Opinión

Razones para estar optimistas

Hay razones para estar optimistas. A pesar de los desaguisados de los últimos días, el presidente Kast llega en buen pie a La Moneda gracias al apoyo masivo que le dieron los chilenos en la segunda vuelta de diciembre, cansados de un gobierno indolente y técnicamente deficiente. El deterioro de la izquierda es de larga data, pero se hizo más evidente en los últimos años. Y no solo por errores de gestión, sino por el agotamiento de una generación que prometió refundación y terminó administrando errores infantiles.

Kast se dio tempranamente cuenta de que la elección se jugaba en la seguridad pública y el crecimiento económico. De ahí el “gobierno de emergencia”, una idea que nació como táctica publicitaria pero que pronto se convirtió en estrategia política. La propuesta conectó con una ciudadanía dispuesta a otorgar el beneficio de la duda en otras áreas igualmente importantes que, al menos hasta ahora, no han formado parte del discurso republicano.

Aquí es donde entran a escena tres cuestiones muy relevantes. Por un lado, es hora de preguntarse si el recurso de la emergencia es suficiente para hacer frente a las múltiples crisis que enfrenta el país. En efecto, la campaña no es lo mismo que el gobierno. ¿No son acaso la inasistencia escolar, las listas de espera en salud y la carestía de la vivienda problemas que merecen ser resueltos con la misma premura? Es obvio que los ministros encargados de esas temáticas están al corriente de ellas y que tendrán sus líneas de acción. Sin embargo, será necesario que La Moneda logre rápidamente integrar esas urgencias en un relato más amplio.

Porque una cosa es evidente: la luna de miel será corta. Algunas preguntas que surgen son: ¿cómo lograr que Kast se mantenga popular cuando las expectativas comiencen a chocar con la realidad? ¿Cómo hacer para que los distintos segmentos en que hoy se divide la sociedad chilena se sientan representados, al menos parcialmente, por una de sus reformas? No cabe ninguna duda de que la oposición buscará rearticularse en torno a los errores del gobierno entrante, y habrá que estar preparados.

Por último, está el desafío político de fondo: ¿de qué manera se integrarán las otras fuerzas de derecha en el proyecto que recién comienza? El presidente ha dado algunas señales correctas. Haber nombrado a militantes de la UDI y de RN en cargos relevantes fue una acción audaz y necesaria. No obstante, quedan por resolver sus relaciones con otros grupos de derecha, además de definir qué rol jugarán los partidos en el Congreso una vez que empiece la agenda legislativa.

Con todo, soy optimista. El hastío con la política tiene al menos un efecto estabilizador: después de años de tensión, es improbable que prospere cualquier intento de trasladar nuevamente el conflicto a la calle. Eso no garantiza éxito, pero sí ofrece una oportunidad. Kast tiene todo para cumplir con el mandato que recibió, siempre que entienda que gobernar no es prolongar la campaña, sino ampliar la gobernabilidad hacia quienes no votaron por él. Ahora es el presidente de todos los chilenos. Mientras mantenga esa conciencia, el optimismo tendrá fundamento.

Por Juan Luis Ossa, historiador e investigador del CEP.

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