajaba bajo la dirección del investigador Norbert Lechner- venía elaborando desde fines de los 90. La idea de que la desigualdad va mucho más allá de condiciones materiales y que tiene que ver también con las diferencias de acceso a instituciones políticas estuvo, directa o indirectamente, siempre presente en sus distintos escritos.
Pero tuvieron que pasar casi 15 años para que dichas ideas, al alero del retorno de Bachelet al poder, llegaran a su nivel más alto de influencia.
Un camino lento, aunque persistente, que se inició durante la primera administración de la hoy mandataria, cuando Güell era consultado en reserva, pero periódicamente, por el entonces poderoso jefe de la Secom, Juan Carvajal, acerca de distintos temas de gobierno, nexo que le abrió al sociólogo las puertas del siempre hermético círculo de Bachelet.
Tanto así, que por estos días no hay nadie en el oficialismo ni en la oposición que ponga en entredicho el ascendiente de Güell en la confección del programa presentado en 2013 por la hoy Presidenta, y no son pocos quienes aluden a él como uno de los responsables del diagnóstico en el que la Presidenta sustenta su decisión de calificar como "irrenunciables" las reformas estructurales prometidas en campaña.
El hombre del cigarro
Desde que desembarcó en La Moneda, dicen quienes lo conocen bien, el sociólogo adquirió dos nuevos hábitos: el primero, se convirtió en un fumador empedernido, de aquellos que prenden un cigarro con la cola del anterior. El otro, es andar para todas partes con un pequeño cuaderno, en el que escribe las ideas que escucha y que le parecen interesantes. "Ya lánzate", les dice a sus conocidos, cuando, tras conversar de algún tema en específico, les pide que sinceren lo que piensan sobre el rumbo del gobierno en algunas de las principales políticas públicas o sobre la marcha de las reformas. Quienes han realizado con él ese ejercicio -que pidieron reserva de su nombre- aseguran que Güell no siempre acepta las críticas de buen agrado y, aunque en ocasiones se pone a la defensiva, nunca deja de anotar en su cuaderno aquello que le parece relevante.
Al sociólogo se le suele ver en los patios de Palacio, la mayoría de las veces solo, caminando en silencio mientras prepara mentalmente algún texto, quizás un resabio de su pasado como seminarista, que también le hizo heredar lazos privilegiados con los jesuitas hasta hoy.
La mayor parte de su jornada -eso sí- Güell la suele pasar en su amplia oficina del segundo piso de La Moneda, donde comparte con el resto de los asesores presidenciales. Bajo su cargo directo tiene a una veintena de funcionarios, en su mayoría jóvenes, encargados de la redacción de discursos para Bachelet y de la elaboración de contenidos que suele extraer de los sondeos de opinión y focus group que se encargan en Palacio.
Varios personeros de gobierno coinciden en que una de las obsesiones del sociólogo consiste en centralizar el manejo de la información que se obtiene a través de estos métodos. Prueba de ello es que una de las diferencias clave entre las dos administraciones de Bachelet está en este punto: mientras en el primer gobierno los estudios estaban bajo el alero de Carvajal en la Secom, en el actual gobierno los datos de encuestas son regentados con mano dura por Güell en su repartición. Desde allí lleva el pulso del gobierno.
Aunque no hay dudas de que los conceptos eje de la actual administración emanan desde su oficina -lo que le ha valido el calificativo de "ideólogo" de Pala-cio-, no todos los discursos de la Mandataria tienen su pluma.
En esta área destaca la jefa del área de Contenidos de la Presidencia, la periodista Ximena Jara, dependiente de la unidad de Güell, quien ya había trabajado en la redacción de discursos en el gobierno de Ricardo Lagos y en la primera administración de Bachelet.
Sin embargo, los discursos más importantes de la Mandataria, como el mensaje del 21 de mayo, la alocución que dio en septiembre pasado ante la Asamblea General de la ONU o el que pronunció a comienzos de octubre para anunciar el proceso constituyente, el sociólogo los arma de su puño y letra.
Quienes lo conocen de cerca lo describen como un hombre prudente, reservado y alejado de los medios de comunicación. Ni siquiera en sus años como académico le gustaba figurar en la prensa como opinólogo o analista. Por eso, a algunos miembros del gabinete de Bachelet les sorprendió el 21 de mayo pasado, cuando, al término del discurso de la Presidenta ante el Congreso, Güell aprovechara algunas conversaciones de pasillo para comentar que varios de los conceptos que había mencionado la Jefa de Estado sobre gratuidad eran de su autoría.
Más allá del episodio, el propio asesor prefiere definirse a sí mismo como un intelectual, no un político, y, de hecho, una de las críticas recurrentes al pedir referencias suyas es que entiende poco de la dinámica de los partidos y carece de redes en la Nueva Mayoría. Sus detractores le atribuyen a ese déficit -sumado a su inexperiencia en el Estado- las disonancias producidas entre las reformas impulsadas por Bachelet y la implementación de éstas.
"Siempre se caracterizó por ser una persona reflexiva, desde muy joven", recuerda el ex ministro de Educación de Lagos José Weinstein. Ambos se conocieron en 1980, en la Escuela de Sociología de la Universidad de Chile y hasta hoy mantienen cercanía.
