Culto

Te pagaré por ser mi esposa: un relato de Jaime Bayly

Yo le pago un sueldo a mi esposa por el trabajo de ser mi esposa. Debería pagarle más. Ser mi esposa es un trabajo espantoso.

Jaime Bayly Portrait Session

Yo le pago un sueldo a mi esposa por el trabajo de ser mi esposa. Debería pagarle más. Ser mi esposa es un trabajo espantoso.

Cuando nos casamos, le pagaba un salario porque venía los viernes a mi programa de televisión y mostraba videos que ella había grabado en nuestra casa. Al público le gustaba que mi esposa se burlase de mí. En esos videos domésticos yo aparecía como un tonto en calzoncillos: roncando a mediodía, rodeado de almohadas que, como una blanda muralla china, delimitaban mi territorio de holgazán en la cama, durmiendo sobre un flotador en la piscina, alimentando a los gatos de los vecinos, escribiendo con sombrero y en ropa interior.

Después mi esposa se cansó y dejó de venir los viernes, pero yo seguí pagándole una remuneración mensual. Era lo justo. Ella trabajaba, mientras yo dormía. Aún ahora, yo duermo, gracias a que ella trabaja. Yo me levanto a las dos de la tarde. Mi esposa salta de la cama, sin quejarse, a las seis de la mañana. Luego prepara el desayuno para nuestra hija adolescente y la lleva a un colegio fuera de la isla, a media hora en auto desde nuestra casa. Después de dejarla en la escuela, mi esposa va al gimnasio. Su cuerpo de atleta le pide ejercitarse todos los días. Al llegar a casa, duerme una siesta y luego me prepara el desayuno: un jugo de naranja y otro de papaya. Entretanto, me cuida el sueño. Los teléfonos están apagados. Si alguien toca el timbre de la puerta de calle, mi esposa corre a atender a esa persona en voz baja, no vaya a despertarme.

Pero el trabajo más valioso que cumple no es el de cuidarme el sueño, permitiendo que yo despierte de buen humor. Gracias a ella, tenemos un canal de YouTube. Me convenció de inaugurarlo hace tres años. Me aseguró que el emprendimiento tendría éxito y que ganaríamos dinero. Yo no le creía. Pensaba que fracasaríamos, que perderíamos el tiempo, que nadie nos pagaría. Tanto insistió, que me rendí. Pues mi esposa tenía razón. Nuestro canal ha reunido a un millón doscientos mil suscriptores. Todos los meses nos pagan más de lo que gano en la televisión. Ha sido un éxito. Me ha sorprendido. Ha superado mis expectativas.

Todas las tardes, mientras tomo apuntes y preparo lo que voy a decir, mi esposa entra en el estudio casero, enciende las luces, reacomoda las cámaras y prueba los micrófonos para que todo salga bien, apenas comencemos a grabar. Yo me despreocupo de la parte técnica, que es compleja y trabajosa. Solo me concentro en mi papel, mis apuntes, las palabras que voy a decir. Mi esposa lo hace todo fácil y todo bien. Nunca me ha dicho: grabé mal, tenemos que grabar de nuevo. Se sienta en una silla elevada detrás de la cámara, vigila el tiempo con un cronómetro y me acompaña en silencio, mientras yo hablo, maravillado de que ese video, unas pocas horas después, pueda ser visto en cualquier lugar del planeta. Los videos suelen durar alrededor de quince o veinte minutos. Tan pronto como terminamos la grabación, reanudo mi vida plácida de tonto en calzoncillos, mientras mi esposa, infatigable, se ocupa de subir el video a la nube y, junto con los editores, que son muy talentosos, dan forma al despacho, al titular, a la ilustración, a los pequeños detalles que, con suerte, despertarán la curiosidad de los espectadores, que se cuentan por millares.

Uno pensaría que, después de atender a nuestra hija por la mañana, y cuidarme el sueño hasta las dos de la tarde, y dirigir la operación técnica de grabar el video diario para nuestro canal personal, el trabajo de mi esposa por ser mi esposa ha concluido, quedando liberada del peso muerto que represento en su vida. Pues no. Su siguiente trabajo es encender y preparar la cámara de vapor, al lado del gimnasio de nuestra casa. El gimnasio lo usan ella y nuestra hija, yo me abstengo de visitarlo, pues soy un vago. Pero, todas las tardes, ingreso doce minutos a la cámara de vapor, mientras mi esposa regula la temperatura y controla el tiempo, y sudo como una bestia salvaje, y expulso toda la energía perniciosa que se ha filtrado en mí, y salgo purificado, renacido, respirando limpiamente. Gracias a ella, que compró la cámara de vapor y dirigió su instalación, sudo lo que conviene transpirar, despejo las vías respiratorias que se tornan pedregosas cuando viajo y, pasada la medianoche, duermo mucho mejor.

