Una vida de alto vuelo
<P>Exiliado de Pinochet, Fujimori y de los comunistas húngaros, Haroldo Horta llegó a Nicaragua como fotógrafo de guerra, pero terminó combatiendo y siendo arrestado. Cubrió otras guerras hasta que una masacre de niños en Medellín le hizo decir "basta",y se dedicó al parapentismo. La policía de Fujimori atentó contra él en pleno vuelo y ahora está instalado con su empresa de turismo en San Pedro de Atacama. Su siguiente meta: batir un récord mundial.</P>

Haroldo Horta Tricallotis es un hombre que vuela y hace volar. Nos encontramos en el aeródromo de San Pedro de Atacama, una lengua de asfalto en el desierto que usa un solo piloto: nuestro entrevistado.
Volamos. Y al aterrizar desayunamos solos en la inmensidad roja. Cuando todo parece ir terminando, Haroldo arroja una frase huracanada que hace volar nuestra conversación por la cordillera de los Andes y a través del océano: "¿Sabes que yo también soy foto-periodista?".
En 1972 -con 14 años- Haroldo dejó el colegio en Santiago y se fue de viaje a dedo por Perú, Ecuador y Colombia, donde como El Che Guevara, se impactó de la pobreza y se motivó a hacer algo. De regreso a Chile, vino el golpe militar, y sin medir riesgos formó en el colegio lo que llamó un frente antifascista. La mayoría de sus compañeros fueron asesinados: "Yo me salvé porque nadie cantó mi nombre en la tortura y emigré con mis padres a Hungría, dejando atrás a Azucena, el amor de mi vida".
En Hungría el adolescente chileno quiso ser paracaidista pero tras un curso de instrucción y un día antes del primer salto, se descubrió que la ley no se lo permitía a un extranjero. Entonces, comenzó a estudiar fotografía. A su familia la vida le sonreía: "Nos dieron casa, estudio y trabajo; era el mundo perfecto. Incluso me volví a enamorar de una traductora húngara. Por el moralismo que yo traía desde Chile, con mi hermosa Gabriela nunca fui más allá de unos besos. Hasta que un día fui a su casa y la madre me abrió la puerta llorando, porque su hija estaba embarazada. Yo le dije que no era posible pero una vez adentro vi a un joven junto a ella". La muchacha le reconoció que se había involucrado con él después de sus encuentros con Haroldo que nunca terminaban más allá de los besos.
En Budapest, Haroldo aprendió húngaro y consecuente con su espíritu libertario, se relacionó con los hijos de las víctimas de la invasión rusa de 1957, lo cual no fue visto con buenos ojos por el gobierno comunista: "Luego de un viaje a Holanda no me dejaron regresar".
Con 17 años y mucha vida ya, el estudiante de fotografía terminó trabajando de obrero ilegal en Holanda. Después fue a Austria a probarse como fotógrafo y aceptó el desafío del editor gráfico de la revista Profil: "Tienes que ofrecernos algo original".
Por aquel tiempo Haroldo soñaba con derrocar a Pinochet. Y considerando que la Nicaragua de 1978 podría ofrecerle un buen entrenamiento militar, se ofreció a cubrir la Revolución Sandinista para la revista.
La idea era ser fotógrafo en la guerra, pero terminó combatiendo. Su carrera como guerrillero fue corta y él mismo la relata: "Con un compañero nos topamos con 30 guardias nacionales. Nos dispararon de cerca con un lanza granadas pero el tiro pasó a centímetros sobre nuestra cabeza y la onda expansiva nos arrojó varios metros. Yo cubrí la retirada de mi compañero pero luego él huyó por la playa. Yo recibía tiros de todos lados hasta que me dieron en un pie. Me arrastré de espaldas disparando entre las piernas y me parapeté en un acantilado. Estaba perdido y me lancé a correr por la costa, pero un soldado bajó a la playa y nos enfrentamos en duelo personal. Yo me pegué a la pared del acantilado y él se escondió entre las rocas: pero le di. Y cuando yo iba a escapar me gritó un soldado desde arriba del acantilado que me apuntaba a mis espaldas. Me detuve y fui acercando el fusil a mi mandíbula, pero cuando me iba a suicidar el guardia le dijo a otro que yo me estaba por matar, y eso me hizo recapacitar. Me dije que mejor sería morir por la mano del enemigo. Entonces arrojé el arma al piso y me golpearon duro. Luego de un interrogatorio el jefe decidió matarme y me puso el cañón en la sien. Lo vi retirar su cara para evitar salpicarse de sangre y colocar el dedo en el gatillo, pero antes preguntó cómo me llamaba. Haroldo Horta Tricallotis no es un nombre nica y se dio cuenta de que era chileno. El hombre consideró que podía obtener de mí información útil sobre el apoyo internacional al sandinismo y decidió mantenerme vivo".
