El enredo Parra

Poco antes de la muerte de Nicanor Parra, su hija Colombina y su nieto “Tololo” dejaron en evidencia las grandes dudas que existen sobre el destino de parte de su patrimonio. Algunas acusaciones apuntan a amigos del poeta de sus últimas décadas de vida, pero también hablan de una familia en que los desencuentros pueden llegar al entierro mismo del último gran poeta chileno.

Aunque la historia ocurrió hace casi 20 años, tiene una relación directa con la querella firmada a principios de este mes por Colombina Parra, hija de Nicanor, y Cristóbal “Tololo” Ugarte, hijo de Colombina y nieto de Nicanor Parra, para intentar recuperar objetos desaparecidos del inventario del poeta.

El episodio lo cuenta el poeta Adán Méndez, amigo y editor de algunos libros de Nicanor Parra, en el seminario “Pelando a Parra”, en Puerto de Ideas, el 2014 en Valparaíso.

Méndez describe la historia como algo traumático y la sitúa en el tiempo en que Parra vivía en su casa de La Reina. Un día lo fue a ver, y a pesar de que Méndez describe a su amigo como un tipo muy afectuoso, esa vez lo notó frío y distante. “Me miraba feo y no respondía mucho al diálogo”, dice. “Así que me fui”. Pasó un tiempo, Méndez retornó a la casa de La Reina y volvió a pasar lo mismo: Parra frío y distante. Tomó la decisión de dejar de ir hasta que el poeta lo llamó, esta vez más cariñoso que nunca, para tomar once. Méndez va y después de conversar un buen rato, Parra le dice a Méndez: “Adán, tengo que pedirte disculpas”. Y le empieza a contar que había conocido a Jorge Luis Borges hacía un tiempo en alguna parte y que, en un gesto cariñoso entre ambos, habían intercambiado corbatas. Un día Parra se da cuenta de que se le había perdido la corbata y pensó que se la habían robado. De inmediato, en su cabeza, los autores fueron dos amigos: el mismo Méndez y César Soto, coleccionista. “Yo pensé que tú me habías robado la corbata de Borges”, continuó Parra. “Y el otro día me iba a poner un zapato y no me entraba el pie. Adentro del zapato estaba la corbata de Borges que yo mismo tuve que haber puesto ahí para que no me la robaras tú o César Soto”.

El incidente que cuenta Méndez no es una mera anécdota más de Nicanor Parra y toma especial significado en el mes de su muerte. La querella, firmada por Colombina Parra y “Tololo” Ugarte -y que no incluye la firma de Parra- está dirigida a Soto y a quienes sean responsables de comercializar patrimonio parriano aparentemente perdido.

Es decir, 20 años atrás, Parra, como si fuese un designio, ya pensaba que César Soto tenía el potencial de robarle algún objeto.

La querella abrió una herida en el mundo Parra y dejó una serie de dudas sobre si eran manuscritos efectivamente robados o que habían salido de las casas de Parra con su propia venia o la de alguno de sus hijos. Parte de la extrañeza viene también de la amistad de años que Parra y Soto han sostenido. Además, dentro del círculo de amigos de Parra se habla de que el poeta era extremadamente celoso de lo que entraba y salía de su casa, al punto de registrar a algunos de sus visitantes. Parra era capaz de llamar si pensaba que le faltaba algún cuaderno, dicen entre los cercanos.

Soto, por su lado, señala que buena parte de lo perdido fue entregado o comercializado por Juan de Dios Parra, el “Barraco”, quien ahora vive en México y no llegó a los funerales de su padre.

El curador Justo Pastor Mellado se inclina por una tesis en esa línea: “Parra tenía todos sus manuscritos bajo siete llaves”, dice. “Si desaparecieron algunos documentos, él tendría que haberse dado cuenta de lo que le faltaba y tendría que haber intentado recuperarlos, indagando primero en su círculo más cercano. Si hubiera sospechado que le fueron robados por gente externa a la familia, entonces debió haber denunciado el robo. Tengo entendido que no firmó ninguna denuncia”.

Por estos días circula un poema del porteño Miguel Lahsen, hombre conocido en círculos literarios, llamado ¡No acusen a Soto, hijos de Parra!

Una de las estrofas dice: “¡No acusen a Soto, hijos de Parra, no lo acusen!/Respeten la travesía del Simbad el Marino de Nicanor Parra que César Soto recuperó del naufragio mercantil al que ustedes, en su codicia, lo arrojaron”.

Entre los cercanos al poeta está la opinión de que Soto, quien no quiso opinar para este reportaje, es objeto de la querella por “cancherear”, por aparecer en La Segunda en mayo del año pasado diciendo que tiene la mayor colección de originales de Parra en el mundo y antes, en 2014, en La Tercera, asegurando que tiene un poemario de 1939, Simbad el Marino, que nunca fue publicado.

