Por Max ColodroCuidar las palabras

“En el principio era el Verbo” afirma Juan en el último de los evangelios canónicos, convicción prístina de la centralidad de la palabra en el origen del mundo y de cada una de sus criaturas. En rigor, es en las profundidades del lenguaje donde los individuos gestan su identidad, dando lugar a los procesos que hacen posible la conciencia de sí mismo y la comunicación con los demás. Sin palabras, la realidad que compartimos no sería posible, por eso la forma en que las empleamos dice mucho de nosotros.
El actual ciclo de deterioro de la convivencia y de la política tiene en la degradación de la palabra uno de sus principales engranajes. El insulto, la descalificación, el uso y abuso de la mentira saturan hoy el espacio público, una lógica que las redes sociales han extendido y complejizado hasta el vértigo. En estos tiempos, sólo podemos aspirar a que al menos nuestras autoridades sean cuidadosas en la manera en que escogen sus términos, que busquen contribuir a mejorar y no a seguir dañando la escasa confianza que ha sido depositada en ellas.
Esta semana, el Presidente Kast nos ha hecho una insólita confesión: uno de sus principales compromisos de campaña era sólo una metáfora, o más bien una hipérbole. No es fácil saber cuál es el sentido de dicho reconocimiento, pero quedó en el aire la dolorosa sensación de que se nos estaba informando que una promesa de gestión no era verdad, que a los ciudadanos se nos ofreció algo sabiendo que no se iba a poder cumplir. La metáfora o la hipérbole no era, en este caso, el uso preciso y responsable de una figura literaria, sino más bien una forma de encubrimiento, una manera de hacer creer en algo sabiendo de antemano que era falso. En simple, ni metáfora ni hipérbole, una simple y banal mentira.
Qué nos queda frente a esta confesión sino preguntar, ¿será la única metáfora o hipérbole que escuchamos durante la campaña del actual Presidente o hay más? ¿Las figuras literarias habrán sido sólo una estrategia electoral o las seguiremos escuchando durante la gestión del actual gobierno? ¿El Presidente Kast se da cuenta que acaba de lanzar un misil a la línea de flotación de su propia credibilidad? ¿Esto es parte de algo consciente y planificado o un nuevo error comunicacional?
No es fácil responder. Cuando una alta autoridad deliberadamente daña la confianza depositada en ella, ¿qué más se puede esperar? Lo único claro, a estas alturas, es que el presidente y el gobierno van a tener que hacer grandes esfuerzos para que sus palabras recobren el valor que se requiere para una gestión política eficaz. Socavar la confianza, sobre todo en relación a compromisos adquiridos por el primer mandatario, supone afectar muchas cosas. Una entre ellas es darle sustento a la peligrosa intención de que las reglas del juego fundadas precisamente en esa credibilidad y confianza, en ciertos contextos pueden no respetarse.
Por Max Colodro, filósofo y analista político
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