Hoja en blanco



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

¿Cómo es esto de que no se puede partir de cero en procesos constituyentes? Hay hoja en blanco toda vez que se pretende un giro transformador in toto, no puramente reformista. Operación, si es bien manejada, bastante simple. El abate Sieyès, un sofista de alto nivel, lo logra dando vuelta los términos con que entra a discutir. El monarca convoca los Estados Generales y Sieyès publica su influyente panfleto en torno a la pregunta ¿Qué es el Tercer Estado? (1789). A la que, sorprendentemente, responde: “Todo”, cuando se creía lo contrario. En efecto -sigue preguntándose-, “¿qué representa actualmente en el orden político? Nada” (los otros dos estados, la nobleza y el clero se imponían por votos y tradición). “¿Qué pide? Llegar a ser algo”, es decir, “Todo”. Y, de ese modo, con volteretas silogísticas que aparentan ser lógicas, articula su teoría del poder constituyente, hoy más viva que nunca.

Sigamos el juego. ¿Qué es el 18-O? Un estallido, Big Bang o fuerte conmoción, aunque nada en sí mismo, a lo sumo potencia existencial virginal. ¿Qué pide? Respuesta: Llegar a ser algo. Y, vamos viendo cómo, más temprano que tarde, toda esa nada se traduce, asistida, en el 15-N y en el 25-O, hasta que el Verbo termine por hacerse carne (así se escribe la Historia, les gusta decir). Abate tenía que ser, ocurriéndosele semejante “teología”; acólitos, a su vez, sus fieles seguidores que siguen intentando volverla liturgia política.

Vea usted, entran a jugar los mismos componentes: la voluntad general unívoca, la fuerza y reserva supuestamente impoluta del Pueblo detrás, convertida en soberana, sin reconocer límite alguno (ninguna norma jurídica de por medio), pudiendo desecharse a sí misma eventualmente (la donna é mobile); o para ponerlo en los términos inmejorables con que Giorgio Agamben lo explica: “Yo, el soberano, que estoy fuera de la ley, declaro que no hay afuera de la ley”. Saint-Just, el “Arcángel del Terror”, minutos antes de ser guillotinado junto a su socio Robespierre, apunta a la Constitución de 1793, de la cual era su condenado autor. ¡Qué ironía! Cuando estamos ante escenarios así, todo es posible, nada es sagrado, qué cuento con la tradición y sabiduría acumuladas. En el fondo, hágase la idea, el borrón y cuenta nueva puede perfectamente imponerse, y si no le gusta, peor para usted.

Cuesta, por lo mismo, entender que se desechen alternativas menos maximalistas. Con mayor razón sucediéndose en nuestra historia repetidas veces el fenómeno mandón: en 1833 tras una guerra civil, en 1925, el general Navarrete arrogándose la representatividad del Pueblo, y en 1980, de nuevo los militares haciendo suya la titularidad de la Nación. Que ahora reincidamos, es como para darnos un premio, un bien merecido “Huevo de Oro”, al puro estilo del “Puro Chile” de la época de la UP.

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