En la querella del 8 de enero se cita a Parra diciendo que todo esto ha sido “como cortarle las manos”. Al enterarse de que un número significativo de cuadernos se habían recuperado, en la misma querella, Parra dice: “Esto me significa volver a tener confianza en mí mismo; podré seguir trabajando en la producción de mi obra”.

El fraseo de Parra es raro y poco propio de él, dice uno de los cercanos. “Es como si hubiese hablado Maradona: ‘Me cortaron las manos’”.

También apuntan al abogado elegido para la querella, Luis Valentín Ferrada, ex diputado RN y conocido por defender a militares como Miguel Krassnoff y a uniformados involucrados en el caso Riggs. Ferrada explica su conexión con Parra: “Lo conocí en 1980, en un vuelo desde Nueva York, y desde ahí que somos amigos”, dice. “En el mundo de la cultura, la etiqueta de izquierda y derecha es totalmente vacía. Y así como he defendido a militares, fui amigo y cargué el féretro de Margot Loyola”.

En cuanto a la falta de la firma de Parra en la querella, Ferrada dice que el poeta entregó un poder, que si aparecía firmando la querella tendría que haber ido a un juzgado de garantía a ratificar su rúbrica. “Y a su edad no era conveniente”.

Días antes de la querella, la decana de Comunicación y Letras de la UDP, Cecilia García Huidobro, decía a La Segunda que “siempre hay tensión entre el valor que les da el dueño a sus papeles y el valor que le da su familia. Entonces, se dan paradojas donde algunas familias creen que todo es un tesoro equivalente a un pozo petrolero en Texas y otras que botan todo, porque necesitan el clóset o ropero donde tenían ese material sin preguntarse si tenía valor patrimonial”.

Estos episodios no son nuevos en la familia Parra. En marzo de 2012, las alarmas del legado familiar se habían encendido cuando se denunciaba a la Policía de Investigaciones un robo de las obras de Violeta Parra desde la casa de Nicanor en La Reina. Esto se hacía público, al igual que ahora, a través de “Tololo” Ugarte. El delito se atribuía a ladrones expertos en objetos de arte, hasta que Catalina Parra, sobrina de la cantautora, confesó su autoría. La mayor de los hijos de Nicanor explicó que tomó los cuadros para guardar las obras de su tía en un sitio más seguro en lugar de una parcela expuesta como la de su hermano. Cristóbal Ugarte golpeó en Twitter: “A 24 horas del robo, Catalina Parra confiesa haber sacado los óleos. ¿Por qué no le avisó a su padre? ¿Por qué esperó la presión de los medios?”.

La familia Parra comenzaba a enredarse.

El cisma

Nicanor Parra tuvo seis hijos, de tres mujeres diferentes. De los seis, solo tres estuvieron en su funeral: Catalina Parra Troncoso, Ricardo “el Chamaco” Parra Muñoz y Colombina Parra Tuca.

Son 30 años los que separan a Catalina (77) de Colombina (47). Ese abismo generacional se notó en Las Cruces, en el entierro del padre. La casa tiene tres niveles, el primero, donde está la vivienda; el segundo, donde hay una suerte de terraza, y el tercero, donde está el patio y donde Parra fue enterrado el jueves 25.

Catalina optó por ver el entierro desde el segundo nivel, mientras en el primero, donde Parra sería enterrado, estaba el resto de la familia, que incluía a “el Chamaco”, Colombina, “Tololo” y amigos cercanos. Ella se quedó arriba con la oficialidad: desde la Presidenta Michelle Bachelet hasta la futura ministra de Cultura, Alejandra Pérez, y diferentes personeros de la UDP, universidad en la que Parra publicó buena parte de sus últimas obras y en la que tenía un sueldo fijo como “director fantasma de literatura” hasta el día de su muerte.

El quiebre no solo era evidente en materia de gestos. Catalina Parra ya había confesado que se había enterado de la muerte de su padre por la prensa, evidenciando la falta de conexión con “Tololo” y Colombina, quienes vivían con Parra en La Reina.

El resto de los hermanos no llegó por diversas razones. Francisca no se trasladó a Las Cruces desde el sur de Chile, donde vive, lo mismo que Alberto, quien vive en Noruega. El caso de Juan de Dios, “el Barraco”, es diferente. Aunque tenía pasaje para venir desde México, finalmente no lo hizo efectivo en buena parte -dicen cercanos a Parra- debido a las acusaciones que caen sobre él de haber vendido o entregado cuadernos y manuscritos.

Pero las fricciones habían empezado antes. Pablo Ugarte, ex pareja de Colombina y padre del “Tololo”, se acercó en la iglesia de Las Cruces a Patricio Fernández, director de The Clinic, y a Marcial Cortés-Monroy, arquitecto y productor de ferias y exposiciones. Ambos son amigos de Parra, pero Ugarte les dice que “Tololo” no los deja entrar a la casa para el entierro. Y si lo hacen, agrega, va a hacer un escándalo y el asunto se puede poner feo.

