LT Board

¿Adicción o uso problemático? Especialistas hablan sobre el impacto del teléfono en el cerebro y la salud mental

Ansiedad, mal dormir y dificultades para tolerar el aburrimiento son algunas de las consecuencias asociadas al uso excesivo del móvil. El dispositivo ha llegado a transformarse en un regulador emocional, tan así que expertos argumentan por qué hay que poner límites tempranos como un factor clave para la salud mental.

Reducir el uso del celular de forma gradual y acompañada puede generar cambios rápidos en la actividad cerebral y mejorar la atención, la motivación y la tolerancia a la desconexión.

Probablemente usted esté leyendo este artículo desde su celular. Si mira a su alrededor, en el metro, camino al trabajo o en un patio de comidas, miles de personas tendrán sus miradas fijas en la pantalla. El 78% de la población mundial de diez años en adelante tiene un teléfono celular según los datos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) de Naciones Unidas.

Como toda tecnología, el teléfono partió con el propósito inicial de recibir y realizar llamadas, para convertirse hoy en una herramienta multiuso, que nos da también innumerables momentos de diversión.

No es que el acceso al móvil sea un problema en sí mismo, sino que su uso constante puede alterar la vida normal de una persona. En Chile, un estudio de septiembre de 2024 realizado por Nomophobia indicó que un 76% de los chilenos se considera dependiente del celular, mientras que un 22% considera que su dispositivo es más importante que sus seres queridos.

El 76% de los chilenos se considera dependiente del celular, según un estudio de 2024, una cifra que alerta sobre el impacto del uso excesivo en la vida diaria.

“Cuando las personas lo primero que hacen al despertar es tomar el teléfono, lo que está operando es un hábito fuertemente reforzado: hay una asociación directa entre despertar, chequear y micro recompensas sociales y/o informativas” señala

Jacquelin Hormazábal, psicóloga y académica de la Universidad Andrés Bello (UNAB).

Hormazábal cree que es posible hablar de “conductas tipo adictivas” al teléfono. En psicología clínica y psiquiatría, aún no existe un consenso para clasificarlo como un trastorno adictivo en los manuales de diagnóstico de trastornos mentales como la última actualización del DSM-5 TR, estándar internacional. Eso sí, “se habla de uso problemático, porque comparte rasgos de adicción como la pérdida de control, interferencia en la vida diaria y su uso pese a consecuencias negativas”, aclara.

En este sentido, se han desarrollado escalas como el Smartphone Addiction Scale (SAS, SAS‑SV) y otras similares, que indican que a nivel clínico se observan patrones de dependencia conductual, pero el debate nosológico sigue abierto.

Para el Dr. Luis Aguayo, director del programa de neurociencia, psiquiatría y salud mental de la Universidad de Concepción, estamos ante un ”cambio de paradigma”, donde el aprendizaje pasa a través de las pantallas, lo cual es procesado por nuestro cerebro, que permite pensar, razonar y experimentar sensaciones, junto con controlar nuestras conductas.

Para entender por qué el uso del teléfono puede derivar en problemas como las adicciones, Aguayo considera necesario hablar de las emociones. “Son respuestas a estímulos que generan sensaciones agradables o desagradables, y afectan nuestro cuerpo produciendo sentimientos positivos o negativos”, describe. Como el cerebro está constantemente buscando información y nuevas experiencias emocionales, cuando la información se vuelve rutinaria, aparece el aburrimiento o incluso el sueño. “Por eso, nuestra atención se dirige de manera natural hacia estímulos novedosos, que generan nuevas emociones y estados mentales que resultan interesantes”, responde.

En adolescentes y adultos jóvenes, la combinación de alta sensibilidad a recompensas y un córtex prefrontal en desarrollo aumenta el riesgo de uso impulsivo del celular.

Las adicciones conductuales, donde se agrupa el uso problemático del móvil, están al mismo nivel que otras conductas como el juego, el consumo compulsivo o incluso ciertas conductas sexuales. “El problema no está en el uso en sí, sino en el grado de uso”, añade.

