Opinión

En el largo plazo, todos estamos muertos

Qué dijo el FMI sobre la Megarreforma del gobierno DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

Hace un siglo, mientras el mundo se debatía en la tempestuosa crisis de entreguerras, los economistas tenían su propia batalla. Los liberales clásicos argüían que a largo plazo la economía se equilibraría sola, y que cualquier intervención estatal causaría más perjuicio que beneficio.

John Maynard Keynes retrucaba que, aun si ese equilibrio a largo plazo se lograra, llegaría demasiado tarde para las personas, enfrentadas aquí y ahora a la pobreza y el desempleo, y para las mismas sociedades, amenazadas por el auge de fascistas y bolcheviques.

De ahí su frase: “A largo plazo, todos estamos muertos. Los economistas se imponen una tarea demasiado fácil, demasiado inútil, si en temporadas tempestuosas sólo pueden decirnos que cuando la tormenta ha pasado el océano volverá a estar calmo”.

Keynes creía que los gobiernos sí deben intervenir para mantener el barco a flote durante la tormenta. Después de un siglo, hay ciertos consensos: si la inversión privada está deprimida, y el desempleo al alza, los gobiernos deben aliviar esa depresión con inversión pública. Al revés, cuando la inversión privada es fuerte, el gobierno puede retroceder en ese rol.

Estas políticas contracíclicas no son de izquierda ni de derecha; son aplicadas en todos los países capitalistas por gobiernos de todos los signos políticos. Son algo así como un botiquín de primeros auxilios de uso universal… excepto para algunos fanáticos.

El más famoso de ellos habita en la Casa Rosada y, entre su repertorio de brotes sicóticos y delirios místicos, tiene un lugar especial para Keynes, a quien define como “un genio del mal y brazo ejecutor de lo siniestro”.

El inquilino de Teatinos 120 no repite esos insultos, pero también admira la ortodoxia ideológica de los Chicago Boys, esa que cree que el mercado se regula solo (tal vez por eso no ve colusiones ni en los carteles más descarados) y que la economía se equilibra por sí misma.

(Aunque si se trata de defender intereses particulares, todo vale. De hecho, en 2011, cuando representaba a las grandes pesqueras que querían bloquear la licitación de las cuotas de pesca, Quiroz citó la célebre frase de Keynes para advertir del posible efecto, en el corto plazo, de esa licitación en el empleo).

Al gobierno, en cambio, llegó con la receta de los Chicago Boys: basta con bajar impuestos, reducir gasto público, eliminar regulaciones y sentarse a mirar cómo la levadura neoliberal hace su trabajo inflando la inversión, el crecimiento y el empleo.

Así lo hizo: anunció un ajuste fiscal de seis mil millones de dólares, bajó miles de millones de dólares en impuestos, instruyó cortes en inversión pública, desde la plata para los hospitales hasta la abrupta paralización de obras públicas como el GAM, y se sentó frente al horno.

Seis meses después, los resultados son desastrosos.

La situación de empleo es, por mucho, la peor desde la pandemia. El desempleo está a punto de alcanzar a un millón de chilenos y, por primera vez desde el Covid, se están destruyendo empleos netos.

En crecimiento, aun peor. Cuando Kast fue elegido, el Banco Central proyectaba 2,5% de crecimiento para 2026. Ya vamos en el 0,5%. Hace un mes, Quiroz celebró un único mes positivo como el “punto de inflexión” de la economía. Ahora, cambia de discurso, y nos pide mirar la realidad “con telescopio, no con microscopio”.

Como si las urgencias del desempleo pudieran medirse en años luz.

Lo increíble del caso es que el candidato Kast gritó a los cuatro vientos que asumía una “emergencia” tan urgente en crecimiento y empleo, que ella y la de seguridad serían los únicos focos del gobierno.

Pero ante esta emergencia, puso todas sus fichas en una reforma de largo plazo. No hizo nada que tuviera efectos inmediatos. Peor: tomó medidas contraproducentes en el corto plazo.

Recortó 1.400 millones de dólares de gasto público, la mayoría de él en Salud, Vivienda, Educación y Trabajo. Desactivó el mecanismo de estabilización de los combustibles, provocando el “bencinazo”, y liquidó la confianza pública con frases como el “Estado en quiebra”.

Las advertencias sobre el desastre que iban a provocar llegaron de todos lados, pero fueron desestimadas con soberbia. En octubre pasado, el exministro Nicolás Eyzaguirre advertía que el corte del gasto fiscal “no tiene pies ni cabeza” y que “va a producir una recesión”. Si a eso se le suma el bencinazo, con su devastador efecto sobre el consumo y la inflación (lo que, a su vez, impide al Banco Central bajar la tasa de interés, otra medida contracíclica clásica), la receta está completa.

Economistas, políticos y empresarios, muchos de ellos de derecha, llevan meses advirtiendo que hay que tomar medidas inmediatas. “Todo lo que sea intensivo en mano de obra, que es inversión pública y privada, hay que acelerarlo al máximo”, dice el exministro Ignacio Briones. “El gobierno tendría que haber llegado con un plan para recuperar el empleo”, complementa el expresidente del gran empresariado, Ricardo Mewes.

En resumen, el gobierno denunció una grave emergencia, con un paciente que se desangraba, y cuando le tocó atenderlo, dejó guardado el botiquín de urgencia y aplicó “remedios” (cortes de inversión pública, shock de precio de las bencinas) que solo profundizan la hemorragia.

Seis meses después, con el paciente ya anémico y en la UTI, Kast y Quiroz al fin anuncian que abrirán el botiquín keynesiano. Están estudiando, nos dicen ahora, un “plan de emergencia laboral” con medidas de corto plazo.

Quiroz dice que va a “ajustar la táctica” y “acelerar responsablemente la inversión pública y otras medidas de alto impacto sobre el empleo”

Ahora. En septiembre. Seis meses después de asumir como “gobierno de emergencia” contra el desempleo.

Es más: el gobierno anuncia que “está trabajando en una fórmula” para reiniciar las obras del GAM, paralizadas en marzo. “El GAM no va a quedar botado” afirman ahora, seis meses después de haberlo dejado botado, y de haber botado además $6.274 millones por cancelar el contrato en curso.

También el Presupuesto 2027, adelantan, priorizará el gasto público proempleo. El Presupuesto crecerá entre 0% y 1%, dicen. ¿Y qué fue de los seis mil millones de dólares que se iban a cortar, en “parásitos” y despilfarros, sin afectar el gasto social?

¿Acaso esa también era una metáfora, tal como la “emergencia” del empleo?

“Todo va a estar bien” repite una y otra vez el presidente Kast. “… en el largo plazo”, podría completar Keynes.

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