Mi colegio siempre ha sido una pantalla

Niños que estudian en colegio virtual.

Pedro (11) y León (10), los dos hijos menores de Jessica Hupat, quienes llevan años en un colegio virtual.

Las clases virtuales no surgieron como consecuencia del coronavirus. Desde hace años, en el país existen escuelas que implementaron la enseñanza a distancia. Para sus estudiantes, la pandemia no ha alterado su estilo de vida, que ya estaba adaptado al estudio solitario frente a un computador.




"Cuando empezó todo lo del coronavirus, mis hijos ya eran maquinitas”, dice Jessica Hupat, con un dejo de orgullo. Mientras la mayoría de los estudiantes de Chile ha debido adaptarse forzosamente a las clases virtuales, un sistema desconocido con resultados dispares, para un puñado de alumnos esto no es algo temporal, sino permanente; más que una circunstancia, es un estilo de vida.

Los colegios online existen en el país desde mucho antes de la pandemia, hace al menos 13 años, y sus alumnos están mucho mejor preparados para enfrentar el desafío que representa el encierro. Jessica Hupat ha matriculado a sus tres hijos en escuelas de este tipo: León (10) y Pedro (11) cursan cuarto y quinto básico respectivamente en el Colegio Virtual Betel y el mayor ya entró a la universidad. “Lo comparo con mi hermana. Sus hijos están en un colegio tradicional y están todo el día sentados frente al computador; los míos, solo una hora. Luego hacen actividades sin necesidad de tener a la profesora mirándolos. Los niños que no están acostumbrados se estresan y también la familia, lo he visto en otras personas”, agrega Hupat.

La clase virtual no solo ha sido un método complicado de implementar en colegios. En las universidades también han debido acomodarse a las dificultades de aprender a través de una pantalla.

“Es algo a lo que uno ya le agarró el vuelo”, dice Alejandro, un estudiante de Ingeniería que cursó su enseñanza media en Think Academy, un colegio online. Después de graduarse, dio la PSU para entrar al sistema universitario: ahí ponderó sobre 700 puntos. Como un conocedor de la educación remota, opina que en su casa de estudios “hay falta de preparación, los profesores no estaban listos”.

Algunas instituciones convencionales han buscado asistencia de los pioneros del sistema. Francisco Conejeros, uno de los asesores del sistema online de la Universidad Autónoma, es también el director ejecutivo del Colegio Virtual Betel. A su juicio, la adaptación no ha sido adecuada: “Lo que está haciendo el Mineduc es instruir que se traslade la educación presencial a los entornos virtuales y eso es un error, porque es otro enfoque pedagógico (…). La pandemia ha puesto en evidencia que el Estado está muy atrasado con la educación del futuro, que es la educación online”.

Francisco Conejeros, director del Colegio Virtual Betel.
Francisco Conejeros, director ejecutivo del Colegio Virtual Betel.

El sistema

Tal como si fueran a un colegio presencial, el día de los hijos de Jessica Hupat comienza a las 8.30 horas. Tienen un horario y una asignatura por día. Los niños se agrupan en salas virtuales de cuatro o cinco alumnos bajo la supervisión de una profesora, cuya clase dura alrededor de una hora y media. Luego tienen que hacer varias actividades por su cuenta. Según relata, nunca terminan antes de las 14.00 y, a veces, permanecen ocupados hasta más tarde.

“Es súper intenso para los papás”, asegura Sylvia Eyzaguirre, investigadora del Centro de Estudios Públicos (CEP) y exasesora del Mineduc. “No es que dejes a los niños enchufados y te vas. Eres tú quien compra materiales, planifica, hace las actividades. Eso requiere un capital humano importante y una tremenda paciencia, porque eres papá y profesor”.

Eyzaguirre ilustra este punto afirmando que hay áreas en las que ese papá o esa mamá pueden no ser expertos. “¿Cómo desarrollas el talento artístico, el científico, el cognitivo? Hay áreas en las que uno queda cojo. El computador no suple al profesor, es el papá o la mamá la que hace ese rol”, agrega.

En esto último, Jessica Hupat coincide. Cuenta que a sus hijos al principio les costó tomar el ritmo y, sobre todo, “concientizar que esto es algo que tienen que hacer, que es su responsabilidad”.

También reconoce que el desgaste personal y familiar es brutal.

“A veces los dejo solos, pero tengo que preguntar qué hicieron, de qué hablaron, si tienen actividades, entender si de verdad aprendieron. Es 90% tutor y 10% sistema. Hay que estar encima y uno también vuelve al colegio”, reconoce. “El gasto sí es menor, pero muchas veces me quedo trabajando de noche. Es un costo personal alto. Es un estilo de educación que tienes que asumir como familia”.