Dopamina, recompensas y plasticidad

Las notificaciones, los likes, las novedades en redes o simplemente el brillo de la pantalla activan un “sistema de recompensa dopaminérgico” dice la psicóloga UNAB Jacquelin Hormazábal. Al liberar dopamina, un neurotransmisor clave, se refuerza la conducta de revisar el dispositivo.

En adolescentes y adultos jóvenes, la sensibilidad a recompensas sociales y la hiperreactividad del estriado ventral, una región del cerebro fundamental para procesar la recompensa, la motivación y las emociones, junto con un córtex prefrontal aún en maduración, vuelven “más probable el uso impulsivo y problemático del celular que en adultos con mayor control ejecutivo”, dice Hormazábal.

Revisar el celular al despertar no es casual, sino un hábito reforzado por micro recompensas sociales e informativas, señala la académica Jacquelin Hormazábal.

Es decir, este mayor control ejecutivo en personas más adultas funciona como “director de orquesta” para planificar, organizar, resolver problemas, regular emociones y comportamientos, lo que permite un mayor control y mejor adaptación a la vida diaria, siendo cruciales para la salud mental.

El doctor Aguayo añade que, cuando se produce un estímulo agradable, no es sólo la dopamina la que aumenta. “También se activan otros neurotransmisores, como la acetilcolina, la norepinefrina y la serotonina”, dice, los cuales juntos forman parte de lo que se conoce como el “circuito activador cerebral”.

Cuando existe una emoción o una respuesta positiva, son varios circuitos en paralelo funcionando. Por eso, distintas conductas producen sensaciones de satisfacción.

Un ejemplo clásico es el tabaco: las personas fuman porque experimentan placer, y lo que ocurre a nivel cerebral es un aumento de la transmisión colinérgica, es decir, asociada a la acetilcolina. En el caso de la cocaína, dice Aguayo, su efecto se explica porque aumenta la norepinefrina y también la dopamina.

La dopamina no actúa sola, advierte Aguayo: varios neurotransmisores participan en el circuito activador cerebral que refuerza conductas placenteras como el uso del teléfono.

“Frente a una experiencia recompensante se incrementan distintas transmisiones sinápticas, lo que genera un estado subjetivo de satisfacción”, precisa

Dr. Luis Aguayo, director de Nepsam UDEC.

En comparación con otras adicciones, los expertos señalan que es posible hablar de cambios neuroplásticos similares a los que se observan en conductas adictivas con sustancias, aun cuando aquí no haya una sustancia involucrada.

Aquí, indica Aguayo, hay un punto central que es el desarrollo cerebral. “El cerebro tiene un desarrollo altamente programado que comienza durante la vida intrauterina y se extiende aproximadamente hasta los 30 años”, complementa. A esa edad, se consolidan los últimos elementos de su maduración.

Dicho desarrollo ocurre a través de una secuencia que involucra exploración interna, externa y social. Hablamos del juego con pares, la capacidad de frustrarse, la construcción de resiliencia y el desarrollo de habilidades. “Todo esto implica la formación y fortalecimiento de capacidades cerebrales fundamentales”, añade, las cuales sirven para el lenguaje, el control de la conducta, el razonamiento y la regulación emocional.

Luis Aguayo, de la Universidad de Concepción, describe el uso excesivo del móvil como parte de un cambio de paradigma en la forma en que el cerebro aprende y procesa estímulos.

Para que estas funciones se desarrollen adecuadamente, el cerebro debe construir y fortalecer redes neuronales específicas. Existen redes para el control motor, para las emociones, para el razonamiento y el autocontrol.

Cuando aparece una conducta adictiva, estas redes pueden verse interferidas. En el caso de las adicciones químicas, esto está ampliamente demostrado, con la pérdida de neuronas en la corteza prefrontal, una región clave para el control de la conducta. En el caso de las adicciones conductuales, como el uso problemático de pantallas, todavía hay poca información al ser un fenómeno reciente. Sin embargo, es razonable esperar que también existan cambios neurobiológicos.

Del uso al abuso

Estar frente a una pantalla pasa a ser un abuso ocurre cuando su uso excede la necesidad. En ese punto, dicen los entrevistados, empiezan a surgir consecuencias negativas: se deja de conversar con los amigos, se reduce la interacción con la familia, se descuidan otras actividades relevantes.

