Para las madres, el sueño de la profesión es eso, un sueño




“Durante 20 años trabajé como economista para el gobierno, en diferentes cargos a lo largo de mi carrera, y recuerdo exacto el día en que tomé conciencia, con total claridad, como si un rayo cayera sobre mi cabeza, sobre la condición inevitable de mi género. Fue en mis comienzos, en una importante reunión ministerial. Observando a mi alrededor, me di cuenta de que todos los hombres presentes estaban totalmente involucrados en la conversación y que yo era la única cuya mente se movía de un problema a otro, preocupada de si le habían dado el remedio a mi hijo enfermo en la casa. Mientras veía procesión de cafés y reflexiones larguísimas sobre cada tópico, pensé con rabia: “todas estas afortunadas autoridades masculinas tienen una esposa en casa”. Y lo pensaría miles de veces en los veinte años siguientes.

Ahora entiendo que de “mujer liberada” yo no tenía nada. Compartir el lavado de platos con mi marido no eximía a mi mente programada, ¿afortunadamente? para proteger a los míos. Porque una cosa es la distribución de las tareas, que puede hacerse fríamente, pizarrón en mano, y otra es el pensamiento subconsciente, enraizado en nuestra médula, nuestro cerebro siempre martillando: qué falta, qué hice mal, qué necesitan los niños. La responsabilidad última de lo que hay o lo que falta en el hogar seguía siendo mía, la que debía estar para las enfermedades, doctores y remedios de los hijos, era siempre yo. Y así, finalmente, el poder estaba siempre en otra parte, porque mientras yo corría después de reuniones interminables muerta de culpa a mi casa a ver a mis hijos, los hombres se iban a tomar unas cervezas o a jugar tenis y cambiaban todo lo acordado en el trabajo.

Nuestras abuelas fueron llevadas desde la infancia al matrimonio, las que resistieron fueron tildadas de libertinas. Nuestras madres, mucho más emancipadas, cumplieron el sueño de trabajar y tener una profesión, aunque en empleos siempre inferiores o precarios, y finalmente, muchas postergaron su vida profesional, sus posibles ascensos o traslados, por estar con los hijos y supervisar la crianza. Es por ello que uno de los principales bastiones de mi generacion, al ver los sueños rotos de nuestras madres y abuelas, fue tratar con más fuerza de ser autosuficientes. Y lo logramos, pero muchas veces a costa de la soledad, el exceso de trabajo, la crítica de los hijos y el rechazo de los maridos. La mayor parte de las mujeres de mi generación soñó con los frenos puestos, porque tuvimos que convivir con una cultura que impedía a los hombres gozar de sus hijos, y a nosotras realizarnos sin culpa por no darles toda nuestra atención.

Puedo decir que durante esos 20 años postergué mis sueños laborales más ambiciosos, los autocensuré la mayor parte por la maternidad y la organización de un hogar perfecto. Nunca se me pasó por la cabeza conquistarlo todo, nunca tuve la osadía de exigirlo todo”.

Mariana Schkolnik, tiene 67 años y es economista.

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