La “nueva” vida de los venezolanos en Cúcuta
La frontera de Cúcuta con Venezuela es la más transitada e importante de Colombia. Ahí miles de venezolanos se mueven diariamente, algunos para no volver. Hoy ese lugar está en el ojo del mundo tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.

“Se me va a salir el poh”. Greisyl Contreras, quien este lunes estaba en la frontera de Cúcuta, conoce bien Chile. Esta venezolana de 32 años estaba a punto de tomar uno de los innumerables taxis amarillos que están en aquel lugar para ir al aeropuerto de la ciudad colombiana. ¿El destino? Santiago de Chile. Hace ocho años vive en nuestro país, pero antes se detuvo para hablar con La Tercera sobre cómo vivió en Caracas la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos. “Los aviones se escucharon. Bueno, además las distintas llamadas de familiares para saber si estábamos bien. En ese momento fue mucha incertidumbre sobre lo que iba a pasar. Yo creo que fue distinto a cómo lo vivió el mundo afuera”, relata.
Antes de las seis de la mañana, la calma es dueña del paso del puente internacional Simón Bolívar, el más importante de Cúcuta y de Colombia. Una vez que se abre, converge un ecosistema que pone a prueba las habilidades para esquivar los centenares de motos que pasan por ahí y el recuerdo que todo es con efectivo y las tarjetas son sólo un plástico más. Pero a los miles de venezolanos que se movilizaban estos días por ahí les apareció un nuevo reto, las decenas de periodistas de todo el mundo que llegaron para informar lo que había pasado en Venezuela tras la captura de Maduro.

“Uno no puede estar hablando mucho, celebrando”. Wilson Badillo es un hombre de pocas palabras. Acompañado siempre de su carro manual de carga, hace seis años hace este recorrido diario desde Venezuela a Colombia. En Cúcuta compra víveres para vender y recicla lo que pilla. Atrás quedaron sus años cuando era ingeniero geólogo en empresas petroleras venezolanas: “Prefiero trabajar reciclando que ganar tres dólares mensuales… tres dólares mensuales es lo que paga el gobierno; antes ganaba dos mil, dos mil 500 dólares”.
El futuro del petróleo en Venezuela se convirtió en el centro de atención estos días, luego de que el Presidente Donald Trump mencionara que se harán cargo de aquella industria. “Son sentimientos encontrados. Prefiero que administren los gringos a estar en la pobreza en la que estamos”, decía Wilson, quien parecía recordar sus años en Maracaibo trabajando en ello.
Algo que no es compartido por todos los venezolanos que transitan por ahí. “Él (Trump) dijo ahora que quería 50 millones de barriles de petróleo y eso no puede ser así. Está bien que haya agarrado a Maduro, pero no aprovecharse de las riquezas de Venezuela”, comentó Luis Pérez, quien volvía con su familia a Colombia tras unos días en Venezuela. Tenía que regresar a su trabajo en una panadería en Cúcuta.

Durante el último mes, Migración Colombia detalló que 83.308 venezolanos ingresaron y 77.976 salieron por los pasos fronterizos habilitados en Cúcuta.
Muchos venezolanos que cruzan por aquella frontera tienen miedo de conversar, algunos a lo lejos gritaban: “El gobierno no ha caído, viva Latinoamérica”. Una mujer que también es de Venezuela y vende aguas en Colombia por el día se acercó: “Nadie dice nada”, en relación con lo que se vive al otro lado de la frontera. Se suma un hombre de unos 60 años, que por seguridad no quiso dar su nombre, y que andaba en Cúcuta por el día haciendo trámites. “En San Antonio del Táchira está todo normal”, asegura. Pero antes de que se perdiera en el horizonte del puente Simón Bolívar se detuvo nuevamente: “Hay temor”.

En su mayoría son tres los grupos de venezolanos que cruzan aquella frontera: quienes se mueven por el día a trabajar, comprar o hacer algún trámite; quienes ocupan alguno de los pasos fronterizos en esa ciudad para salir de Venezuela con destino a otro país, y los que debido a la compleja situación en Venezuela salen de aquel país para vivir en Cúcuta.
Militar que huyó del régimen
El taxi que nos llevaba a mí y otro periodista nos dejó en un cerro con la frase “Aquí vive Weinnifer”. Dos perros ladraban al interior de esa casa, la que con el paso de los minutos descubrimos que no era. De ahí un periplo como de antaño, saber solamente su nombre y empezar a preguntar casa por casa. La tierra estaba más blanda y suelta de lo normal, es que la lluvia se había hecho presente en 20 de Julio, un cerro cercano al paso fronterizo Simón Bolívar. En ese lugar miles de venezolanos se instalaron para vivir tras huir de Venezuela. Finalmente la encontramos, en la parte alta del cerro, donde vive con sus dos hijos, todos en una habitación que no supera los nueve metros cuadrados.

“Yo siempre soñé con ser militar de niña. Me sentí alegre cuando me aceptaron, pero mi meta era ser militar y tener buen futuro. Un día pedí permiso y no volví más. Ahí fue una persecución, me llamaban, me decían que si no iba me meterían presa. Era tanta la presión que me decían que me iban a meter presa que me fui del país”. Weinnifer Sojo tiene 30 años, pero hace ocho tomó una decisión que la llevó a ser perseguida por las Fuerzas Armadas de Venezuela. Pasó por una trocha, un paso irregular, a Cúcuta. Le quitaron todo, menos la ropa. Vivió dos meses en la calle, pero es algo de lo que no se arrepiente.
Aún se emociona al recordar cómo se enteró esa noche de la captura de Nicolás Maduro. Hace siete años y medio que no pisa Venezuela. Recuerda un hecho que la marcó en su determinación de dejar las FF.AA.: “Una vez mandaron al batallón donde yo estaba para la frontera (Cúcuta) a caerse a plomo con la población y yo les dije que no iba a ir. Me castigaron por una semana. Ese no es el juramento que nosotros hacemos, nuestro juramento es defender al pueblo. Los compañeros que fueron dijeron que fue horrible”.
Hoy su foco está en sacar a sus hijos adelante, de los que también espera que vivan a futuro en Venezuela. Hace un llamado a quienes siguen en las Fuerzas Armadas venezolanas: “Que no se dejen manipular por unos centavos, que hay mucha gente inocente que ellos saben que ha muerto”.
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