19.04.2020 DEBIDO A LA PANDEMIA QUE AZOTA A GRAN PARTE DEL PAIS, ESTABLECIENDO, QUE LAS CLASES DE UNIVERSIDADES INSTITUTOS Y ESCUELAS MUNICIPALES EN GENERAL, REALIZAN TRABAJOS EN FORMA ONLINE TANTO ESTUDIOS, COMO CLASES NO PRESENCIALES. FOTOS: PATRICIO FUENTES Y./ LA TERCERA

Conociendo estas dificultades, ¿por qué los padres persisten en educar a sus hijos bajo este sistema? “Había muy pocos colegios donde vivíamos”, cuenta Jessica Hupat. “Mi hijo estuvo en uno un tiempo, pero no nos agradó. Iba a clases, pero no ponía atención. Luego estudiaba y le iba bien”. Al cabo de un tiempo, junto a su marido se preguntaron “si era el niño o el tipo de educación”. Recuerda que la decisión fue difícil, “porque hace 10 años nadie veía que esa fuera una buena opción, pero se vieron buenos resultados”.

Ella explica que posteriormente, con sus hijos pequeños, la determinación también pasó por la oferta de colegios de Chicureo, donde vive ahora. “Tengo la Alianza Francesa al frente y serían $ 600 mil por cada uno. Entonces hoy la opción es ese colegio particular o irse a uno público, y así prefiero enseñar yo”, dice.

De acuerdo con lo publicado en sus páginas web, en los colegios online se paga entre 80 mil y 150 mil pesos mensuales y los libros los reciben del Estado.

Otro apoderado, Rubén Marambio, del Colegio Nueva Senda, comenta que en su decisión influyeron los traslados constantes de la familia entre Santiago, La Serena y Arica, la desidia de algunos profesores y unos episodios de bullying sufridos por su hijo mayor.

“Empezaron a sumarse motivos por los que nos fuimos decepcionando del sistema educacional tradicional. Optamos por estar más cerca de ellos”, cuenta.

Hoy, dos de sus tres hijos están en colegios virtuales.

Alejandro, el estudiante universitario, comenta que si bien necesitó de un profesor particular de matemáticas para potenciar sus habilidades -no para nivelar, aclara-, con el tiempo desarrolló su autovalencia: “En los cursos superiores se disponía del material y de ahí en adelante uno seguía. Uno podía consultar, pero todo partía por iniciativa personal. Es algo que guarda hartas fortalezas y tiene que ver con el aprender a aprender”.

Al respecto, Francisco Conejeros, director del Colegio Virtual Betel, explica que en las aulas virtuales, el foco se mueve de su posición tradicional: “El estudiante desarrolla el autoaprendizaje. El proceso no está centrado en el profesor como principal herramienta de adquisición de conocimiento”. Además, enumera algunas ventajas prácticas: las clases se hacen desde la casa y el estudiante puede hacer otras actividades, lo que lo hace muy conveniente para jóvenes deportistas o artistas. “La educación tradicional quita ocho horas diarias de su vida y acá ellos controlan su tiempo”.

Conejeros cuenta que la idea del Colegio Virtual Betel surgió en la época en que él y su esposa eran misioneros evangélicos en República Dominicana, donde, en su opinión, la calidad de la educación no era buena. “Ahí decidimos implementar una plataforma con profesionales de la iglesia y a medida que fue pasando el tiempo algunas personas se dieron cuenta de que el sistema funcionaba, que sus hijos aprendían y pasaban de curso, que no tenían problemas de sociabilización”, dice.

El proyecto comenzó hace cuatro años. Hoy, está conformado por 100 personas, con 60 estudiantes matriculados y un equipo de 12 funcionarios entre profesores y tutores. La última matrícula publicada en su página web es de $ 70.000; la mensualidad de $ 85.000 y los talleres de $ 20.000.

“Existen varios mitos en torno a las clases online y uno es el de la calidad”, asegura Conejeros. “Está en el inconsciente que es peor que la educación presencial, y eso no es así. Diría que, bien hecha, es mucho más exigente”.

