Por Ascanio CavalloColumna de Ascanio Cavallo: La metamorfosis

Los datos que se han ido conociendo después del domingo 19 confirman que el triunfo de Gabriel Boric se funda en las mujeres jóvenes, menores de 30 años. Ellas son las que se movilizaron masivamente en la segunda vuelta en las comunas pobres; ellas salieron a alterar la correlación en las regiones que estaban semiempatadas; ellas -y no un cambio en los electores de Parisi- son las que dieron vuelta las cifras en Antofagasta y casi todo el norte.
Es cierto que la centroizquierda votó mayormente por el candidato de Apruebo Dignidad, pero con eso no bastaba. Como se dijo en estas páginas, si los votos eran los mismos de la primera vuelta, el resultado sería estrecho e incierto. Y como certeramente ha sostenido la diputada de RD Catalina Pérez, “el triunfo de Gabriel Boric tiene poco que ver con un viraje al centro y más bien habla de una amplia movilización ciudadana donde los jóvenes y las mujeres votaron para defender y avanzar en derechos y libertades”.
Las mujeres jóvenes determinaron que se produjera un milagro muy escaso en la política: el fenomenal desplazamiento de una o dos generaciones por la figura más joven de la historia nacional; no el cambio progresivo de una generación a otra, sino la sustitución completa, en un solo acto, en ocho horas de sufragios. Crudamente, esto significa que no tuvieron gran peso ni Lagos, ni Bachelet, ni los otros presidenciables, ni menos las contorsiones de Parisi. Los así llamados -con cierto retintín extorsivo- “votos prestados” no fueron más de lo que eran en noviembre. Como quiera que se distribuyeran esos votos en los modelos matemáticos, no cambiaban de modo sustancial la escena de la primera vuelta. Fue otra cosa.
Y todo esto lo confirma, de una manera parabólica, el estado de enamoramiento que rodea al presidente Boric en el plano interno y la curiosidad fascinada que suscita en el externo. Algo nuevo, que ocurre muy pocas veces en el planeta, despunta otra vez en Chile, el siempre sorprendente Chile. Los abuelos y los padres imaginarios pueden estar arrobados y orgullosos de lo que consideran un producto suyo, pero, tal como ocurre en las familias reales, eso tiene escasa o ninguna encarnación con la idea del futuro que portan los jóvenes.
Si hay una ancha corriente de la historia que pasa por debajo del presente, por ahora no es la que mueve al río: el caudal dominante es esa ideación del futuro, para la cual el pasado es más una limitación que una inspiración. Ahí es donde se estrella la tentación de comparar el fenómeno con la Unidad Popular: en 1970 triunfó un proyecto ideológico, en el marco de la Guerra Fría; en el 2021 se ha producido una revolución demográfica, en el marco de una ingente era digital. El amor, esta vez, nace de fuentes que tienen medio siglo por delante.
Boric se ha visto colmado de una admiración sentimental, afectiva, apasionada. El nuevo presidente es vitoreado, acogido, tocado y fotografiado como no lo ha sido ninguno en las últimas décadas. El significado preciso de ese afecto es misterioso; otra cosa es convertirlo en gobierno. Pero es claro que no se sustenta en el programa ni en el círculo que lo rodea, sino en el fenómeno mismo de haber triunfado con una movilización nunca antes vista, el despliegue de una generación que ha pasado bruscamente de la protesta continua contra el estado de las cosas a la obligación de hacerse cargo de esas cosas, con una firme determinación de cambiarlas.
Por las características de esta victoria, se tiene la tentación de imaginar que Boric tendrá una “luna de miel” más larga que lo usual, una cierta licencia para tantear, equivocarse, retroceder y avanzar, buscar la sintonía fina con el deseo de país de quienes le dieron el triunfo. Pero, claro, también es inevitable que la realidad, con su tendencia a ostentarse, se haga presente a través de la fragmentación de la política, de la cual es parte y símbolo la misma coalición triunfadora. Dependerá de él y del equipo que lo asista que esto no se convierta en parálisis política.
El presidente Boric ha querido mantener las tradiciones republicanas con su propio estilo, a pesar de las discrepancias que su entorno sostuvo en la tarde del domingo 19. El temido saludo de Sebastián Piñera, que algunos veían como “el abrazo de la muerte”, tuvo la solemnidad que era necesaria para cerrar el ciclo del combate electoral. Boric comprendió que ese era el verdadero cierre de la contienda y que habérselo saltado era como continuar en campaña. Era, en breve, como quitarles la confirmación a las mujeres de menos de 30 años.
Tampoco ha querido alienarse de los perdedores, invitando a todos a integrarse al proyecto que se pondrá en marcha el 11 de marzo. Es un gesto que separa a la figura del fondo y que revela que ha empezado a medir la dimensión del desafío. Piñera suele decir, con esa delectación que dedica a sus chistes favoritos, que este período es el mejor de un presidente: cuando todos lo quieren y las obligaciones aún no abruman. Por repetido que sea, ha de ser cierto. Pero el deslumbramiento con Boric tiene una singularidad única, acaso porque se asiste al nacimiento de una nueva figura, como la mariposa que se despliega desde su oruga.
Ahora ha entrado en las grandes ligas y esa aura probablemente lo protegerá en el año más difícil de su mandato, el primero, cuando tenga que enfrentarse al problema más sensible: la Convención Constitucional y el proyecto que debe ser sometido a plebiscito. Institucionalmente, esta no es una materia que concierna al presidente, pero Boric, que estuvo en todos los momentos que le dieron origen, tiene una propiedad que nadie más comparte. El éxito del proceso será la confirmación de su transformación. O lo contrario.
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