La fragilidad humana y el Covid-19

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No deja de ser sorprendente ver en los medios de comunicación y las RRSS cómo el hombre se encuentra literalmente acorralado en todas las latitudes del mundo por un ser microscópico, imperceptible a simple vista. Número de contagiados en permanente ascenso, miles de muertos, centenares de millones de personas encerradas en sus casas, sistemas de salud pública colapsadas, ciudades cerradas, calles de grandes urbes vacías, oficinas fantasmas. La vida normal se ha tornado cuasi imposible, la economía se deteriora con el paso de las horas, las bolsas caen estrepitosamente, universidades y escuelas intentan contra el tiempo suplir las clases presenciales por otras virtuales, etc.

Todo este cuadro, amplificado por la incerteza sobre cuándo terminará la pesadilla y se podrá regresar a una cotidianeidad con atisbos de tranquilidad. Este escenario calamitoso posee, sin embargo, un contrapunto beneficioso. La pandemia de Covid-19 que está padeciendo gran parte del orbe, junto con su secuela de males, posibilita también excepcionales bondades. Una de ellas es que permite al ser humano, a partir de esta experiencia, volver a reflexionar sobre su esencial nimiedad.

Efectivamente, el hombre contemporáneo ha sido bombardeado por ideas y tendencias ideológicas que sobreexaltan el valor de su individualidad, que proclaman la autonomía de su voluntad, que lo atiborran de derechos al tiempo que lo descargan de deberes, que le hablan de sus capacidades pseudoinfinitas, que lo convencen de que la humanidad se encuentra determinada a seguir una inevitable ruta de progreso indefinido, que lo inducen a adormecer su conciencia frente al dolor y lo invitan por doquier a subir hasta el altar del éxito y el placer, poseyendo estos carácter externo, material, comparativo y mundano. Y, de pronto, abruptamente, mientras camina a tientas en la búsqueda de defensas imperfectas ante el arrollador avance del nuevo virus, cae en la cuenta de que se encuentra a su merced. En tanto el ser humano trabaja afanosamente por encontrar el antídoto eficaz y procura paliar los daños, se abre la oportunidad para que se haga cargo de su intrínseca poquedad, de la fragilidad que le es consubstancial y de su naturaleza siempre indigente.

Qué gran bien podría traer el coronavirus al hombre si tan solo éste lograra reparar en su radical pequeñez, dejando por un momento de pensar en sus indudables potencialidades. Reconocer su condición menesterosa le ayudaría a mirarse con mayor humildad y, consiguientemente, a revalorar la cooperación, la colaboración y la solidaridad, a aquilatar la necesidad de fortalecer la comunidad con otros, la armonía, el orden y la paz. Y, ¿por qué no?, a redescubrir su condición de creatura, de ser abierto a la trascendencia, que no puede alcanzar su plenitud si, como ocurre, declara la inexistencia o ausencia práctica de Dios en su vida personal y social.

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