Por Rodrigo Yáñez Empleo y seguridad económica: dos caras de la misma moneda

El desempleo en Chile volvió a empinarse sobre el 9% y, más preocupante aún, el empleo formal privado acumula meses de variaciones negativas. Detrás de cada punto porcentual hay familias, proyectos de vida y expectativas postergadas. Por eso, gremios como Sofofa han insistido en que recuperar el empleo -y hacerlo formal- es la prioridad económica y social.
La tentación es mirar el problema solo desde la política laboral. Pero el trabajo estable no nace de un decreto: nace de la inversión, y la inversión, hoy, depende de algo que hace una década dábamos por descontado: la certeza de un orden económico abierto. Por distintas razones, ese supuesto se agrietó. El Foro Económico Mundial lo describió sin eufemismos en su Future of Jobs 2026: los estados despliegan estatecraft económico a una escala no vista en la era moderna, y esa fragmentación ya determina dónde y cómo las empresas invierten y contratan: un tercio de las compañías espera que estas fuerzas transformen su modelo de negocio en los próximos años.
Frente a eso, defender la apertura no puede ser un acto de fe ingenuo. La OCDE, que proyecta un crecimiento global de apenas 2,9% este año, ha sido explícita: el desafío es compatibilizar la resiliencia de las cadenas de suministro con mercados abiertos. Seguridad económica, entonces, no es sinónimo de cerrarse, pero tampoco de mirar para el lado.
Y aquí está el punto que Chile no puede eludir: necesitamos un concepto propio de seguridad económica, anclado en nuestros intereses nacionales. Conceptos como reshoring, subsidios masivos o screening a la inversión, serán parte del escenario y debieran ser abordados según nuestra realidad: la de una economía mediana y abierta. Nuestra seguridad se debe construir identificando con honestidad dónde estamos expuestos -sea dependencia de mercados o de ciertos proveedores, vulnerabilidad de insumos críticos u otros- y actuando: diversificando socios, dando certezas regulatorias, atrayendo inversión e identificando nuestro lugar en las cadenas de valor que el mundo redefine.
Ese es, precisamente, el puente con el empleo. La Presidenta de Sofofa, Rosario Navarro, planteó una meta concreta durante la última cuenta anual del gremio: crear 500 mil empleos en tres años, elevando la inversión desde el 24% a cerca del 28% del PIB y destrabando una cartera de proyectos que hoy espera.
No hay forma de alcanzar esas cifras sin una política comercial activa e inversión -nacional y extranjera- que las sostenga. El empleo formal es, en el fondo, el resultado visible de decisiones que se toman mucho antes, incluyendo en la ecuación a la política económica internacional. Un país que se cierra, o que navega el nuevo tablero sin brújula, ahuyenta la inversión y, con ella, el empleo. La pregunta ya no es si Chile puede permitirse definir sus intereses nacionales con claridad; la pregunta es si podemos seguir postergándolo mientras el mundo redefine dónde se invierte, dónde se produce y dónde se crean los empleos del futuro.
Por Rodrigo Yáñez, secretario general de Sofofa
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