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Trenes y vacas

Hay que ser un poco hindú, seguir a la vaca en su relajo y, más allá del juego de palabras, profundizar lo vacacional. Es esperanzador que haya una iniciativa parlamentaria para reducir los días laborales de 5 a 4. Esa idea o cualquiera que busque ampliar feriados, reducir horarios o legalizar la siesta son dignas de celebración en un país tan enfermizamente productivo.

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Venía en tren el otro día de Chillán a Santiago y de repente –serían las 10 am, el sol se colaba apenas entre la neblina– el conductor se puso a tocar la bocina como santiaguino irascible hasta que de pronto se calló y, tras un breve silencio, se escuchó el ruido seco pero atronador de cuando un tren atropella a toda velocidad a una vaca o un caballo.

Bocinazos y golpe me llevaron altiro al año 1997, cuando en las mañanas tomaba junto a mis hermanos chicos el tren de las 6:20 desde Limache a Viña rumbo al colegio y, en el largo tramo antes de Peña Blanca, puro campo a esa hora oscuro y gélido, el viejo tren Merval solía atropellar vacas y caballos, a veces teniendo el conductor que bajarse a despejar los rieles. A la vuelta, tipo 4 pm, podíamos ver el cadáver a uno u otro lado de la vía junto a decenas de esqueletos ya resecos por el sol y otros tantos restos recientes, piernas con la cola por aquí, troncos y cabezas por allá, hediendo terriblemente: junto a ese olor y esas imágenes, el sonido indeleble del atropello marcó el fin de mi infancia y ahora volver a sentirlo fue volver a sentir muchas cosas.

Pero más allá de los sentimientos personales, experimenté una lástima de índole nacional ante nuestro descarrilado estatus ferroviario. La pregunta consabida me la repetí más de una vez en el vagón que me traía de vuelta del glorioso festival Chillán Poesía 2019: ¿por qué no atraviesa de norte a sur el país una larga vía férrea llena de ramales que crucen el secano, las depresiones y los valles? ¿Por una mala o dolosa gestión? ¿O quizás los camioneros no son amigos del tren y alguien, a su vez, sí es amigo de los camioneros? No sé, pero con qué desbocada nostalgia recuerdo los viajes hasta Temuco en esos vagones de madera con camas, bar y espacios para fumar; es triste pensar en esto. Mejor volver a las vacas.

Las vacas son sujetos cruciales en Chile, tanto así que Pedro García, ministro de salud de Lagos, llegó a decirle a un periodista, en plena crisis láctea de los consultorios, "pregúntele a las vacas". Y aunque esa vez nada respondieron, son claves no sólo en nuestra alimentación (tomamos más leche y derivados que los mismísimos hijos de la vaca), sino también en nuestra historia comercial, literaria (he ahí las paradójicas vacas del Purgatorio de Zurita) y artística (inolvidable ese cuadro de Carlos Altamirano con una vaca muerta junto a una pradera en llamas y un Suzuki Samurai rojo abandonado). Y hay dejos vacunos en nuestra idiosincrasia profunda, donde se gesta y habita ese chileno esencial conocido como pat'e vaca: un ser que hace de la pesadez, la poca empatía y la prepotencia su marca registrada, como José Piñera o tanto apatronado suelto que hay.

De las vacas podríamos aprender la calma, esa actitud zen que las hace incluso desatender los bocinazos de un tren que se les viene encima a 120 km/h. La vaca es sencilla y generosa y vive sin prisa, todo lo contrario del chileno nuevo, que es ostentoso, individualista y vive apurado, como si el tiempo fuera sinónimo de apuro. Hay que ser un poco hindú, seguir a la vaca en su relajo y, más allá del juego de palabras, profundizar lo vacacional. Es esperanzador que haya una iniciativa parlamentaria para reducir los días laborales de 5 a 4. Esa idea o cualquiera que busque ampliar feriados, reducir horarios o legalizar la siesta son dignas de celebración en un país tan enfermizamente productivo.

Seremos una nación menos pobre que hace 50 años, sí, y ya no habrá niños a pata pelada, sí, pero hay pat'evacas que están demasiado bien y tratan demasiado mal, como si la producción fuera una condena y la vida un mugido que se debe acallar; por algo el premio más ansiado del azar nacional se llama Chao Jefe. La simpatía, el ocio, el despilfarro del tiempo y el tren son cuestiones que urge poner en valor –y regar con vino–. "Aunque no tuviera una sola vida, sino miles, todas llenas de alegría, igualmente las sacrificaría por el dulce amor a la libertad. El hombre no es un buey", escribió Mircea Cărtărescu, y tiene toda la razón, aunque nuestro ministro del trabajo parezca pensar lo contrario.

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