Por Gabriel ZaliasnikNocturno de La Moneda

En las últimas horas del día, cuando la luz se apaga y solo quedan largas sombras sobre los patios de La Moneda, el gobierno saliente parece ensayar su propio nocturno. Como en la novela de Roberto Bolaño, el relato es una confesión involuntaria: no lo que se quiso ser, sino lo que finalmente quedó.
Se prometió responsabilidad fiscal, pero la Dipres informa que el déficit estructural de 2025 alcanzó un -3,6% del PIB, más del triple de la meta comprometida meses antes. Nunca una administración erró de tal manera su propia regla fiscal. El problema no es solo técnico, sino también político. Cuando el discurso se construye sobre la base de una supuesta superioridad moral y responsabilidad generacional, la inconsistencia pesa el doble.
Se habló de derechos humanos universales, pero en política exterior se relativizó la dictadura cubana, describiendo su crisis como mero desastre humanitario, eludiendo el debate sobre seis décadas de dictadura. Frente al despeñadero de las ilusiones, la ambigüedad fue diplomacia con un lenguaje que suaviza lo que la realidad endurece.
Se prometió terminar con el amiguismo, pero los casos de designaciones cuestionadas y leyes de amarre en los estertores del mandato evocan prácticas que decían venir a erradicar.
Se anunció una reconstrucción ejemplar tras el megaincendio de Viña del Mar. Sin embargo, las denuncias sobre millonarias adjudicaciones directas a empresas sin experiencia ni estructura suficiente alimentan la sospecha de desprolijidad, cuando no derechamente de delitos. La confianza pública, una vez dañada, no distingue matices.
Se habló de reparación justa a víctimas del estallido, pero los cuestionamientos sobre pensiones mal otorgadas reabrieron la herida entre justicia y oportunismo. Lo que comenzó con polémicos indultos, siguió con escándalos administrativos y terminó en controversias fiscales y contractuales, dejando la sensación de una promesa moral que se desdibujó durante el ejercicio del poder.
En Nocturno de Chile, el sacerdote Urrutia Lacroix justifica cada silencio como prudencia y cada omisión como necesidad histórica. Aquí también abundaron las coartadas: juventud, inexperiencia, aprendizaje en marcha. Sin embargo, el poder nunca es inocente. Gobernar implica responsabilidad sobre cada peso fiscal, cada señal internacional y cada designación.
Tal vez este sea también el nocturno de La Moneda. Los números no escuchan discursos ni la ciudadanía atemorizada por la delincuencia se calma con explicaciones “del laberinto de los sueños, ese campo de Marte donde se esconde el joven envejecido”. La historia no juzga discursos, juzga resultados. Si algo ha de quedar escrito en piedra, no será la épica del recambio generacional ni la falsa superioridad moral, sino la advertencia de que la política no se transforma con consignas, sino con disciplina, prudencia y responsabilidad.
La noche avanza y el nocturno, inevitablemente, ya está escrito.
Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Fac. de Derecho, Universidad de Chile
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