Por Ricardo AbuauadUna década de reconstrucción II
Hace tres años atrás publiqué en este mismo espacio la columna “Una década de reconstrucción”. En ella recordaba que las tragedias (la Gran Niebla de Londres de 1952, la ola de calor de París del 2003) podían ser -a pesar de las pérdidas que causan- ocasión de mejoras importantes en las ciudades, si se enfrentaban correctamente. Y que la magnitud de la crisis que afectó a nuestras urbes a partir del estallido, y que continuó luego con los otros fenómenos que conocemos, incluidos los incendios, iba a tomar al menos una década de recuperación. A seis años del estallido, y tres desde esa columna, hay dos constataciones importantes que hacer.
La primera es que se ven hoy acciones concretas para recuperar los lugares deteriorados, para revitalizar los centros, para devolver la gobernabilidad perdida, para darle atractivo a los barrios que se destruyeron. Algunas de las más destacables están en Baquedano y alrededores, epicentro de las batallas de esos años. La plaza promete, con su diseño y materiales, una visión renovada de su rol en la ciudad, y los nuevos equipamientos, como el VM20, la situarán como un referente nacional. El eje principal de la ciudad también se renueva con la iniciativa Nueva Alameda, con sus fachadas limpias y nuevo perfil. El alcalde de Santiago da la batalla para mantener limpia y bien cuidada la Plaza de Armas, y para devolver el capturado Meiggs a la ciudad. Y esto no trata solamente de la acción del sector público, ya que algunos actores privados también hacen su parte. Un ejemplo de esto es lo que Territoria hace con el edificio Enel, transformándolo en un atractivo polo. Lo mismo busca ese desarrollador con algunos edificios patrimoniales, como el de la Bolsa convertido en Mercado Urbano. Más al oriente, Providencia también anuncia un set de significativos proyectos urbanos, entre ellos el Mercado, que también espera devolver nuevos impulsos al principal eje de la ciudad. Varios actores comienzan ya a soñar con la celebración de los 500 años de la capital con una urbe lista para el futuro. Todo esto es promisorio, y anuncia un viento de recuperación, de recambio.
La primera constatación es alegre. La segunda es, sin embargo, menos feliz: no estaba equivocado el vaticinio de que esta agenda tomaría al menos una década. La magnitud de los daños fue gigantesca, y el abandono de los centros está lejos aún de revertirse. Subsisten sectores (el barrio de los mercados, entre Santiago, Independencia y Recoleta; o el centro de Valparaíso, por poner ejemplos) en los que la mano de esta recuperación aun no llega. Los centros de esas ciudades siguen perdiendo inversiones, locatarios y residentes, y la batalla contra el comercio ilegal recién comienza. Las iglesias quemadas están todavía en ruinas.
Las nuevas inversiones y proyectos anuncian que la reconstrucción está en marcha, pero no podemos olvidar que una década entera dedicada a esta tarea es un precio alto, un precio muy alto para una destrucción que nunca debió haber ocurrido.
Por Ricardo Abuauad, decano campus creativo UNAB y profesor UC.
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