No termina allí el trabajo que cumple mi esposa por ser mi esposa. Por suerte, no tiene que buscar a nuestra hija del colegio, pues una señora la trae a casa. Pero, antes de que yo salga, a las siete de la tarde, rumbo al canal de televisión, me prepara una merienda. Generalmente me hace unos huevos revueltos blancos con palta, una tostada con caviar y dos cafés expresos, además de un termo lleno de café que llevo a la televisión y voy bebiendo, mientras hago el programa. Por supuesto, esas comidas y esas bebidas están en la cocina gracias a mi esposa, no a mí, pues es ella quien va al supermercado a comprar todas las cosas que la familia necesita para sentirse a gusto. No recuerdo la última vez que la acompañé al supermercado. Soy un haragán. Alego que, si voy con ella, me van a reconocer y pedir fotos. No es verdad. No voy de compras por pura pereza, no porque sea una celebridad. Yo solo salgo a las dos de la tarde, con mi esposa, al mismo café de siempre, a comer lo mismo de siempre, un pastel de espinaca y un jugo de frutas.

A la noche, mientras hago el programa en un estudio lejos de casa, mi esposa tiene el buen juicio de no verme en televisión y prefiere salir a cenar sola: va al restaurante japonés, o al argentino, o al mediterráneo, o al uruguayo. Cuando termina de cenar, pide algo para mí: un pescado, un pollo, un lomo. Así, al llegar a casa hacia la medianoche, muerto de hambre, me permito saborear los platos deliciosos que me ha conseguido, siempre pensando en mi bienestar y mis caprichos.

Cuando me deprimo y siento que voy a morir pronto, le pido a mi esposa que me sirva comida de hospital, o sea galletas de soda, gelatinas rojas y té negro, y entonces recuerdo que me queda poca vida y le prometo que ella se quedará con todo.

Pasada la medianoche, ya los dos en ropa de dormir, le pido a mi esposa, abusando de su paciencia, que me estire. Entonces me echo en una camilla, en un cuarto que antes era de huéspedes y ahora es de alargamientos y elongaciones, y mi esposa me estira con maestría durante media hora, dejándome relajado y contento.

Téngase en cuenta entonces que, a lo largo del día, mi esposa no deja de trabajar en el arduo y extenuante oficio de ser mi esposa: mi desayuno de frutas, la grabación del video, la cámara de vapor, la merienda, la cena a medianoche y los estiramientos. No es un solo trabajo el de ser mi esposa, son muchos, y todos insoportables, insufribles.

Pero el peor trabajo que hace mi esposa por ser mi esposa es leer las cosas que escribo todas las semanas y que publico en algunos periódicos. En esos relatos, fiel a mi estilo, me inspiro en la vida misma para recrear historias íntimas, personales, y no me censuro nada, lo cuento todo. No siempre mi esposa disfruta de aquellos relatos. A veces cuento una pelea entre nosotros, o que me gusta una lectora guapa, o que me enemisto con uno de mis hermanos, o que tengo sueños eróticos con una cantante famosa, o que soy un tonto que presta dinero a personas que no me lo pagarán, o que amo a mi madre, pero no coincido con sus opiniones políticas ni con los líderes que ella defiende a ultranza y que yo encuentro odiosos.

Por último, sospecho que mi esposa sigue trabajando cuando le pido que hagamos el amor y ella se apiada de mí y condesciende y me permite el placer de extraviarme en su cuerpo. Estoy tan subido de peso, y soy un amante tan torpe y chapucero, que, la verdad, creo que cuando mi esposa se resigna a amarme en la cama, se somete a unos trajines, unas gimnasias, unos esfuerzos y unos afanes, que, sumados, constituyen un trabajo delicado y laborioso, que merece una retribución no menor.

Yo le pago un sueldo a mi esposa por el trabajo de ser mi esposa. Debería pagarle más. Ser mi esposa es un trabajo espantoso. Solo por leer estas líneas debería darle una gratificación adicional.

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