Por Rafael SousaEvópoli

El Servel ordenó la disolución de 13 partidos por no alcanzar los umbrales mínimos de representación parlamentaria o votación. Entre estos hay partidos de derecha, centro e izquierda, nuevos y antiguos. Pero el caso de Evópoli, que apelará a la resolución, merece un análisis particular por lo que representa un proyecto liberal en tiempos que muchos califican como iliberales.
Lo primero es preguntarse si en Chile este proyecto tiene espacio. La historia reciente es ambigua al respecto. Los gobiernos que van desde Aylwin hasta Piñera I tuvieron mucho de liberales, aunque más en su resultado que en su identidad. Las concesiones de la centroizquierda en materia económica y de la centroderecha en cuestiones sociales se tradujeron en algo no muy distinto de lo que cualquier liberal desearía. Así, idea de integrar los aspectos liberales que se repartían entre las coaliciones dominantes de entonces, llevaron a la formación de una variada oferta de liberalismos en torno a 2015, incluyendo a los disueltos Amplitud y Ciudadanos, al Partido Liberal como propuesta social liberal, y ciertamente a Evópoli. Pero pese a que estos proyectos parecían acordes a los tiempos, ninguno logró un gran éxito electoral y, en el mejor de los casos, han complementado otras propuestas políticas dominantes. Esto no significa que hayan sido irrelevantes. Evópoli, ha aportado buenos parlamentarios, responsabilidad, ministros que han destacado en momentos cruciales como la crisis de 2019 y han ofrecido ideas con densidad intelectual. Pero nada de eso tiene premio si no rompe algún esquema.
El problema de Evópoli no han sido sus ideas, sino cómo ha administrado su identidad. La ha sacrificado mimetizándose con otras fuerzas políticas y la ha rigidizado al restringir su comunicación a un “estilo liberal”, destilando cierto desprecio por formas a las que apelan sectores cuyas ideas son menos sofisticadas, pero más digeribles para la amplia audiencia que generó el voto obligatorio. Quizás han confiado demasiado en que las buenas ideas gozan de inmunidad, inclinándolos hacia una comunicación más programática que política. Su gestión política, tendiente a armonizar, ha sido virtuosa para el sistema, pero autodestructiva. Han protagonizado acuerdos que terminan con el timbre de otros y han pagado el costo de la impopularidad por mantener sus convicciones, como pasó con su oposición a los “retiros”, sin que la razón que les dio el tiempo derive en beneficio alguno.
Evópoli le hace bien a la política chilena y, más allá del resultado de su apelación, sería una buena noticia que persista un proyecto liberal. Pero esta vez, su sentido republicano necesitará encarnar una alternativa que la ciudadanía pueda distinguir como cambio, anclada en formas que permitan generar un impacto en la política actual. Como advirtió Maquiavelo hace siglos, quien abandona la realidad efectiva por ideales, aprende antes su ruina que su preservación.
Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.
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