Premios Altazor: Tendencias de una década
Aunque consciente de sus omisiones, el Altazor se presenta en este libro como el pulso de los cambios que ha experimentado la creación chilena a lo largo de los últimos 10 años.

Es el balance de una década para un premio que, como todos, ha crecido en torno a elogios y críticas, "incómodos, a veces; merecidos otras; molestos, en fin... justos e injustos", como reconoce Santiago Schuster en el prólogo del primer libro en torno al Premio Altazor. Quince especialistas abordan en esta nueva publicación de la SCD y editorial Catalonia lo que hasta ahora ha conseguido un galardón que, para el abogado especialista en derechos de autor, es "un premio único, no sé si en el mundo, pero seguro que a un investigador agudo le costará encontrar uno similar". Al menos en Chile, hasta el año 2000 no existían antecedentes de un reconocimiento formal coordinado por una sociedad de autores y dirimido anualmente por creadores e intérpretes en áreas de literatura, música, teatro, danza, y artes visuales y audiovisuales. Fotos y reseñas de cada galardonado combinan el análisis con un orden dispuesto a la consulta.
El musicólogo Juan Pablo González destaca el encuentro entre tradición folclórica local y masiva subyacente al reconocimiento a cantores y poetas populares como Tito Fernández, Pedro Yáñez, Quelentaro e Illapu, entre otros; nombres que contribuyen "a construir el rico mosaico de identidad en el Chile actual", según el académico, quien, sin embargo, lamenta la absoluta ausencia de nombres femeninos entre las premiadas en la categoría de música tradicional y de raíz folclórica. El periodista David Ponce estima que, al menos en música popular, Altazor "es una institución que ha generado una identidad", y destaca que exista una categoría de reconocimiento a ejecutantes, con premiados como el guitarrista Carlos Corales, el trompetista Cristián Cuturrufo y el orquestador Guillermo Rifo. Ponce estima que la división de la música popular en pop/balada, rock y alternativa/jazz, "genera estrecheces ya comprobadas", y critica, además, la escasa presencia de la edición independiente: "Altazor ha sido lento para reparar en la existencia de esta industria paralela".
La cuentista Carolina Rivas analiza cronológicamente los sucesivos premios que, en la categoría de narrativa, fueron recibiendo novelas o colecciones de cuentos de Antonio Skármeta, Mauricio Wacquez, Roberto Bolaño y Jaime Collyer, entre otros. "Altazor, paracaídas delicado, tocó el hombro de nuestros mejores narradores", estima la autora. Sobre poesía chilena, el investigador Iván Carrasco aplaude la representatividad de la "pluralidad de tendencias, estilos, temas y tipos de discurso", aunque elige hacer un recorrido por obras y movimientos recientes, en vez de analizar a los premiados. Similar enfoque (tendencias generales, y no reconocimientos particulares) guía a Juan Guillermo Tejeda en su texto sobre ensayo literario y crónica, que parte en Montaigne y termina en Roberto Merino (quien nunca ha recibido el premio).
Gana en precisión el texto sobre teatro del profesor y crítico Agustín Letelier, quien asocia las obras premiadas a seis tendencias de los últimos 10 años: paso de lo social a lo interno o personal, rechazo a las formas dramáticas establecidas (en favor de lo que llama "superficies textuales"), fragmentación de la historia, progresivo acercamiento del teatro a las técnicas del cine, el empleo cada vez mayor de muñecos y marionetas, y el desarrollo de un metateatro (como el de Neva).
Los trabajos más destacados en fotografía, pintura, escultura, videoarte, instalación, grabado, dibujo e ilustración engrosan el capítulo de Artes Visuales; mientras que de Cine y Fotografía se ocupan los periodistas Felipe Blanco y Francisco Aravena. El primero asocia la fundación de los Altazor con el apabullante éxito de El chacotero sentimental, cuyo director y guionista inauguraron los reconocimientos para el cine local. Parecía el inicio de una nueva fase que, a la larga, "se parece más al traspaso de una barrera psicológica que a una conquista genuina, porque sus resultados financieros fueron más bien la excepción y no la regla". Blanco destaca, sin embargo, la estandarización de la producción, la masificación del formato digital y el asentamiento de la industria, entre otros avances de la década.
El auge de la llamada telerrealidad y los espacios de farándula, y el aumento de poder de la audiencia no pueden estar ausentes en el análisis sobre televisión. Destaca en ese recuento de galardonados la presencia de las productoras independientes, con premios para Geografía del deseo, Heredia y asociados y Gen Mishima, que Aravena destaca como un valioso encuentro de ficción y vocación documental: "Ahí sí podemos empezar a hablar de realidad en televisión. En castellano, y sin apellidos".
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