Por María José NaudonLa Odisea, otra vez

No deja de ser significativo que La Odisea vuelva a despertar tanto entusiasmo. En una época fascinada por la inteligencia artificial y por la promesa de dominar cada dimensión de la vida, una obra del siglo VIII A.C. vuelve a cautivarnos. Ese renovado interés hace visible algo que, por evidente, solemos olvidar: sabemos cada vez más sobre ciencia, tecnología o datos, pero, cuando se trata del amor, el dolor, la soledad o el poder, los clásicos siguen siendo extraordinariamente contemporáneos.
El poema épico comienza invocando a la Musa para que cuente la historia de un hombre ingenioso que, tras la guerra de Troya, padeció largamente intentando salvar su vida y devolver a los suyos a casa. No es un héroe invulnerable: se extravía, se equivoca, pierde, busca. Esas características hacen de La Odisea una obra existencial y, por lo mismo, política.
Conviene tomar en serio ese adjetivo. Si el relato es político no lo es por sus reyes ni por sus guerras, sino porque el destino de un hombre plantea preguntas que ninguna comunidad puede eludir.
En Ítaca la historia se abre bajo un vacío de poder. Ulises lleva veinte años fuera y nadie sabe si vive o si volverá. En su ausencia, los pretendientes de Penélope han ocupado el palacio: consumen sus rebaños, beben su vino, dilapidan el reino. La escena conserva una fuerza política evidente. Cuando la autoridad desaparece o pierde legitimidad, el poder no queda simplemente suspendido: es ocupado por quienes convierten los bienes comunes en ventaja propia. Lo que Homero describe no es un colapso repentino, sino un deterioro lento. En Ítaca, al igual que en muchas democracias actuales, el orden institucional se corroe de a poco, entre banquetes y transgresiones que terminan por convertirse en costumbre.
En esa crisis aparece Telémaco. Al principio es un joven inseguro, atrapado entre la memoria de un padre ausente y la arrogancia de quienes invadieron su casa. Su viaje es un aprendizaje político: no cambia porque envejezca, sino porque abandona la pasividad y comprende que también él debe hacerse cargo. Ninguna comunidad se sostiene por el mérito de quienes la fundaron; necesita formar a quienes habrán de recibirla, protegerla y, llegado el caso, transformarla.
El poema registra, además, un desplazamiento cultural decisivo: pone la inteligencia donde antes reinaba la fuerza. Ulises no vence por ser el más poderoso, sino porque aprendió a observar, a adaptarse, a ser astuto cuando hace falta y a reconocer el momento oportuno. La política, ayer y siempre, exige leer el escenario y aprender de la experiencia: no toda fuerza consiste en imponerse, ni toda inteligencia en actuar primero.
Queda un último hilo. Ulises retorna a Ítaca después de veinte años, pero ni él ni la isla son ya los mismos. Su nostalgia no es restaurativa: no busca borrar lo ocurrido ni reconstruir intacto el pasado, sino reconocer los cambios, discernir cuáles deben ser aceptados y recuperar aquello que todavía merece ser preservado. También las sociedades necesitan relacionarse con su historia de ese modo: sin quedar prisioneras de ella, pero sin renunciar a los vínculos, valores y memorias que les permiten reconocerse. El desafío político no es elegir entre conservarlo todo o comenzar de nuevo, sino distinguir qué debe cambiar y qué vale la pena transmitir.
Por María José Naudon, abogada.
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