Socializar las pérdidas

Latam Airlines



"Vamos a requerir del apoyo de los gobiernos”, dijo esta semana el CEO de Latam Airlines, Roberto Alvo, mientras la acción de la aerolínea se desplomaba hasta 80% por la pandemia del coronavirus. Los líderes del gran empresariado coincidieron. “Hay empresas de utilidad pública como las líneas aéreas que van a requerir ayuda”, dijo el presidente de la CPC. “Es una industria que está siendo apoyada por los países desarrollados y no veo por qué en Chile debe ser distinto”, agregó el líder de la Sofofa.

Son declaraciones extraordinarias, viniendo de grupos de presión que por décadas satanizaron la intervención del Estado en la economía.

Es cierto que el salvataje a las aerolíneas es tema en todo el mundo: según el World Travel and Tourism Council, hay negociaciones con 75 gobiernos. Noruega, Finlandia, India y Australia ya ofrecieron millonarios paquetes de ayuda para sus líneas aéreas.

Alemania adelantó que planea comprar acciones de grandes empresas como Lufthansa, e Italia anunció la nacionalización de Alitalia. Aunque en Chile suene a herejía, decenas de países tienen aerolíneas estatales, incluyendo a las dos mejores compañías del mundo, según el ranking Skytrax: Qatar Airways, a través de la cual ese emirato es dueña del 10% de “nuestra” Latam, y Singapore Airlines.

Sí, la celebrada aerolínea de Singapur, el país que lidera el ranking de libertad económica en el mundo, es estatal. El Fisco también es dueño de compañías telefónicas, proveedoras de internet, bancos y empresas tecnológicas. Y el 88% de sus habitantes viven en viviendas estatales. ¿Por qué? En palabras de su primer ministro, Lee Hsien, por “pragmatismo: estamos dispuestos a hacer todo lo que funcione”.

¿Y cuando estos gigantes son privados? En 1953, Charlie Wilson, exdirector ejecutivo de General Motors (GM), fue nombrado secretario de Defensa de Estados Unidos, y proclamó: “Lo que es bueno para GM es bueno para Estados Unidos, y viceversa”.

Es que esos gigantes son “demasiado grandes para caer”: como su quiebra generaría una catástrofe económica y social, los gobiernos se ven forzados a rescatarlos. La pregunta más bien es cómo hacerlo, para asegurar que el dinero fiscal no termine en los bolsillos de dueños o ejecutivos. Esta semana, el derechista ministro francés de Finanzas dijo que evitarán la quiebra de grandes empresas, “incluso nacionalizando si es necesario”. Lo mismo adelantó su colega, también derechista, de Alemania.

En Chile, la cacareada ideología de no intervención del Estado de los Chicago Boys se fue a la basura en la crisis del 82. Todos los chilenos, a través del Fisco, fuimos avales de la deuda externa privada de los grandes grupos económicos, y financiamos para ellos un “dólar preferencial”, con una pérdida para el Fisco de cerca de ¡un tercio del PIB! Fue, en palabras de Nicolás Eyzaguirre, “un vergonzoso caso de socialización de pérdidas privadas”, ya que “si bien los dueños de los bancos perdieron su capital, los dueños de las empresas, que en muchos casos eran los mismos y usaban a los bancos como su tesorería, fueron claramente rescatados con dinero público”.

Superada la crisis, los bancos han presionado exitosamente para relajar las regulaciones, y hoy están entre los negocios más rentables del país. Cosa parecida ocurre con el lobby agrícola, que clama por intervención estatal cada vez que el dólar baja. ¿Y cuando está por las nubes, como hoy? Entonces, ¡que el sucio Estado saque sus manos del mercado!

En 2008, GM fue rescatada por el gobierno de Estados Unidos en la crisis subprime. Lo mismo pasó con bancos e industrias. El antes todopoderoso presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, debió comparecer ante el Congreso para defender sus políticas de desregulación que desencadenaron la crisis.

“Todos tenemos una ideología; un marco conceptual para lidiar con la realidad”, dijo entonces Greenspan. Y confesó: “Estoy en estado de shock. Descubrí una falla en el modelo que definía cómo funciona el mundo”.

Si en Europa o Asia los gobiernos pueden salir rápidamente al rescate o la compra de grandes empresas en problemas, es porque por décadas han sido dueños o socios de esas compañías, cuya suerte entienden estrechamente ligada al país.

Si la crisis se profundiza, tal vez a Chile no le quede más remedio que rescatar a Latam y a otras grandes empresas. Pero para tener ese debate, los émulos chilenos de Greenspan deberían partir por reconocer que su ideología tiene una falla.

O bien, admitir que esa ideología es un conveniente barniz para disfrazar los intereses de siempre: privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Y para eso, nada más conveniente que ser neoliberales en tiempos de vacas gordas y socialistas cuando llegan las vacas flacas.

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