Las razones para el veto eran diferentes para cada uno. En el caso de Fernández, era por no apoyar en forma decidida el intento de recuperación de manuscritos de Parra. Fernández subió una foto del entierro al día siguiente en su cuenta de Instagram y “Tololo” le comentó: “Ahora vienes a figurar. Y hace una semana, ¿dónde estabas cuando llamamos? Mi abuelo murió esperando que el Clinic se pronunciara por los cuadernos. Ándate con tu morbo a otro lado”. En el caso de Cortés-Monroy, fue por supuestamente haberse quedado con objetos del poeta después de alguna feria, algo que el arquitecto niega. Mientras Fernández pudo entrar a la casa eventualmente, Cortés-Monroy se quedó en un restorán vecino, al que se fueron uniendo los asistentes al funeral a medida que iban saliendo, incluída la Presidenta Bachelet.

La exclusión era un golpe a “la mafia”, como le gustaba llamar a Parra a su grupo de amigos. “La mafia era una forma de llamarnos, pero no era nada institucionalizado”, decía el escritor Rafael Gumucio un día antes del entierro. “No es que nos juntáramos todos, pero él era el centro”.

En el grupo, además de Gumucio, estaban Fernández, Alejandro Zambra, Matías Rivas, de ediciones UDP; Rodrigo Rojas, coordinador general de literatura creativa en la UDP; el crítico español Ignacio Echevarría y otro excluido, el poeta y editor Adán Méndez, sobre quien también recae alguna sospecha del clan Parra de que el manuscrito original de Temporal, un poema que los entendidos dicen que solo está en audio con la voz de Parra. Méndez prefirió evitar cualquier polémica y quedarse en el sur.

El entierro mismo estuvo marcado por el simbolismo. La noche anterior se había cortado un árbol, porque Parra había pedido que su tumba tuviera vista a la tumba del poeta Vicente Huidobro, enterrado en Cartagena. “Para él era muy importante estar enterrado entre Huidobro y Neruda, que está en Isla Negra”, dice un cercano.

La ceremonia fue lo opuesto a lo que se vivió el miércoles 24 en la Catedral. Fueron poco más de dos horas de largos silencios, de escenas improvisadas, de “Tololo” poniendo ramas de pino sobre el ataúd para acolchar la caída de las piedras sobre la madera, de poca gente llorando y de nadie riendo. Isabel Parra, la hija de Violeta y hermana de Ángel, tocó Gracias a la Vida y todo pareció estar en paz. Bachelet fue la única que lloró mientras sonaba la canción. Sobre su tumba quedó un telar tejido por la madre del poeta, Clara Sandoval. Alguien comentó que el despido de una empleada colombiana que cuidaba a Parra en La Reina tuvo que ver con su descompensación final. Puede ser, puede no ser.
Parra está muerto.

Revolver el cielo

Miércoles 24, Catedral de Santiago.

– Oye, ¿y la Colombina y el “Tololo”?

– Se fueron después de la misa de la mañana.

– ¿Y la Clarita?

– No vino, porque ayer estuvo todo el día en la casa del tío.

Entre cigarros compartidos y reencuentros, los sobrinos de Nicanor se escapan a las afueras de la Catedral. Sus vestimentas comunes y bajo perfil los camufla de la atención de la prensa y los fanáticos. Tienen licencia de pasear por los pasillos, encontrándose unos con otros, perdiéndose a veces. Cuando se reúnen en la salida hacen planes para ir un rato a La Piojera, hasta que se les hace tarde y deciden esperar la misa de las 7. A poco de que empiece la ceremonia, una vez más se mezclan entre la gente.

Mientras se realiza la misa, una extensa fila de santiaguinos y extranjeros espera que la puerta de la Catedral se abra nuevamente. “El pueblo unido jamás será vencido”, corean. Un periodista apunta al cocinero de Parra entre la multitud, cuya entrada fue impedida por Carabineros. Ignora que a su lado está Ricardo “el Chamaco” Parra, uno de los hijos del poeta. La atención está centrada en Colombina y “Tololo”, quienes permanecen en un lugar aislado la mayoría del tiempo, a un costado del altar. Los hijos de los tíos Lalo y Lautaro -hermanos de Parra- se pasean entre el sector familiar y los espacios públicos. Se consultan entre ellos si irán al funeral en Las Cruces; si tienen cupo en algún vehículo. “Aún no sé si vaya, están todos los autos de los familiares copados”, comenta Francisco Parra, “el Pelusa”, uno de los Parra circenses.

Y agradecen: por fin se reunirán todos los hermanos, después de tanto tiempo. Se refieren a los hermanos de Nicanor, eso sí. “La van a revolver allá en el cielo”, dicen.

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