Opinión

El ñuñoíno de paja

Dragomir Yankovic/Aton Chile DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

Cada cierto tiempo los gobiernos traen a escena a enemigos imaginarios. Caricaturas funcionales que permiten ordenar el conflicto en términos más nítidos. Y aunque la práctica no es nueva, en el actual gobierno ha alcanzado un grado de sistematicidad que merece ser examinado.

El arquetipo de enemigo imaginario de los republicanos es el “ñuñoíno”: versión local del progresista urbano, hipersensible, moralizante y —en la caricatura— profundamente desconectado de las urgencias materiales de la mayoría. No se trata de una persona concreta, ni siquiera de un grupo sociológico delimitado. Es, más bien, un “hombre de paja”, una construcción discursiva que condensa una serie de atributos exagerados o derechamente ficticios, pero que cumple una función política precisa.

Esa función es doble. Por un lado, permite al gobierno fijar la agenda, desplazando de la escena sus propios errores. Y por otro, activa reflejos previsibles tanto en adherentes como en detractores. Las “barras bravas” oficialistas encuentran un blanco claro, casi terapéutico, mientras que la oposición reacciona con una indignación y ansiedad que—sin quererlo— valida el encuadre propuesto.

No es casual que este “ñuñoíno de paja” sea golpeado desde distintos frentes. El ministro de Hacienda ha asumido la tarea de desnudar su supuesta irresponsabilidad fiscal: el progresismo como sinónimo de despilfarro, de políticas bien intencionadas, pero financieramente inviables. Su retórica es técnica, pero no por ello menos política: instala que detrás de cada demanda social hay, en realidad, una amenaza para la estabilidad.

Desde otra vereda, el ministro de Vivienda, Iván Poduje, confronta el ethos cultural de la caricatura. Allí el conflicto es simbólico: sitios de memoria, ciclovías, protección ambiental. Cada uno de estos elementos sería la expresión de una sensibilidad “progre” que, llevada al extremo, complota contra el desarrollo. Su estilo es más provocador y va directo a tensionar las prioridades del adversario imaginado.

El tercer púgil es el propio Presidente. Pero su modo es distinto. Si sus ministros buscan el golpe franco, él opta por una incitación más elusiva, casi pasivo-agresiva. No celebra el maltrato animal, pero va al rodeo subrayando su valor como tradición. Trae una tonada de Los Quincheros, pero no lo hace reivindicando explícitamente la dictadura -de la que podría ser su banda sonora- sino que la escenifica como una ocurrencia de su señora.

Todo esto ocurre mientras, de fondo y como en una sucesión de hecho inconexos, se retira el reglamento de la Ley Cholito; se despide a la directora del SernamEG en medio de un tratamiento contra el cáncer; se cancela el último tramo de la ciclovía de la Alameda y se paraliza la expropiación de Colonia Dignidad. Todas resoluciones que, más allá de explicaciones administrativas, jurídicas o presupuestarias, no hacen sino zarandear al “progre de paja” para arrojarlo, semiaturdido, al medio de la plaza pública para que haga lo suyo. ¿O será solo una coincidencia?

Por Camilo Feres, Director de Estudios Sociales y Políticos de Azerta

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