El cero que atormenta a Arroyo

Ignacio Arroyo

El base de los Chicos de Oro, la hornada chilena del título en el juvenil Sudamericano, brilla en el tiro. Hasta ahora su único error en Madrid ha sido un examen de Química. En Estudiantes, su equipo, importa tanto el juego como las notas.



Hace unas semanas, Ignacio Arroyo Varela no sabía dónde meterse. "Yo creo que estaba medio avergonzado", recuerda sin perder el sentido del humor Javier Zamora, que, a los 33 años, es algo más que el entrenador en Estudiantes, equipo madrileño de mucha solera, del base titular de Los Chicos de Oro, la hornada chilena del título juvenil sudamericano. También es el hombre que está pendiente de su formación académica. "Ignacio sabe que debo estar muy encima de sus notas y lo acepta. Por eso aquel día no sabía cómo decirme que había sacado un cero en un examen de Química. Así que, antes de que yo pudiese regañarle, se me adelantó y me dijo que el motivo fue que hizo el examen con lápiz (mina) cuando había que hacerlo con bolígrafo (pasta)". Pero Javier, enemigo de las excusas, le contestó que "no volviese a ocurrir y que no se lo contase a su madre". "Aunque si lee este artículo", repara luego, "la mujer se va a enterar ahora. Pero, bueno, tampoco hay que darle mayor trascendencia porque Ignacio es un buen estudiante. Nos invita a creer en él, en su esfuerzo, a la espera de que se decida a ver qué es lo que quiere hacer. Maneja varias ideas y, excepto esa vez, no me ha dado motivos para desconfiar".

En realidad, no podría ser en un club como el Estudiantes. Un mito viviente del baloncesto español desde que nació en 1948. Un mito, donde la formación académica se cuida tanto como la deportiva. De hecho, el club ahora tiene más de 1.500 chavales venidos de casi todas las partes del mundo. El cuidado que se ejerce sobre ellos es inmenso y entre las medidas que establece el gabinete de comunicación es la prohibición de hablar con los medios hasta que no sean mayores de edad. Ignacio tiene 17 años y, por lo tanto, la única forma de saber de él es a través de sus superiores. "Yo fui a buscarle al aeropuerto el día que vino a Madrid con su madre", explica Pablo Borrás, coordinador de la cantera. Lo recuerda: "Aquel día Ignacio me llamó la atención por su educación, su seriedad, su saber estar: la tranquilidad que transmitía después de un viaje tan largo. Luego, me di cuenta que quizá él jugaba con ventaja respecto a otros chavales. El año pasado ya estuvo fuera de casa, en Estados Unidos. A estas edades, eso es algo que se nota de veras. Máxime para nosotros, que estamos acostumbrados a tratar con muchachos de tantas partes del mundo".

"Como si midiese 2 metros"

La realidad es que Ignacio lleva ya meses en Madrid. Sin ir más lejos, hoy está al mando de las operaciones de su equipo, en el partido frente al Fuenlabrada, en la Liga EBA (la cuarta en importancia de las que se disputan en España; Estudiantes juega en ella con el equipo filial). La tarde está muy apretada, pero en la incertidumbre se advierte lo que el club esperaba de él y lo que cuentan los entrenadores. La buena cabeza de Ignacio, sin miedo a tirar a canasta ni a terminar las posesiones. Javier Zamora ya había avisado de que "es muy, muy creativo" y en su discurso había restado importancia a las estadísticas que, "aún siendo buenas", hoy no serán las protagonistas de esta historia. "A estas edades, no hay que dejarse llevar por los números, sino por las sensaciones", explica Zamora. "En ese sentido nuestras ideas de cuanto le vimos en los Sudamericanos se están confirmando. Arroyo es un base con capacidad para anotar, para anticiparse a las jugadas y, sobre todo, muy rápido de manos físicamente".

Y, aunque a los 17 años todavía está en edad de crecer, Willy Villar, el director deportivo, estima: "En su caso no es ni tan siquiera necesario. La altura nunca será problema para Ignacio. Con 1,85 tiene una envergadura de dos metros. No hay más que ver sus brazos. Por eso en la práctica es más alto de lo que indica su talla, y eso es algo que se percibe y que nosotros lo captamos rápido, acostumbrados a ver miles de entrenamientos o de partidos. Nuestra vida es ésta".