El desarrollo cerebral se extiende hasta cerca de los 30 años, por lo que la exposición temprana y excesiva a pantallas puede interferir en procesos clave como el autocontrol y la regulación emocional.

Finalmente está la adicción, que es cuando la conducta comienza a generar problemas evidentes en la vida diaria. La persona deja de hacer cosas importantes: no duerme lo suficiente, se queda despierta hasta la madrugada frente a una pantalla, se vuelve más ansiosa, inquieta y presenta consecuencias negativas persistentes. “Lo más característico es que, aun siendo consciente de estos efectos, la conducta se mantiene”, dice el médico.

La era de hiperconexión digital atraviesa a todas las edades. Así lo analiza la doctora Ana Barrera, directora del magíster en intervención psicosocial para la salud mental en la Universidad Católica de Temuco, aunque detalla que se manifiesta con mayor fuerza en adolescentes y adultos emergentes, especialmente a partir de los 18 años.

Ana Barrera, académica de la Universidad Católica de Temuco, advierte que la hiperconexión digital no reemplaza los vínculos presenciales ni asegura relaciones significativas.

“Los estudios muestran que, particularmente en el grupo de 18 a 35 años —adultos emergentes y adultos jóvenes en nuestro país—, existe una alta percepción de soledad”, plantea

Ana Barrera, profesora de la UC Temuco.

Esto se manifiesta porque las conexiones digitales no necesariamente tienen la misma calidad que los vínculos “cara a cara”. “Se trata de interacciones más breves, menos profundas, donde se consume contenido, pero no siempre se construyen relaciones significativas o amistades profundas”, puntualiza.

Así, aunque una persona tenga muchos seguidores o “amigos” en redes sociales, o esté permanentemente expuesta a contenidos, especialmente en el caso de adolescentes y jóvenes, Barrera dice que ello no se traduce necesariamente en “vínculos de calidad”. Una carencia que puede generar diversas dificultades, como problemas en la interacción social, menor desarrollo de habilidades sociales o dificultades para resolver conflictos, algo especialmente relevante en una etapa tan crucial como la adolescencia.

Además, puede tener consecuencias en la salud mental, como aumento de la ansiedad, la depresión o problemas de autoestima. “La evidencia muestra que la conexión digital no reemplaza y no logra sustituir la conexión presencial y cara a cara”, agrega.

En adolescentes y adultos jóvenes, la combinación de alta sensibilidad a recompensas y un córtex prefrontal en desarrollo aumenta el riesgo de uso impulsivo del celular.

En ese sentido, Luis Aguayo indica que el uso excesivo de pantallas en niños y adolescentes se ha vinculado a aumentos en la ansiedad, mayor irritabilidad y una disminución en la capacidad de experimentar sensaciones agradables. “Se observan cambios conductuales claros”, proclama. Otro aspecto que suele aparecer es el impacto negativo en el rendimiento académico. Las conductas adictivas asociadas a pantallas se relacionan con un bajo desempeño escolar, lo que genera una preocupación importante en las familias.

La Academia Americana de Pediatría ha propuesto límites claros de exposición a pantallas según la edad.

En niños menores de 2 años, por ejemplo, se recomienda no exponerlos a pantallas. Entre los 2 y 5 años, el tiempo no debería superar una hora diaria. Esto es fundamental, dado que la adquisición del lenguaje ocurre principalmente durante los primeros años de vida junto con otro proceso llamado “conversación interna”, que comienza alrededor de los cuatro años, que es cuando los menores exploran y organizan su comprensión del mundo. Si durante estas etapas existe una exposición constante al abuso o a la adicción a las pantallas, estos procesos pueden debilitarse y perder fuerza.

A partir de los 5 años, un uso considerado saludable debería ser inferior a dos horas al día. Estas recomendaciones asumen siempre la supervisión de adultos y la disponibilidad de alternativas de entretenimiento. “Hoy sabemos, además, que algunos niños e incluso bebés de apenas cuatro meses ya están siendo expuestos a pantallas como forma de entretención”, plantea.