Sociabilización

Aunque el aislamiento es visto como un comportamiento responsable en tiempos de Covid-19, hasta hace poco era una rareza. Especialmente si se trataba de estudiar, pues existía -y aún existe- cierto consenso en que la educación presencial enseñaba a los alumnos mucho más que castellano, matemáticas o historia. “Todo lo que tiene que ver con el desarrollo social de los niños, las interacciones con otros, y cómo desarrollas las estrategias del siglo XXI, que tienen que ver con comunicación afectiva y habilidades de cooperación, de trabajo y toma de decisiones en equipo”, explica Sylvia Eyzaguirre, que llama a los padres a prestar atención al estilo de vida detrás del colegio virtual.

Desde el Mineduc entregan una opinión similar, pues todavía consideran este método como algo excepcional. “Nada reemplaza lo que ocurre en una escuela. Allí no solo se aprenden contenidos, actitudes y habilidades, también se aprende a convivir con otros y se forman para ser ciudadanos responsables”, explica Raimundo Larraín, jefe de la División de Educación General.

Quienes están insertos en este sistema de enseñanza replican que las aulas no son la única comunidad de sus estudiantes. “La familia es bien sociable y ellos tienen amigos en el condominio y hartos primos. La idea sí era generar más actividades para que tuvieran más amigos, pero la pandemia frenó todo. Es importante, pero la educación es una decisión personal”, expone Jessica Hupat.

Rubén Marambio, por su parte, agrega que su hija sociabiliza por WhatsApp y otras redes sociales, como tantos otros jóvenes:

“Me preocuparía si no las buscaran, si quisieran estar encerrados. Pero para nada. Ellos eligen con quién juntarse. Ellos tienen sus grupos y amigos en las redes, no requieren el face to face”.

La discusión no es nueva para Francisco Conejeros. “Es más un mito que una realidad”, comenta. El director del Colegio Virtual Betel detalla que para fomentar el desarrollo social, sus alumnos de la Región Metropolitana -tiene estudiantes en regiones y fuera del país- pueden acceder a una parrilla de talleres presenciales y a una salida pedagógica mensual a lugares públicos, como museos. “Todas esas actividades permiten el desarrollo de habilidades de expresión oral”, asevera.

Por su parte, Alejandro recuerda la relación que tuvo con sus compañeros: “Alguna que otra vez hablé con ellos, pero poquito, porque en lo personal soy alguien distante. Pero es mi personalidad, no tiene que ver con las clases virtuales”.

Fuera de norma

La principal dificultad con la que se encuentran anualmente quienes optan por las escuelas virtuales es que estas instituciones no son reconocidas por el Ministerio de Educación. Siendo así, el Estado tampoco posee un catastro de cuántos colegios de este tipo hay en Chile.

“Como ministerio siempre recomendaremos establecimientos con reconocimiento oficial, porque sabemos que cumplen con los requisitos básicos para funcionar, como acreditación de los docentes, programas y planes de estudio”, alerta Raimundo Larraín, jefe de la División de Educación General.

¿Cómo es ese proceso? El ministerio emite una autorización administrativa llamada “reconocimiento oficial” cuando se cumple con una serie de requisitos estipulados en la Ley General de Educación, tanto de la estructura jurídica del establecimiento -es decir, su sostenedor-, como de los elementos mínimos de infraestructura y contenidos educacionales. “Esta autorización permite que se reconozca que sus certificaciones de curso son válidas en el sistema educacional chileno”, explican desde el ministerio.

Desde la vereda virtual tienen claro que esa es su piedra de tope. “Las principales barreras han sido en el proceso del Estado para validar la educación online”, indica Conejeros. “A pesar de que hay universidades que entregan títulos online, no pasa lo mismo en la educación escolar. Los alumnos tienen que tomar exámenes libres y eso se torna engorroso”.

El director de Betel cuenta que cada vez que llega un apoderado postulante tiene que explicarle que aunque el ministerio no los reconoce, su sistema está permitido. “En algún minuto vamos a tener que llegar a algún avance legislativo. No creo que el Mineduc se quiera seguir cerrando”, explica.

Conejeros asegura que su colegio desarrolla una prueba presencial que tiene por objetivo que los niños se familiaricen con los exámenes libres de validación de fin de año. También cuenta con orgullo que, hasta ahora, tienen un 100% de aprobación de los exámenes libres de sus alumnos que cursan enseñanza básica y un 85% de los que cursan media.

Lejos del debate entre defensores y detractores, Alejandro no solo valora las comodidades que tuvo al estudiar en casa, como evitar los largos traslados en hora punta, sino también cree estar “mejor preparado que la media” de sus compañeros de universidad educados en colegios convencionales.

“Si fuera por mí, tomaría la opción del colegio en línea de nuevo”.

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