Por Alfredo Jocelyn-Holt¿Ni el fuiste nos queda?

Hace rato que preocupa el borde costero de Viña del Mar; sin embargo, la situación degenera y a las autoridades no les parece importar. En los últimos festejos de Año Nuevo y en días siguientes en Avenida Perú, el deterioro alcanzado llegó a ser insólito. El lugar se tornó irreconocible. Sí, hasta el mar no se veía debido a una feria ambulante autorizada (la calle estaba cerrada), con toldos beduinos instalados en serie, vendiendo ropa barata y chucherías, acompañados de batucadas y chinchineros a todo dar. Lo que es “artículos eléctricos, repuestos para celulares, fritangas y todo tipo de bebidas alcohólicas” se consiguen en el Muelle Vergara, según carta reciente al director de un medio capitalino. Todo ello, valga la paradoja, emporcando la vida y propiedad de residentes de edificios alguna vez considerados lujosos. Su envidiable ubicación, sus magníficas vistas y el diseño de algunos de los mejores arquitectos de América Latina en su momento, hoy convertidos en una degradación no menos espectacular, versión patética.
Cuestión que se conoce de sobra, tanto por autoridades locales y nacionales, políticas, medios y público informado. Lo que pasa en Viña es análogo a lo que viene sucediendo con el casco antiguo de Santiago, o bien a lo que ha vuelto vergonzosa la calidad de Patrimonio de la Humanidad otorgada por la Unesco a la vecina Valparaíso, un honor que, por lo visto, no se merece. Tiene, incluso, en jaque a cada una de las instituciones que, históricamente, han hecho de Chile un país relativamente respetable si uno les extiende la analogía hasta, al menos, cuando algo envileció el ambiente sin remedio. El odio inducido entre clases elimina todo criterio universal compartido.
No puede uno, por tanto, hacerse el desentendido ante degeneraciones tan evidentes. Tarde o temprano, hay que bajar de “la cota mil”, cruzar Baquedano rumbo al poniente y entrar a las ocho manzanas, aunque se viva la experiencia como turismo de aventura o safari. Es más, a quienes encuentran espectacular tener al frente el extenso mar que baña este “territorio”, no les puede no resultar agraviante que una serie de toldos, impuestos por mafias a fin de vender mugres, tapen el oleaje en una avenida céntrica, muy pública, como la de Perú en Viña del Mar. Si sucede allí, puede ocurrir lo mismo en cualquier lugar estimado intocable o exclusivo en este país, empezando por el frente de su casa, a la que, con toda razón, se desea proteger. Es decir, escapatoria no hay. Pregúntenle a un exiliado cubano, a un argentino o venezolano. Encare a cualquiera de este continente -incluidos los EE.UU.- con estas inquietudes y vea qué responden. El mismo tipo de preguntas tuvieron que hacerse los europeos en 1939 y 1945 a raíz de facciosos fascistas y comunistas, y costó dos guerras: una caliente, otra fría.
Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador
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