Por Ascanio CavalloEl corazón del 18-O

“El corazón del estallido fue la violencia contra la infraestructura pública y privada, pues esta adquirió un valor simbólico: se convirtió en una afirmación del valor y la dignidad de la persona por sobre lo meramente material”. Esta es una de las conclusiones -no la única- de “Dignos. Crónica del estallido social”, el más reciente libro del antropólogo Pablo Ortúzar, que ofrece una nueva revisión de la gran conmoción que se extendió entre el 18 de octubre del 2019 hasta comienzos de marzo de 2020, desestabilizando al segundo gobierno de Sebastián Piñera. Es también una referencia a “El corazón de las tinieblas”, la gran novela de Joseph Conrad que el prologuista de “Dignos”, Óscar Landerretche, propone como clave para entender el viaje simbólico que emprendió Chile con aquella disrupción.
Ortúzar identifica la antinomia vida versus cosas como una de las constantes de todo el movimiento de protestas, que hubiese querido prolongarse si no fuese porque la pandemia del Covid-19 obligó a sosegar las cosas para proteger las vidas. Al exigir que el Estado agresor se convirtiera en protector, la antinomia simbólica se quedó sin sustentación.
Se trata de una oposición simple, maniquea y a la vez persistente, que ha atravesado el pensamiento humano por toda la historia, y que puede también operar como un placebo cuando no hay una mejor razón común para participar de un evento colectivo tan intenso. El caso es que los actos violentos de aquellos días (19.284, según un informe de Carabineros y la Fiscalía) le costaron al país más que el terremoto del 2010 y una depresión económica que se prolongó al menos por un lustro más. Otra vez las condenadas cosas, el maldito dinero.
Ortúzar plantea este libro como un relato lineal -una “crónica”, en la primera acepción de la RAE- de los sucesos públicamente conocidos de aquellos días. Las revelaciones no están constituidas por hechos nuevos, sino por el orden, la secuencia y la escala de lo que ya se sabe. Y con ese sencillo método suceden cosas sorprendentes. Se aclara, por ejemplo, el papel de muchos protagonistas, la disposición de otros, el acomodo de unos terceros. Unas simples notas a pie de página revelan quiénes son los que estuvieron detrás de partes importantes de las acciones.
El relato se remonta a los inicios del gobierno de Piñera, período que hace inteligible lo que vendrá más tarde. Luego se interna en la diversidad y evolución de lo que sucede a partir de octubre, observando la dialéctica de agresión y represión que va causando cada vez más daño. Y lo que esto revela es que en la violencia callejera hubo mucha más organicidad y menos espontaneidad de lo que usualmente se cree. No era necesaria una conspiración, ni una intervención externa, ni la organización de una milicia secreta. En los hechos, no hay la planificación de un ejército, pero tampoco es un fenómeno en el que imperan sólo la improvisación o el situacionismo. Ahí está, por ejemplo, la cena organizada en la Plaza Italia en la noche del Año Nuevo del 2019, más tarde romantizada por una descripción donde todo el mundo es bueno y alegre y generoso, menos, por cierto, “los pacos”. O las intervenciones de DelightLab, que proyectan palabras de luces sobre los edificios aledaños. Que son los sucesos ligeros, hasta olvidables. Hay otros muy duros.
Y otros que afectan la estructura del sistema político. Por ejemplo, la subducción de la centroizquierda bajo el Frente Amplio, algunas de cuyas fuerzas hundían sus raíces en la izquierda revolucionaria de los años 60, especialmente el MIR. O, al otro lado, la descalificación de una “nueva derecha” emergente, más liberal y tolerante, que tiempo después pasará a ser descalificada como “la derechita cobarde”. O el desborde del Ejecutivo por el Congreso, que ha dejado en latencia una situación institucionalmente no resuelta entre los dos poderes del Estado.
Ortúzar señala como punto de inflexión de la crisis la noche del 12 de noviembre, cuando, con una policía exhausta y unas Fuerzas Armadas que no desean intervenir, el Presidente Piñera decide dar paso a una negociación para reformar la Constitución. Es el precio que la izquierda impone para refrenar lo que se venía perfilando como un acto de fuerza para sacarlo del gobierno. No hay una forma equilibrada de imaginar lo que habría ocurrido en este caso.
Piñera había confiado hasta entonces en que la economía se recuperaría pronto de su depresión y que habría más empleo, inversión y dinero. No percibía que eso no sólo no importaba a los manifestantes, sino que incluso les sonaría a provocación, burla, insulto. Ortúzar anota que la dificultad del gobierno para comprender lo que estaba sucediendo es uno de los callejones ciegos de esos días.
Una parte de la izquierda tampoco quería el acuerdo, aunque parecía dudar de su capacidad para extremar más las cosas. El Partido Comunista se negó a firmar el documento del acuerdo. Lo mismo el Partido Progresista de Marco Enríquez-Ominami. Los partidos Ecologista Verde y Humanista se retiraron del Frente Amplio por la misma razón, y, por último, una facción encabezada por el alcalde Jorge Sharp abandonó Convergencia Social. Pero no el Frente Amplio. “Es claro que un sector de la izquierda ya huele -y no se equivoca- que el proceso que se abre con el cambio constitucional es, en realidad, una escalera hacia el poder”, escribe Ortúzar.
De entre la literatura dedicada al estallido, Dignos tiene la peculiar virtud de iluminar sucesos y momentos que, sin la secuencia, han resultado enigmáticos o incomprensibles. También echa luces sobre el comportamiento de políticos notorios, de antes y ahora. Y descubre, por fin, un mundo invisible que siempre ha estado ahí y que, a fin de cuentas, no puede ser reducido a “un mero proceso criminal”. Una entrada, en fin, en el corazón de los hechos.
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