Aunque tienen la misma edad, Güell iba dos cursos más abajo que Weinstein, pues había estudiado antes en el Seminario Pontificio Mayor, donde coincidió con el actual obispo de Melipilla y ex secretario de la Conferencia Episcopal, Cristián Contreras, y luego cursó un año de Teología en la Universidad Católica. "Sus estudios de teología lo ayudaron a tener una mirada más amplia que el resto de los estudiantes", dice Weinstein, quien recuerda, además, que Güell tenía un marcado interés por destacar intelectualmente. Los vínculos religiosos, particularmente con los jesuitas -en todo caso-, los ha mantenido hasta hoy, de distinta manera, a veces como colaborador de la Revista Mensaje, apoyando la labor de Techo y como académico de la Universidad Alberto Hurtado.
"En los años 80 no se le conocía militancia específica, pero en la Escuela de Sociología era muy activo en las actividades comunitarias, del centro de alumnos y políticas de resistencia a la dictadura", recuer- da Weinstein.
Por esos años, también se vinculó a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), donde conoció a quien se convertiría en una suerte de mentor: Norbert Lechner. El sociólogo nacido en Alemania, el mismo año en que Adolfo Hitler expandía la filosofía nazi por Polonia y Checoslovaquia, desencadenando la Segunda Guerra Mundial, se convertiría en Chile en uno de los referentes del pensamiento crítico a las políticas neoliberales. Güell se transformó a corto andar en uno de sus discípulos predilectos.
Fue Lechner quien estimuló al en ese entonces joven sociólogo para hacer un doctorado en la universidad alemana de Erlangen-Nürnberg y quien lo instó a trabajar a su alero en el PNUD.
El origen del relato
En marzo de 2014, la hasta ese entonces vida académica de Güell dio un giro de 180 grados.
El sociólogo se decidió -por primera vez en su carrera- a asumir un cargo público. La trama de su cercanía con Bachelet suele ser algo difusa: las escasas explicaciones lo sitúan como un interlocutor intermitente de Palacio que, poco después del término de la primera administración de la hoy Mandataria -en marzo de 2010-, desembarcó en la Fundación Dialoga.
Tanta fue la sintonía, que el sociólogo mantuvo contacto permanente con Bachelet cuando ésta se radicó en Nueva York como directora ejecutiva de ONU Mujeres, a través del envío de minutas sobre distintos temas.
Güell había tomado el gusto por la influencia de sus ideas ya a fines de 1990.
En 1998, un informe del PNUD titulado "Las paradojas de la modernidad" dio cuenta del primer análisis crítico de los efectos que producía en los ciudadanos la sociedad que se estaba construyendo al alero de los primeros gobiernos de la Concertación.
"Esa fue la base intelectual del programa de los autoflagelantes", recuerda el ex senador Carlos Ominami, quien tuvo un rol protagónico en el documento "La gente tiene razón", que generó un áspero debate en el entonces oficialismo.
Las ideas del organismo internacional -que se expresaron en varios informes posteriores- tuvieron el efecto de dividir a la Concertación en dos visiones que se arrastran hasta el día de hoy y llamaron la atención del círculo de Bachelet y de la propia hoy Mandataria que comenzó a sintonizar con sus diagnósticos.
La evolución del planteamiento de Güell influyó de tal manera en ese espacio que ya por 2013 las minutas y trabajos del sociólogo eran lectura obligada de quienes promovían en reserva el regreso de la entonces directora de ONU Mujeres para una nueva aventura presidencial.
El sociólogo -de hecho- se instaló en un lugar de privilegio en la inspiración del programa de gobierno y -por estos días- sus ideas permean toda alocución oficial, al punto que la propia vocería del ministro Marcelo Díaz está nutrida de su punto de vista.
Aunque mantiene estricto silencio desde que llegó a La Moneda, en octubre de 2013, el sociólogo dio una entrevista a la revista Humanum, del PNUD, en la que es posible distinguir la visión que ha inspirado las principales reformas promovidas más tarde por el gobierno de Bachelet.
El texto es -en rigor- una provocativa reflexión sobre la igualdad y su áspero diagnóstico sobre el estado del país. "No va a haber igualdad, no sólo de dignidad, no sólo de capacidades ciudadanas, ni siquiera de distribución de bienes, si no modificamos las reglas que dicen quiénes y con que poderes nos sentamos a decidir sobre el orden social en el que queremos vivir, incluidas las instituciones económicas y de distribución", sentencia Güell en esa entrevista.
La publicación devela cuál parece ser la apuesta más ambiciosa del sociólogo: la reforma por una nueva Constitución, la última de las iniciativas lanzadas por Bachelet y en la cual Güell tuvo un rol activo, intercambiando puntos de vista con la Mandataria y redactando el discurso que pronunció en cadena nacional para anunciar el llamado proceso constituyente.
"Me parece un punto clave el poner en el centro el tema de la Constitución (...). Abordemos el problema de la igualdad desde su raíz, que es política. Un trabajo constitucional tiene que ser precisamente esto: qué nos constituye como miembros iguales de una comunidad; qué condiciones de vida y de relaciones sociales son intolerables desde la perspectiva de esa comunidad ciudadana y qué diferencias de proyecto de vida, de cultura, orientación, son no sólo reconocibles, sino que dignas de ser promovidas", sostiene Güell en su entrevista de 2013.
Dando un paso más allá, y aunque advierte que el mecanismo para cambiar la Constitución no es "lo más importante", el sociólogo sí se juega por un camino: "Es necesario crear las condiciones para una deliberación ciudadana efectiva y amplia, en la cual pueden tener voz todos aquellos que efectivamente participan de la comunidad o se ven afectados por lo que ocurre en ella. Esto puede tomar la forma de una asamblea constituyente o no".
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