Columna de Daniel Matamala: La Concertación ha muerto, viva la Concertación

FOTO: CAROLINA REYES MONTERO/ AGENCIAUNO


En Chile solemos rebautizarlo todo, solo para volver al nombre anterior, agregándole el sufijo ex. El Centro de Detención Preventiva Santiago Sur, para todos es la “exPenitenciaría”. El Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres, Sernapred, es la “exOnemi”, y la pomposa Superintendencia de Insolvencia y Reemprendimiento es, simplemente, la “exSúper de Quiebras”.

Es la porfiada fuerza de la costumbre. Que también aplica en política, con la marca más poderosa de todas: la Concertación.

Esta murió en 2010, cuando perdió el pegamento que mantenía unidos a democratacristianos, socialistas, pepedés y radicales: el poder. Luego vendrían la Nueva Mayoría, el estallido, la mácula de los “30 años” y la irrupción de Apruebo Dignidad.

Pero aún quedaba historia. En 2021, en un acto miope y arrogante, sectores del PC y del partido de Boric, Convergencia Social, vetaron al PPD de la primaria presidencial de la izquierda. “El PPD no es antiliberal”, fue la explicación. “No se humilla al partido de Allende”, bramó el presidente del PS para defender a sus aliados históricos: sin el PPD, el PS tampoco iría a la primaria de la izquierda. Y así fue, en esa inolvidable noche de zancadillas y plantones en el Servicio Electoral.

PS, PPD, DC y PR se rearticularon bajo un nombre que nadie recuerda (“Nuevo Pacto Social”), porque para todos fue, simplemente, la “exConcertación”. Serían la voz de la moderación, de ese centro que los chilenos pedían a gritos contra los extremos. El grito resultó ser apenas un susurro: su candidata, Yasna Provoste, terminó quinta, con menos del 12% de los votos.

A la exConcertación no le quedó más remedio que cuadrarse con Gabriel Boric en el balotaje contra José Antonio Kast. La recompensa fue magra: los socialistas recibieron cierto botín ministerial, mientras el PPD y los radicales se conformaban con migajas, y la DC quedaba fuera. Los ganadores impusieron su ley.

Todo cambió el 4 de septiembre. La paliza del Rechazo echó por tierra el diseño del gobierno. La exConcertación aterrizó en La Moneda, con la PPD Carolina Tohá como jefa de gabinete, y la PS Ana Lya Uriarte en Presidencia.

No fue suficiente para el PPD, que sigue rumiando agravios. Es que los jóvenes líderes del Frente Amplio siempre han mostrado un desprecio apenas disimulado por ese partido instrumental, que a sus ojos no es más que un liberalismo light, un partido frívolo, de buena onda noventera, sin raíces históricas ni ideológicas, y además lastrado por el caso SQM.

Por el PS, tienen un respeto distinto. Es el partido de Allende, a fin de cuentas. El de los dirigentes de la UP, los líderes sindicales y los grandes intelectuales. El padre al que el Frente Amplio tenía que matar en la adolescencia, como requisito para desplegar sus alas, pero con el que luego, como prueba de madurez, el hijo puede -debe, incluso- reconciliarse.

Para el controlador histórico del PPD, Guido Girardi, quien no asumió cargo alguno en el gobierno Boric, había llegado la hora de la venganza. La forma y el momento fueron pensados para maximizar el daño. En enero, cuando la crisis de los indultos tenía al gobierno en el suelo, el exsenador soltó la bomba: una lista única era impensable, porque sería “la lista del indulto”.

Girardi confiaba en que el PS les cuidaría la espalda, tal como en 2021. Después de todo, el pacto PS-PPD se había mantenido, pese a todas las vicisitudes, por más de tres décadas. Los siameses podían pelearse, pero jamás separarse. ¿O no?

No, porque el poder de Girardi se encontró con el de otro histórico: Camilo Escalona.

Escalona encabezó la tesis contraria: el PS no puede darle la espalda al Presidente Boric, menos cuando la ocasión es propicia para acumular más poder, con un inminente rebaraje de ministerios y subsecretarías en que el socialismo lleva las de ganar.

Además de la repartija de cargos, hay cierto peso histórico en la tesis Escalona. Tras el trauma de haber dejado solo a Allende, la lealtad con el Presidente es asunto caro en el PS, y es una de las razones por las que sostuvieron a Aylwin y Frei, aun en circunstancias extremas, como la defensa a Pinochet durante su arresto en Londres.

Escalona jugó sus cartas y ganó: si el PPD rompía la unidad, el PS se quedaría con la izquierda oficialista. En el PPD cundió el pánico: dirigentes históricos pidieron recular, y el propio Girardi dio un giro en 180 grados y pidió sumarse a la lista única.

De aquí a la medianoche del lunes todo puede cambiar, pero hasta ahora la exConcertación se rompe, y los siameses se separan: el PS va junto al Frente Amplio y al Partido Comunista; el PPD, con la DC y los radicales.

En el PPD algunos confían en que, con voto obligatorio, entran al padrón electores moderados que podrían favorecerles. A falta de pruebas empíricas, esa es una especulación como cualquier otra. Aunque ni el más optimista puede creer que una alianza entre el debilitado PPD, los restos del radicalismo y los escombros de la DC, cuyo candidato más emblemático hasta ahora es un político retirado de 86 años de edad, sea una fórmula ganadora. Y en una elección que favorece a las mayorías (en seis regiones opera el binominal) más parece una receta para el suicidio.

Este verano de 2023, la exConcertación ha muerto. Sus fragmentos se reparten ahora entre la alianza del PS con la izquierda, las rémoras del PPD-DC-PR, y algunos elementos sueltos que, en Amarillos y Demócratas, se acercan a la derecha y luchan contra la irrelevancia.

Sin embargo, el legado de la Concertación goza de mejor salud que nunca. La inauguración de la estatua al Presidente Aylwin marcó ese hito: de la UDI a Boric, su figura es destacada como un ejemplo a seguir. La derecha, que fue oposición a sus gobiernos, y la nueva izquierda, que creció denunciando su sombra, coinciden ahora en aplaudir a esa Concertación que marcó los antes vilipendiados “30 años”.

La Concertación ha muerto, viva la Concertación.

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