Por Álvaro PezoaEducación y cultura: sembrar donde nace el futuro

En Chile actual, resulta comprensible y legítimo que las “urgencias sociales” como la seguridad, el control migratorio ilegal y la reactivación económica se sitúen en el centro del debate político. Así lo ha ratificado la ciudadanía, y el gobierno entrante tiene el deber de responder con decisión. Pero si solo atendemos lo urgente y postergamos lo esencial, hipotecaremos las posibilidades de un futuro más humano, justo y cohesionado. Ese porvenir se juega, en buena medida, en lo que hagamos ahora por fortalecer nuestra educación y nuestra cultura.
Desde hace años he sostenido que la educación constituye el principal déficit social del país. La evidencia es abundante: desigualdades persistentes, resultados dispares y más bien magros, ausencia de una visión medianamente compartida sobre en qué consiste educar. Y, sin embargo, las discusiones suelen reducirse a temas técnicos o ideológicos, como si educar fuera, como mucho, preparar para el trabajo. Eso, por supuesto, es necesario: transmitir conocimientos, desarrollar habilidades, mejorar la empleabilidad. Pero, aunque ese propósito se alcanzara -hecho que ya comportaría un gran avance-, no puede ser todo.
La educación debe aspirar a más: a humanizar a la persona, no solo a capacitarla. Educar es formar seres humanos capaces de alcanzar su plenitud vital, forjar su carácter, cultivar un sentido superior de la existencia y participar responsablemente en comunidades que comienzan por la familia. Una verdadera educación desarrolla no solo la mente, sino también el corazón y la voluntad; nos enseña a distinguir lo bueno, a valorar la verdad, admirar la belleza, a convivir con respeto y a buscar el bien común.
En este propósito, la cultura es una aliada insustituible. No como adorno, sino como vía de formación espiritual y social. El acceso a bienes culturales y patrimoniales, el cultivo de las artes, las humanidades y las tradiciones confiere finura al alma, fortalece la identidad, sensibiliza frente a la belleza y al dolor, y permite apreciar lo que une por encima de lo que separa. Una política cultural bien diseñada favorece la cohesión, estimula la creatividad y alimenta el sentido de pertenencia.
Por supuesto, Chile necesita enfrentar las “urgencias” y sus carencias en salud, vivienda y pensiones. Pero si descuidamos lo que forma el alma de la Nación —educación y cultura—, cualquier mejora será transitoria y superficial. No se construyen sociedades sanas solo con crecimiento económico: se requieren personas íntegras, comunidades vivas, ideales compartidos.
El país necesita gobernantes que gestionen lo inmediato, pero también que siembren para el porvenir. Educar y cultivar no son tareas de un día ni de un solo gobierno, pero sí definen el rumbo de décadas.
Si queremos un Chile más humano, libre, responsable, unido —y hasta más productivo—, debemos apostar ahora por aquello que, silenciosamente, hará posible ese destino.
Por Álvaro Pezoa, director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial, ESE Business School, U. los Andes
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Plan digital + LT Beneficios por 3 meses
Comienza el año bien informado y con beneficios para ti ⭐️$3.990/mes SUSCRÍBETE













