Columna de Carlos Correa: El acuerdo de agosto

Ricardo Lagos




El Presidente Lagos sigue siendo sorprendente en sus acciones públicas, y suele influir mucho más en sus detractores que en sus partidarios. Su carta, donde solo dijo que el rey iba desnudo, generó un frío incómodo en el oficialismo pues Boric había ido a verlo a su fundación, y oleadas de satisfacción en la derecha. Al llamado del Alfa, salieron destacadas figuras de centroizquierda a plegarse al Rechazo. La onda expansiva de su carta llegó hasta el PC, que, por primera vez, insinuó que estaba disponible a reformas posteriores al triunfo del Apruebo.

Varios influyentes ligados al Frente Amplio y convencionales salieron rápidamente a decir que toda esa ofensiva no era más que lucecitas montadas para escena. Hubo incluso algún atrevido que insinuó una especie de envidia en la generación que ya tiene medio siglo y envejeció siendo promesa de recambio. La amplitud de esos reclamos muestra un hecho inobjetable: el Apruebo está herido de gravedad y solo un spin político puede revertir los malos números en los que coinciden todas las encuestas. La autocomplacencia de muchos convencionales que se resisten a pasar al ocaso tiene un tono parecido a las fiestas del bunker de Hitler, narradas en la película La Caída, en la previa al bombardeo soviético.

Un giro lo propuso el periodista Mirko Macari, mencionando lo que hacía la vieja Concertación cuando estaba herida: sacar bonos, proyectos de ley a favor del pueblo e incómodos para la derecha. En el mismo tono, un grupo de parlamentarios revivió el sexto retiro, como un asunto que podría calmar a los ciudadanos inquietos, amenazados por la inflación y temerosos del país que se viene encima. Pero los nuevos ríos de dinero pueden ser insuficientes para evitar una derrota que dañaría al gobierno; y en consecuencia a todo el país.

Hay otro camino, insinuado por Lagos y conversado en su momento en pasillos políticos: un nuevo acuerdo como el de noviembre. Este podría ser convocado antes de la elección, por ejemplo, a inicios de agosto, con un compromiso de modificar la constitución vigente de manera profunda en el caso del Rechazo y hacer cambios decididos a la propuesta de la Convención si hay victoria del Apruebo. Un marco de consenso para la primera opción es la propuesta de Bachelet. La derecha no debiera oponerse, pues tiene solo aplausos para ésta; en los inicios del gobierno anterior para celebrar su caída, y ahora para rememorarla. Aunque hay muchos cebados con el probable triunfo del Rechazo, es demasiado riesgo apostar a septiembre.

En el caso que gane el Apruebo, el acuerdo estaría por modificar aquellos puntos más complicados aprobados por la Convención. La sola reunión para acordar algo así, significaría enfrentar a partidarios del gobierno, pero el costo a pagar será muchísimo menor que si gana el Rechazo. En ambos escenarios la Nueva Constitución acordada tendría que ser ratificada con un referéndum que podría hacerse antes que termine el 2023, y así se pueda desplegar el programa de gobierno que ganó las elecciones pasadas.

Este camino requiere más audacia aún que el de noviembre y significaría para el actual Presidente un sitial merecido en la historia. Boric lograría lo que Lagos y Bachelet intentaron sin éxito: firmar una Nueva Constitución completamente legitimada. Ese sería el verdadero “sorpasso” de esta generación política a toda la ex Concertación.

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