Por aquel tiempo don Gustavo Horta, su padre, llevaba una vida sin sobresaltos en Hungría y consultó a las autoridades por qué no habían dejado volver a su hijo. "Porque se lo sospecha espía de una potencia extranjera", le dijeron. Pero Haroldo estaba en ese momento siendo torturado por la gente de Somoza.
En la cárcel de Managua la victoria sandinista se veía venir. Entonces Haroldo le propuso un trato al jefe del penal: "Tu vida, la de tu familia y la de tus soldados por la de los tres mil prisioneros que estamos aquí". Es decir, los presos se comprometían a atestiguar en favor de los carceleros para que no fuesen fusilados luego de la revolución, a cambio de que ellos no los mataran en la cárcel. Los dos bandos cumplieron el trato.
Haroldo Horta tuvo sus diferencias con el sandinismo. Le asignaron,por ejemplo, un cargo de director de Migraciones en el aeropuerto de Managua y al mismo tiempo le ofrecieron uno de los Mercedes Benz que los somocistas habían dejado encendidos allí en su huida. A lo que Haroldo respondió: "Gracias, pero no vine a Nicaragua para tener un Mercedes Benz".
En 1989 volvió a Chile como fotógrafo de la agencia Seitenspiegel, para la que cubrió guerras y guerrillas en El Salvador, Guatemala, Honduras, Perú y Colombia. Hasta que en 1993 le tocó fotografiar el asesinato de trece niños en Medellín: "En el velorio los familiares me dieron una carta diciendo que la policía los había masacrado. Yo le dije a una madre que ningún policía del mundo podría hacer una cosa así y ella comenzó a decirme que los extranjeros no entendíamos la violencia en Colombia. Yo le pedí a los gritos que me explicara por qué lo habían hecho. Y resulta que la exigencia era que los narcotraficantes -el padre de uno de los niños lo era- dejaran de matar policías en esa guerra, porque si no, les iban a exterminar a sus hijos. Entendí y terminé llorando en el entierro como si me hubieran matado un hijo, al punto de tener que ser asistido por los mismos familiares. Ahí no aguanté más y colgué la cámara".
En 1993 el ex guerrillero partió hacia Perú detrás del amor de una joven mujer. Instalado en Lima, se involucró en una nueva guerra entre dos potencias: las cervezas Cristal y Cusqueña. Ya por esa época, hacía tres años que Haroldo volaba en parapente.
El trabajo en Lima eran los vuelos publicitarios como "soldado" de las cervezas (trabajó para ambas marcas). En la parte interior del parapente estaba el logo y el audaz piloto tenía que aterrizar en estadios con 70 mil personas que estallaban en vítores de gol, las dos hinchadas a la vez.
Pero el inquieto Haroldo volvió a meterse en problemas. En 1997 el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru secuestró en la embajada de Japón a unos diplomáticos. Cuando las fuerzas de seguridad peruanas retomaron la embajada, a Haroldo no se le ocurrió mejor idea que sobrevolar con su ultraliviano el edificio humeante que era el centro del mundo en ese momento, para tomar fotos desde la perspectiva vertical que nadie más tendría.
Unos amigos militares le contaron que salvó su vida de milagro, porque mientras tomaba las fotos lo apuntaron francotiradores y un avión norteamericano lo monitoreó para bajarlo de un misilazo ni bien llegara la orden. Pero ante la duda de quién sería ese "moscardón tan molesto" no dispararon.
Los problemas, en todo caso, continuaron. "Un día yo estaba sobrevolando Lima con la publicidad de un candidato opositor a Fujimori y de la nada apareció un helicóptero encima de mí. La vela se me plegó completa y comencé a descender en caída libre. Es insólito que a uno le pongan un helicóptero para tumbarlo. Cuando ya me daba por muerto y había caído 300 metros, de repente la vela se abrió sola", dice Haroldo y suspira.
Lo consideró un mensaje claro. Así que al día siguiente desarmó el avión y se vino a Chile en un bus.
Desde hace 10 años Haroldo vive en San Pedro de Atacama, donde está lejos de ser un guerrero retirado. El deseo de acción lo lleva a sobrevolar el desierto más árido del mundo, sólo y con turistas, con su empresa Atacama Amazing.
"Cada vez que levanto vuelo siento un agradecimiento infinito a Dios por permitirme dejar la tierra una vez más y mirar el desierto, sintiendo la insignificancia de nuestro ser. Pero la tristeza me abate cuando estoy por aterrizar. Volar es la última acción que quisiera hacer cuando me llegue el día del vuelo final", afirma.
A sus 57 años y con algunas cicatrices de guerra, este incansable volador planea nuevas aventuras: "Este año, si consigo los fondos para cambiar mi vehículo, pienso batir el récord mundial de altura en ultraliviano: 8.500 metros. Y sé que lo voy a lograr".
Haroldo Horta no es un hombre que se quede en las meras palabras. Suele ir del dicho al hecho, con minuciosa planificación. Es uno de esos a los que, injustamente, muchos llaman "un loco".
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE













