Columna de Alejandra Mustakis: “La productividad también es emocional”
"La falta de competencias socioemocionales impacta no sólo a nivel individual, sino también en lo social, laboral y colectivo".

Por Alejandra Mustakis, emprendedora y empresaria chilena
Cada año, los reportes de organismos internacionales como UNESCO y la OCDE hacen hincapié en la cantidad de personas que no cuentan con la formación necesaria en educación emocional. Y es que durante décadas los sistemas educativos priorizaron la enseñanza de habilidades cognitivas por sobre las socioemocionales. Atributos como la empatía, la autorregulación o el manejo del estrés recién se están integrando de forma más sistemática en las entrevistas de trabajo y dentro del desempeño diario de las funciones ejecutivas.
El problema es que la falta de competencias socioemocionales impacta no sólo a nivel individual, sino también en lo social, laboral y colectivo. Esas dimensiones están tan intrínsecamente unidas, que el bienestar mental de los colaboradores influye en su convivencia y desempeño laboral. James Heckman, Premio Nobel de Economía 2000, lo planteó de una manera muy clara, argumentando que las inversiones más importantes que podemos hacer actualmente no son en infraestructura ni en mercados, sino en las personas. De acuerdo a sus investigaciones, la primera infancia es clave en la formación de habilidades tanto cognitivas como no cognitivas, y el equilibrio entre ambas es esencial para el éxito en salud, empleabilidad y calidad de vida.
Una de las razones es esa misma falta de conocimiento, que nos impide entender el rol que juegan las emociones en lo que somos y en cómo nos relacionamos con el resto, creando un efecto de invisibilización. El Termómetro de Salud Mental Achs-UC que se dio a conocer el segundo semestre del año pasado muestra que el 69,7% de quienes han tenido o tienen problemas de salud mental, no han consultado ni han podido acceder a un especialista, lo que afecta a cerca de 1,3 millones de chilenos. Y aún más: entre quienes han accedido a tratamientos, un 78,6% declara haber cambiado positivamente tras la atención profesional. Pese a ello, aún persiste una brecha profunda entre sentir malestar y reconocer la necesidad de ayuda.
Lo relevante es que hoy ya no se trata solo de bienestar individual, sino también de desempeño colectivo. Los equipos con mayor desarrollo socioemocional conviven mejor, son más productivos, toman mejores decisiones y enfrentan de mejor manera la incertidumbre. Y en el contexto actual, esa capacidad de gestionar emociones, comunicarse con empatía y adaptarse al cambio ya no es un “extra”, es una ventaja competitiva real.
Si queremos entornos efectivos, necesitamos bienestar. Y eso implica hacernos cargo, de manera intencionada, del desarrollo socioemocional en todos los niveles: desde la educación temprana hasta las culturas organizacionales. También cada uno de nosotros debe darse un tiempo para la introspección, para identificar lo que nos molesta y lo que podemos modificar. Y quizás lo más importante, ser capaces de pedir ayuda cuando es necesario.
Al final del día, nadie nos recordará sólo por nuestro rendimiento, sino por las relaciones que forjamos y el impacto que logramos en los demás.
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