Opinión

Marx se equivocó de Isla

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La crítica central a la Mega-Reforma del Ministro Quiroz —que favorecerá a los ricos en desmedro de los pobres— lleva bajo la piel una de las ideas matrices de Marx: la “pauperización”. La palabra es fea y poco conocida, pero el concepto no. El capitalismo engendra las semillas de su propia destrucción: los ricos, que viven del capital, serán cada vez más ricos a costa de la explotación de los que viven del trabajo, que se harán, a su vez, progresivamente más pobres.

Marx llegó a esa conclusión reflexionando sobre las penosas condiciones de vida de los trabajadores en las fábricas de la isla británica, especialmente en Manchester, materia prima fundamental para escribir El Capital en 1867.

A menos de 5.500 kilómetros de distancia, sin embargo, ocurría un fenómeno sin precedentes que debería haber llamado la atención de Marx, pero no reparó en él, a pesar de ser un buen conocedor de la marcha de los Estados Unidos: era corresponsal del New York Daily Tribune. El epicentro de los acontecimientos era otra isla, en ese entonces mucho más pobre, pero destinada a la grandeza: Manhattan.

Nueva York no sólo tenía un extraordinario puerto. El Hudson era su real ventaja competitiva. El enorme río era navegable unas 200 millas hacia el norte, lo que le permitía a la ciudad conectarse con el interior del continente, generando gran prosperidad. Pero las cosas realmente explotaron cuando el visionario DeWitt Clinton empujó obsesivamente una idea descabellada: conectar el Hudson con los grandes lagos del Midwest vía un canal artificial de casi 600 kilómetros de largo. Logró transformar su locura en realidad y cambió la historia del mundo. El Canal de Erie, inaugurado en 1825, fue una supercarretera que desató una máquina de creatividad humana. En Nueva York o orbitando alrededor de ella surgieron empresarios gigantescos que desarrollaron desde cero, y sin fortunas previas, industrias completas: las finanzas, los buques a vapor, los ferrocarriles, la siderurgia y el petróleo. Nombres como Astor, Vanderbilt, Carnegie, JP Morgan y Rockefeller, cada uno de los cuales llegó a controlar cerca del 1% del PIB americano de su época.

El ascenso de estos titanes —no exentos de polémica— significó, a diferencia de la anunciada pauperización, el ascenso exponencial de la clase trabajadora, que accedió a niveles crecientes de ingresos, salud, educación y bienestar. Nuevos empresarios crearon nuevas compañías e industrias, dieron más trabajo y oportunidades. Así “America” se transformó en la gran promesa de aventura y prosperidad para los jóvenes de todo el mundo.

Lo que ocurrió desde entonces fue una pauperización a la menos uno. El ciudadano promedio norteamericano tiene hoy un nivel de ingresos reales unas 30 veces superior al de la era preindustrial. La pauperización absoluta no se ha verificado en economías abiertas que acumulan capital. Irónicamente, donde aparece con más nitidez es en experimentos socialistas reales o en economías estatistas que destruyen los incentivos: Venezuela, en el colapso de la URSS y en otra isla, Cuba, que ayer anunció medidas pro mercado para enmendar el rumbo.

Recientemente fuimos testigos de un ejemplo extremo de cómo trabajo y capital colaboran. Elon Musk, que empujó SpaceX con la misma obsesión que DeWitt Clinton empujó el Canal de Erie, se convirtió en el hombre más rico de la historia. Pero su IPO creó además más de 4.400 millonarios entre su equipo actual y pasado —no solo ejecutivos, sino personal de taller, maquinistas y técnicos. Juan Hernández entró a SpaceX en 2015 ganando 28 dólares la hora. Sus acciones valen hoy cerca de USD 1,25 millones. Eso no es pauperización. Es exactamente lo contrario. Y esos 4.400 nuevos millonarios invertirán en nuevos emprendimientos, crearán nuevas empresas, contratarán nuevos equipos. El efecto multiplicador.

El mecanismo que Marx no vio —y que los críticos de Quiroz parecen no querer ver. A los trabajadores no les puede ir bien si a la empresa le va mal. Un emprendedor solo no puede ser exitoso sin equipos que compensar en forma justa y competitiva. Capital y trabajo progresan juntos. Los inversionistas destinan capital en la medida en que tengan la esperanza —no la seguridad— de retornos que compensen el riesgo que asumen. Bajar la tasa de impuestos corporativos es una manera razonable de reducir la tasa de retorno exigida al capital. Aumenta la inversión, los proyectos, el empleo, mejoran los salarios y la recaudación. Crecemos. Y eventualmente, el déficit se cierra. ¿Una apuesta? Como toda política pública. Pero fue justamente la estrategia contraria —implementada desde 2014 por los hoy adalides del equilibrio fiscal— la que nos trajo a este lugar. De tres décadas de crecimiento y ahorro a doce años de estancamiento y deuda.

Marx se equivocó de isla. Nosotros de estrategia. Y es hora de enmendar.

*El autor de la columna es emprendedor y panelista de Información Privilegiada de radio Duna

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