Por Natalia PiergentiliDespués del contraste

El día después de dejar el poder suele ser más revelador que los años en que se lo ejerció. Mientras el nuevo gobierno inicia su ciclo, las fuerzas políticas que sostuvieron al gobierno saliente enfrentan una pregunta inevitable: ¿qué queda de su identidad política después de haber gobernado? Para la centroizquierda chilena, esa pregunta no es menor. Más que un balance de gestión, el momento abre una reflexión más profunda sobre el proyecto político que queda en pie cuando se deja La Moneda.
Por otra parte, el Frente Amplio surgió como una fuerza de alto contraste. Su identidad inicial se construyó sobre una crítica frontal al sistema político y económico heredado de la transición y una impugnación explícita a las coaliciones tradicionales. Su discurso proponía transformaciones estructurales y buscaba instalar una nueva forma de hacer política desde la izquierda, marcada por la distancia respecto de las prácticas que habían predominado durante las décadas anteriores. Con el tiempo, sin embargo, la experiencia del gobierno fue introduciendo matices y desplazamientos que hoy lo sitúan en un lugar distinto al de su origen, contribuyendo también a que los contornos de ese espacio político se vuelvan más difusos.
Ese tránsito deja una paradoja política difícil de ignorar. Quienes surgieron cuestionando la política de los acuerdos han terminado reconociendo su valor. El Frente Amplio llegó impugnando a la centroizquierda; gobernar lo obligó a habitarla. No es casual que, hacia el final del mandato, el propio Presidente Boric haya destacado los acuerdos alcanzados durante su gobierno como parte de su legado político. Más que una concesión retórica, esa afirmación refleja un aprendizaje de la experiencia gubernamental: las transformaciones duraderas suelen construirse desde la negociación democrática más que desde el contraste permanente.
Pero ese aprendizaje abre otra pregunta, esta vez para la tradición política que desde los años ochenta se identificó con la centroizquierda. Si el FA ha comenzado a reivindicar la política de acuerdos y a situarse en ese espacio, ¿qué significa hoy ese concepto? Durante décadas, la centroizquierda chilena se definió planteando reformas graduales, responsabilidad institucional y capacidad de construir mayorías amplias. Hoy ese contorno aparece más difuso, ya que las trayectorias que convergieron en el último gobierno no surgieron del mismo diagnóstico ni comparten necesariamente la misma cultura política.
Los primeros años del nuevo gobierno probablemente serán el escenario donde esa definición comience a resolverse. Más que una simple coordinación opositora, lo que estará en juego es la capacidad de reconstruir un relato político que dé sentido a la idea de centroizquierda en un contexto muy distinto al que le dio origen. La pregunta ya no es solo quién ocupa ese espacio, sino desde qué tradición política se habla cuando se invoca la centroizquierda, en un momento en que actores que antes la impugnaban hoy buscan reivindicarla bajo el paraguas más amplio del progresismo.
La experiencia del gobierno deja siempre una huella. El desafío para la centroizquierda no es disputar etiquetas ni reconstruir nostalgias, sino decidir qué relato político puede ordenar un espacio donde conviven tradiciones distintas. La unidad puede ser una condición necesaria para ese esfuerzo, pero difícilmente será suficiente si no descansa también en una definición más clara sobre qué proyecto político representa ese espacio. Porque cuando el progresismo comienza a funcionar como un paraguas demasiado amplio, la pregunta inevitable es quiénes y desde dónde hablan realmente en nombre de la centroizquierda.
Por Natalia Piergentili, directora de asuntos públicos, Feedback.
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