Villar, que a los 48 años respira baloncesto, se niega a comparar a Ignacio con nadie: "A estas edades, las comparaciones sólo llevan a mal puerto, porque es tan prematuro…. Aún estamos en ese proceso de corregir sus defectos y de potenciar sus virtudes. Pero, eso sí, de lo que no cabe duda es que, si sigue así, Ignacio será un gran tirador".

Javier Zamora es su entrenador, su guía, su hermano mayor en Madrid. "Mi trato con él, efectivamente, se puede prolongar las 24 horas del día". El intercambio de información está siendo muy agradecido. "Se nota que Ignacio ha hecho mucho carisma dentro y fuera del campo en poco tiempo. Por eso necesito de las dos vertientes para explicarle a él. Sobre todo, porque en Madrid le queda muy poco tiempo libre. No sólo está aquí para ser un jugador, sino también para estudiar". De hecho, vive en un colegio mayor, rodeado de estudiantes universitarios, y muy próximo a su instituto, el Ortega y Gasset, en la zona oeste de Madrid, entre el río Manzanares y la Casa de Campo, especializado en escolarizar a jóvenes deportistas de alto rendimiento, como es el caso de Ignacio Arroyo. "Podría haber ido al Ramiro de Maeztu, que es el instituto en el que se formó nuestro club y que está pegado a nuestra cancha de juego, el polideportivo Magariños", indica Pablo Borras, el coordinador de la cantera; "pero tenía que entrar cada día a las ocho de la mañana y eso no puede ser para un chaval que tantos días acaba de entrenar a las once de la noche o que tiene tantos viajes. Por eso fue al Ortega y Gasset, donde los horarios están adaptados a los deportistas, a sus necesidades o a su vida, que no es como la de cualquier otro chaval de su edad".

La experiencia ha de ser inolvidable para Ignacio. "Al menos, así lo pienso yo", justifica Javier Zamora, "porque no puede vivir en un clima más sano, rodeado de gente joven que entienden lo que pasa por su cabeza y que comparten la necesidad de labrarse un futuro". En realidad, Javier podría hacer un diario de Ignacio Arroyo en Madrid, donde, a menudo, ejerce hasta de chofer suyo. "En los desplazamientos cercanos, en los partidos que jugamos en la Comunidad de Madrid, sí, porque no vamos en autobús. Cada jugador llega por su cuenta y a los que no son de Madrid, como Ignacio, voy a buscarles yo. Pero si se trata de un entrenamiento por la tarde entre semana y toca en el Magariños vienen ellos mismos en Metro. Son cuatro paradas, desde Metropolitano hasta República Argentina, lo que también les ayuda a desenvolverse por sí mismos en una ciudad como Madrid". De hecho, ésa es una de las ideas que Javier Zamora dejó claras al chaval y a su madre, su tutora legal, aquella semana en la que "vinieron a ver todo esto, para ver si se adaptaba a lo que ellos buscaban o no".

Pero entonces, madre e hijo se convencieron rápido. "Hoy en día, es posible que la gente no sepa el quinteto titular de Estudiantes. Pero Estudiantes es como una marca registrada", explica Pablo Borrás. "Estamos en contacto con otros países para inaugurar escuelas. La última ha sido en China, y no sólo eso, sino que aquí vienen continuamente entrenadores extranjeros para conocer nuestro método de trabajo". El resultado de tantos años de trabajo que resumen una forma de ser, un proceso tan largo hasta que ese jugador, que hoy es Ignacio Arroyo, llegue al primer equipo, el fin último de todo esto.

"A su edad, ya está jugando con adultos, con clubes de ciudades de La Mancha o de Canarias. Algunos son, incluso, viejos dinosaurios, lo que casi es como una clase práctica", ironiza Willy Villar, que tiene un contacto semanal con Arroyo: "Ya me ha preguntado si podrá volver a casa por Navidad". Pero eso se da por hecho, porque una de las leyes de Estudiantes es que es tan importante esforzarse como descansar para recuperar la fuerza para soñar el día de mañana.

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