Por Gonzalo RestiniLa medida de nuestro fracaso

Crecimiento + Responsabilidad fiscal, that is the question
Mientras me lamentaba por la pobreza de la discusión de la megarreforma, hice un descubrimiento inesperado: somos campeones mundiales en deterioro económico de la sacrosanta Ocde.
Sucedió casi por casualidad. Así va la historia. Como todos sabemos, pasamos a comienzos de la década del 2010 de “optimistas-acreedores netos creciendo al 5%”, al estado actual de “endeudados-estancados-sin ponernos de acuerdo cómo salir”. ¿Cómo pudo haber pasado una cosa tan dramática?
Incluso en estos tiempos afiebrados hay acuerdo transversal en que crecimiento + responsabilidad fiscal es un objetivo país deseable (la recaudación no es un objetivo en sí misma, no se enreden ni por un minuto). Algunos privilegiarán el crecimiento, otros (sobre todo en estos días), el equilibrio fiscal. Para hacerlo simple, decidí sumarlos. La fórmula entonces quedó así:
Índice de crecimiento responsable = crecimiento PIB + balance fiscal efectivo
Si hay superávit, el balance fiscal suma, si hay déficit, resta. Entonces, en 2025, un crecimiento de 2,3% se suma a un déficit efectivo de 2,8%. Resultado: −0,5%. Si usáramos el déficit estructural, sería aún peor: −1,3%.
Mi intuición era que en 2014 se había producido nuestro quiebre. Fui a chequearlo. Desde 1995 —año desde el que se pueden medir consistentemente los 38 países de la actual Ocde— hasta 2013, nuestro índice, bauticémoslo ICR, fue fenomenal. Crecimiento promedio: 4,56% anual. Balance fiscal efectivo: +1,38% del PIB (superávit). ICR 1995-2013: +5,92%.
Mi curiosidad aumentaba. “¿Y qué pasa si lo comparamos con la Ocde?”, pensé. “Deberíamos andar bien hasta el 2013”. Pues bien, en esos casi 20 años, el ICR de Chile fue el segundo mejor de la Ocde, sólo detrás de Noruega. Sobre Corea, Luxemburgo y Australia. ¡Una máquina!
Pero llegó el 2014 y había que quejarse por algo. Que los promedios eran un espejismo, que había mucha desigualdad, que los derechos sociales eran urgentes. Y se optó por el fatal atajo: cambiar el modelo. Arenas & Co. fueron por lo suyo. Sin tener tan claro para qué —y esa fue, quizás, la madre de todos los problemas: no había proyecto claro en qué gastar— subieron los impuestos corporativos (mientras el mundo los bajaba), destruyeron la integración, inventaron tributos en todos los rincones. A eso sumaron capas y capas de regulaciones y costos.
Los aguafiestas, entre los que me cuento, dijimos que era un error. “Cuentos del cuco”, respondieron a coro. “Defensa de los ricos, los poderosos de siempre”. Nada iba a pasar. Luego de unos meses volveríamos a crecer al 5% y el Estado recaudaría 3% del PIB para compensar el aumento de gasto. Pues no pasó ni lo uno ni lo otro. Ocurrió lo imposible: nos fuimos a pique.
Nuestro índice muestra la medida del fracaso. Desde 2014 en adelante el crecimiento promedio anual pasó a 2,06% y el balance fiscal a −2,95% del PIB. Un mazazo: el ICR rompió el piso: −0,89%. Un porrazo de 6,81 puntos. De un país que crecía y ahorraba, pasamos a uno que crecía poco y se endeudaba harto.
Quizás fue el Covid, pensé. Entonces lo comparé con la Ocde. Así descubrí, en shock, nuestro triste récord: los 6,81 puntos significan que de 2014 en adelante Chile fue, con distancia, el país donde el ICR cayó más. Finlandia (que perdió Nokia y la industria electrónica) fue segundo en el podio del fracaso. El cuco no sólo llegó. Nos clavó los dientes en la yugular.
En términos relativos, nuestro ICR pasó del 2º mejor de la Ocde al puesto 24. Un piquero de 22 lugares, el mayor retroceso de los 38 países. Y mientras nosotros nos hundíamos, países que estaban muy por debajo mejoraron: Portugal subió 18 lugares, Irlanda (con su estrategia de impuestos bajos que ha sido un hit), 16, Grecia, 13. Partieron peor, bajo las mismas condiciones globales, eligieron disciplina y escalaron.
Detengámonos un segundo en la magnitud de este problema. Aunque el índice sea simple y tenga limitaciones. No es que la estrategia de 2014 “no dio los frutos esperados”. No es que “podríamos haberlo hecho mejor”. No es que fue la caída del cobre el 2014 (que hace rato se recuperó). Es mucho más grave: medido así, con esta simpleza y esta pureza, fue el peor experimento de política económica de la Ocde en los últimos 12 años. Un caso de estudio de cómo arruinar la marcha al desarrollo, desfinanciando de paso las finanzas públicas. Y no fracasó por mala suerte. Fracasó porque estaba mal concebida desde el origen. El diagnóstico era equivocado. Lo advertimos en 2014. Y desgraciadamente, le apuntamos.
Pero lo peor —y acá está la prueba de nuestra incapacidad de aprender— es que los mismos que diseñaron y defendieron el modelo que nos hundió, son hoy los que bloquean el intento de revertirlo. No dejan avanzar, a pesar de la magnitud del daño, escudados en la defensa del equilibrio fiscal (qué ironía), diciendo que es una reforma para los ricos. Mismo error, mismos autores. Como si nada hubiera pasado. Como si los datos no existieran.
Hay que exorcizar al cuco. No va a ser fácil. Será resistido —sobre todo por quienes hicieron el daño y aún no asumen el costo. El cuco la peleará. Con los mismos argumentos de 2014, ignorando los datos de 2025.
Pero si no reaccionamos, con lealtad intelectual, con el país como objetivo, con grandeza, la oportunidad pasará. Y, creo, no volverá. Si la clase política —otra víctima del annus horribilis del 2014— no está a la altura, nos condenará a la mediocridad endémica de las naciones latinoamericanas. Es ahora o nunca. Last chance.
Fuentes: IMF World Economic Outlook Database, Octubre 2025; Banco Central de Chile y Dirección de Presupuestos para datos efectivos 2025. Planilla con cálculos, gentileza de Claude, a disposición de quien la solicite.
Por Gonzalo Restini, Emprendedor y panelista de Información Privilegiada de radio Duna.
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