El celular se ha transformado en un regulador emocional cotidiano, activando sistemas de recompensa cerebral que refuerzan su uso constante desde el inicio hasta el final del día.

Cómo enfrentar conductas adictivas

Cuando el uso del teléfono comienza a interferir con la vida cotidiana, los especialistas coinciden en que la respuesta no puede ser abrupta ni punitiva. “Retirar el celular de forma brusca puede ser contraproducente”, advierte Ana Barrera.

Si bien las redes sociales y el acceso a internet pueden generar efectos negativos, también cumplen funciones positivas, por lo que el foco debe estar en reconocer cuándo el uso se vuelve problemático y en acompañar procesos de regulación progresiva.

En jóvenes, una reducción dialogada y gradual suele traer beneficios visibles en la atención, la calidad de los vínculos y el bienestar emocional. En casos más extremos, los especialistas recomiendan buscar apoyo profesional o redes de acompañamiento.

Experiencias internacionales, especialmente en países asiáticos, han explorado incluso grupos de apoyo para jóvenes con uso problemático de redes sociales o videojuegos.

Las conductas adictivas a pantallas también impactan el rendimiento académico, generando preocupación en familias y comunidades educativas.

En contextos escolares, las restricciones al uso del celular en salas de clase y recreos han mostrado consecuencias como favorecer el diálogo, el juego y la interacción cara a cara, siempre que estas medidas cuenten con la participación de las familias y los propios estudiantes.

Para Belén Salinas, doctora en Psicología, iniciativas como los proyectos de ley que buscan regular el uso del teléfono en las aulas son un avance, pero insuficiente si no incorporan una mirada desde la salud mental. “No todos los niños y adolescentes tienen el mismo nivel de dependencia”, señala, y retirar el dispositivo sin acompañamiento puede aumentar la angustia en quienes ya presentan un uso problemático. El desafío, apunta, es distinguir entre el celular como herramienta y el celular como regulador emocional o fuente de ansiedad.

Belén Salinas, doctora en Psicología, sostiene que regular el uso del celular en aulas es un avance, pero insuficiente si no se aborda desde la salud mental.

En ese sentido, si pensamos en recuperación, la psicóloga Jacquelin Hormazábal cita estudios realizados por medio de Resonancia magnética funcional (fMRI) luego de 72 horas de haber retirado el uso del celular, que muestran cambios en la actividad cerebral, específicamente en núcleos como el accumbens y la corteza cingulada anterior, implicados en la recompensa e inhibición motora, lo que sugiere una modulación relativamente rápida de estos circuitos con cambios en el patrón de uso.

Otros estudios revelan que pausar el uso excesivo del celular, permiten que se estabilicen los niveles de dopamina y por consecuencia, los estímulos del teléfono pierdan algo de su poder de captura atencional, lo que facilita la recuperación de la concentración sostenida y la motivación más autónoma lo que se alinea con los principios de la neuro plasticidad.

“En términos psicológicos, esto se traduce en más espacio para el propio pensamiento, menos reactividad a las notificaciones y una mayor tolerancia a estar desconectado, si es que se mantiene el cambio de hábitos”, complementa

Jacquelin Hormazábal, psicóloga UNAB.

Por otra parte, es importante intervenir en los hábitos, como dejar el celular fuera de la habitación, o reemplazar ese primer gesto de la mañana con otras actividades como estiramiento, respiración, revisar un libro o agendas en papel.

Más sobre:Board LTUso problemático del celularSalud mentalAdicción conductualDopaminaSistema de recompensaNeuroplasticidadAnsiedadAdolescentesadultos jóvenesRegulación emocionalHiperconectividad digitalDesarrollo cerebralVínculos sociales
Imagen boletín

Suscríbete a nuestro newsletter semanal, con los temas que marcan la pauta del país

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Imagen boletín

Suscríbete a nuestro newsletter semanal, con los temas que marcan la pauta del país

Plan digital + LT Beneficios por 3 meses

Comienza el año bien informado y con beneficios para ti ⭐️$3.990/mes SUSCRÍBETE

LO MÁS LEÍDO