La Culpa

Esta fue la semana negra del Frente Amplio. Parece que en apenas unos meses hubieran pasado de jóvenes promesas a viejos cracks. De una vanguardia irresistible a punto de reemplazar a la centroizquierda tradicional, a ser un grupo prematuramente envejecido por el fango de la minucia politiquera.
Ni tanto ni tan poco. Es cierto que el Frente Amplio tuvo una irrupción impresionante cuando, en apenas unos meses, se convirtió en la tercera fuerza electoral, rasguñó el paso a la segunda vuelta y eligió 21 parlamentarios.
Y también es cierto que su desembarco en el Congreso ha sido pobre. Decía Oscar Wilde que no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión, y el FA ya desperdició esa opción.
Los diagnósticos hablan de caudillismos, de inmadurez, de falta de "orgánica". Pero el problema de fondo no es ese. Ni siquiera es que la condena a todo evento de las violaciones a los derechos humanos sea una división de principios irremontable. La Concertación tuvo una fractura mucho peor con el caso Honecker, que tocaba directamente lealtades, bolsillos e historias personales de decés y socialistas, y no se rompió por eso.
El verdadero drama del Frente Amplio es su incapacidad para pasar del testimonio al ejercicio real del poder. Precisamente la técnica que decés y socialistas dominaron con maestría (y una sobredosis de cinismo, claro) en la transición.
El archipiélago frenteamplista se formó desde la sospecha del poder. Desde el rechazo a su ejercicio. Entre los liberales de Vlado Mirosevic e Igualdad, el ex partido de Roxana Miranda, cuesta encontrar otro pegamento más que la condena a la forma de hacer política de las fuerzas tradicionales.
Ese rechazo funcionó como elemento unificador hasta que se volvieron parte de ese mismo poder. Y el Frente Amplio ha sido incapaz de pasar la página. Hoy ellos son poder, pero se comportan como si no lo fueran. Tienen poder, y sin embargo se resisten a usarlo. Es más, se sabotean a sí mismos en su ejercicio.
Freud hablaba del "masoquismo moral": la pulsión de ciertos individuos que sufren tal sentimiento de culpa, que inconscientemente buscan tropezar con "el sufrimiento y la desdicha" para aliviar su remordimiento.
Parece exactamente eso lo que el ejercicio del poder desde la institucionalidad provoca en ciertos grupos frenteamplistas: un remordimiento tal por ser parte de ese mundo sucio de intrigas y componendas, que solo puede aliviarse por medio del sabotaje a sí mismos.
El mejor ejemplo son las acusaciones constitucionales contra el ministro de Salud y el fiscal nacional. Ambas son testimonios fútiles que no logran objetivo político alguno: dividen a sus propias fuerzas, unifican a las contrarias, y están destinadas al fracaso.
Gastan así su capital político en proyectos inútiles, que les permiten aliviar sus conciencias y recibir el aplauso de un puñado de incondicionales, cuando necesitan todo lo contrario: conectar con el sentido común de la ciudadanía, demostrar seriedad, capacidad de generar mayorías y gobernabilidad. Y para eso hay que superar la culpa, abandonar el masoquismo moral y romper con la autocomplacencia de la tribu.
El debate por los derechos humanos en Venezuela es en verdad apenas un sucedáneo para esta definición. Romper clara y categóricamente con el régimen de Maduro no solo es un asunto de consecuencia democrática; es antes que nada una necesidad estratégica para cualquier candidato y cualquier coalición que pretenda competir en serio en unas elecciones presidenciales.
Por eso la definición del Frente Amplio es urgente. Porque hay un separador de aguas que tarde o temprano los fracturará. Y no es Venezuela. Es el dilema entre ser una fuerza culposa dedicada al testimonio y a la utopía, o un proyecto político que juega en serio el juego del poder.
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