Unidad y orgullo

bandera orgullo gay



Por Alessia Injoque, presidenta ejecutiva de Fundación Iguales

En junio de cada año marchamos para conmemorar el Orgullo LGBTI. Es una movilización y al mismo tiempo una festividad, un espacio en el que nos llenamos de fuerza para enfrentar las adversidades que aún nos plantea nuestro orden social.

Lamentablemente este año no podremos marchar. Una segunda crisis nos golpeó antes de que pudiéramos sanar las heridas que nos dejó octubre y, debido a los dolores de las urgencias, el futuro se borra de los espacios de reflexión.

Más de siete mil habitantes de nuestro país han fallecido a causa del coronavirus, decenas de miles enfrentan la pérdida de seres queridos, a quienes no pudieron acompañar en sus últimos momentos. Al mismo ritmo, desapareció de nuestras conversaciones ese equivocado tono victorioso: las sobrias pláticas en que discutíamos los pasos pendientes para acceder al club de los países desarrollados se vieron interrumpidas, finiquitadas, y hoy contrastan de manera terrible con la angustiosa situación social y económica que viven tantos.

La crisis necesita una respuesta enérgica, la mayoría estamos de acuerdo en que no es momento para peleas pequeñas ni de egos grandes, coincidimos en que son tiempos de unidad. Pero los llamados a unidad se quedan muchas veces en muletillas sin mayor contenido y se dibujan más bien como una estrategia para culpar al resto de mezquindad o incluso cosas peores.

Hay quienes pretenden que asimiláramos el concepto de “unidad” como se le exige a un batallón, que se viste con los mismos colores y obedece a las órdenes del líder sin chistar. Hay quienes quieren extender a la sociedad conceptos que tendrían sentido en una congregación religiosa: unidos con quienes comparten las mismas creencias, demandando al resto que profesen el mismo credo. Esta limitada manera de comprender el mundo podría resultar adecuada en un equipo de fútbol, mientras la hinchada abuchea a sus rivales, pero es del todo equivocada para abordar los desafíos de una sociedad diversa como la nuestra.

Bajo esta lógica de la uniformidad, es que unas pocas voces de sobra influyentes se alzan para exigir que borremos nuestras identidades, pospongamos nuestras luchas, subordinemos nuestras conciencias y desistamos de impulsar los cambios que creemos necesarios. Deberíamos bajar el volumen, nos dicen, porque sería perjudicial para la nación si nuestras voces y las voces de las personas más vulnerables afearan los aplausos que tan dispuestos se hayan de brindarse entre ellos.

Este grave error político es el que nos mantiene divididos. La unidad se construye precisamente en el modo opuesto.

Se agotó el tiempo de las naciones con una sola raza, una religión, una orientación sexual, una identidad de género, aquellas en que toda la sociedad se veía obligada a adecuarse a ellas; el futuro será de los países pluralistas, donde las personas con diferentes creencias e identidades puedan coexistir en paz, donde la diversidad sea un valor y todos tengamos las mismas oportunidades.

Desde esta tribuna les quiero pedir a quienes se oponen a los cambios, aferrados a sus convicciones uniformadoras del pasado, que hagan un gesto de unidad y desistan de oponerse al reconocimiento legal de parejas que no conocen, de familias de las que no son parte y de hijos que no son suyos. Desistan de su voluntad de imponer su visión particular a la sociedad toda y permitan que avancemos hacia el pleno reconocimiento de las familias diversas.

Desde aquí también les quiero pedir a las autoridades que realicen un gesto de unidad para paliar el daño que ha dejado una historia inacabable de discriminación. Hago un llamado a los empresarios: los necesitamos para impulsar políticas de inclusión, con especial énfasis en las personas trans, que llevan una vida impedidas de acceder a trabajos formales.

Estos son ejemplos de una deuda aun más extendida que incluye a mujeres, pueblos originarios, personas en situación de pobreza y muchos más. Es decir, es una deuda con la mayoría de los habitantes de nuestro país. Nadie tiene que renunciar a su identidad; nadie tiene que renunciar a su credo para cuidar la buena convivencia; no es necesario renunciar a uno mismo para ser capaz de ponerse en la piel del otro. Una sociedad unida solo puede ser aquella en que toda la ciudadanía esté incluida. No hay unidad sin inclusión.

Este año no marcharemos, pero miles de personas nos conectaremos por las redes sociales con esta vulnerabilidad compartida, para revitalizar juntos el orgullo de ser quienes somos.

En medio de las grandes dificultades que estamos viviendo, les pedimos a todas las fuerzas vivas de nuestro país que reconozcan la legitimidad del disenso y la riqueza de la diversidad, así podremos recorrer juntos el camino hacia una sociedad inclusiva y pluralista. Solo entonces podremos hablar verdaderamente de unidad.

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