El amor después de tener un hijo

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Conocí a Jordi, mi actual pareja y padre de mi hija, a los 13 años. Yo iba en un colegio de mujeres y él en uno de hombres, y esas actividades de las Juventudes Pastorales –a las que íbamos solamente a taquillar– eran las instancias para juntarnos entre todos. A mí me gustó desde un principio y mi meta era pololear con él. Yo nunca había pololeado, él sí. Muchas veces. En una fiesta, cuando ya tenía 14, le dije que si me quería dar un beso me tenía que pedir pololeo. Fue mi primer beso y un mes después, terminó conmigo. A mi corta edad, fue lo más triste que me había tocado vivir. Aun así, seguimos siendo del mismo grupo de amigos durante mucho tiempo.

Pasaron los años y cada uno hizo su vida por separado. Él pololeó, tuvo relaciones importantes e incluso pinchó con una amiga mía entre medio. Después se fue a vivir a España por seis años. Yo, por mi lado, también me emparejé, también tuve relaciones importantes y me fui a estudiar estilismo afuera. Nos vimos un par de veces, cuando él venía a Chile con su polola española, y nos llevamos súper bien. Conversábamos, nos poníamos al día y nos reíamos. Pero nunca dimos paso a algo más. Tampoco se nos cruzó por la cabeza la posibilidad de estar juntos. Para mí era un gran amigo con el que alguna vez, de chica, tuve un pololeo infantil.

Hasta que en el 2014, cuando murió su mamá, volvió a Chile de manera definitiva. Un año después, cuando yo volví de haber estudiado en Buenos Aires, nos encontramos en una fiesta. Yo venía saliendo de una relación larga y tenía ganas de carretear. Y él, que vivía en una casa en comunidad, estaba organizando una fiesta. Habían pasado más de 15 años desde nuestro "pololeo", pero ir a su casa era como ir a la casa de cualquier amigo de toda la vida. Partimos con mi hermana y un amigo y terminamos quedándonos a dormir. Esa noche conversamos mucho y una cosa llevó a la otra. Al día siguiente fuimos a almorzar y después él caminó conmigo hasta mi casa. Nos despedimos y pensé que en eso quedaría. No le di más vueltas, lo vi más bien como una buena anécdota y fin. Pero al otro día me escribió y desde ese momento, no nos separamos.

Estuvimos totalmente enamorados, pero todo cambió cuando quedé embarazada. Yo tenía 33 y Jordi 34, y la noticia vino a desestabilizar todo lo que habíamos, de manera media ingenua quizás, construido cómodamente para nosotros. Porque ahí nos dimos cuenta que por más enamorados que estábamos, nuestra relación no había madurado. Nos amábamos, pero, dadas nuestras circunstancias de vida, nos habíamos quedado pegados en una dinámica medio infantil y cómoda, en la que la rigurosidad y la disciplina no habían sido ejes centrales. Padecíamos, en cierta medida, el síndrome de Peter Pan, y si bien ambos habíamos estudiado y ejercíamos nuestras carreras, no nos habíamos visto enfrentados a ciertas responsabilidades o, en definitiva, a tener que crecer realmente. Habíamos sido niños y poco estructurados. Y eso empezó a pesar el minuto que nos dimos cuenta que ya no se trataba solo de nosotros, sino que había un tercero involucrado. Un tercero que dependía de nosotros y cuya vida estaba en nuestras manos. Yo lo sentí desde el primer minuto, porque las mamás somos mamás desde que quedamos embarazadas. Los padres, en cambio, y con suerte, desde que ven a la guagua.

Vitalia nació en el 2016 y nos vimos obligados a madurar. Nos fuimos a vivir juntos –hasta entonces él había vivido con amigos y yo con mi mamá–, nos salimos de las Isapres de nuestros padres y emprendimos este gran desafío que es criar a una hija o hijo en Chile. Además, y sin ser malagradecida, no contábamos con mucha ayuda; no somos de las familias que tienen nana. Mi mamá, maravillosa como es, sigue siendo una mujer trabajadora. Jordi no tiene mamá y todas nuestras hermanas también trabajan. Y eso, en algún minuto, y especialmente en un país en el que no hay tantas facilidades, se empieza a sentir. Yo, frente a eso, me pegué el madurón muy rápido. Pero a Jordi le estaba costando más.

Yo empecé a ser dueña de una casa. Él, en cambio, aun salía y volvía tarde. Y no era que importara el tema del carrete, sino más bien las implicancias de eso. Despertaba tarde al día siguiente y no podíamos hacer muchos otros panoramas. No eran cosas graves, pero yo por mi lado estaba practicando todo lo contrario. La rigurosidad, la disciplina y el orden. Cosas que quizás tenía pero que mi estilo de vida anterior no me había permitido desarrollar. Para mí todos los días empezaron a ser lunes. Él además trabajaba en una agencia súper exigente y no se daba cuenta. Creía que lo estaba haciendo por la familia, pero a la larga terminó siendo en desmedro de todos nosotros. Llegaba tarde de la oficina y no había mucho tiempo para nosotros como pareja. No lográbamos hacer congeniar bien el trabajo con la paternidad y los dos caímos en un estado depresivo. Yo me puse nerviosa y poco tolerante. Y de un día para el otro, sentí que por toda la situación, se había muerto el amor. En ese contexto, un año después de que naciera Vitalia, tomé la decisión de separarme.

Él no se esperaba esa separación y le costó mucho. Pero también empezó un proceso de terapia que le permitió empezar a ver la vida desde otra perspectiva. Entendió que ahora lo importante era nuestra hija. Y por eso logró ser mejor persona y mejor papá.

Duramos un año y medio separados. Un año y medio en el que ambos nos trabajamos y crecimos. Él fue insistente en dejarme claro que seguía enamorado de mí pero también fue muy respetuoso y entendió que sus conductas tenían que cambiar. No es que haya una sola manera correcta de hacer las cosas –nosotros lo sabíamos bien–, pero hay un desde cuando se es papá. En ese año y medio yo no quería conocer a otra persona, pero pensaba que podía rearmar mi vida. También pensaba en él, pero la verdad es que lo había pasado tan mal que incluso me generaba un poco de pena y rabia pensar en él. No lo había podido perdonar. Pero creo que las oportunidades se dan cuando hay cambios en las actitudes. Con sus actitudes él me fue devolviendo las ganas de hacer familia y de a poco lo volví a querer. Pasó a demostrarnos que él era un ancla y que siempre iba a estar con nosotras. No es que había cambiado su personalidad de un día para el otro, pero asumió ciertos roles que antes no había querido asumir. En un minuto, me abrí a la posibilidad y dije "démonos otra oportunidad". E incluso empecé a ver lo bueno de nuestra historia y de nuestra capacidad de reinventarnos.

Creo que antes los roles en las parejas estaban más definidos. A nosotros, por ser de otra generación, nos tocó este cambio de paradigma; ahora entendemos más que padre y madre cumplen roles igual de vitales en la mantención, en la crianza y en el vínculo afectivo. Y eso nosotros lo fuimos trabajando. En el caso de otras parejas se entiende antes, o no se entiende nunca, pero nuestro proceso fue así. Y de eso se trata también, de resistir. No todos tienen las mismas comodidades o las mismas facilidades. A algunos les toca un cuento de hadas y algunos están bien como están y no quieren mejorar. Nosotros los dos decidimos cambiar. Yo me he vuelto más tolerante y él, si bien sigue siendo medio volado, es un increíble compañero y papá. Cuento con su conversación, con su diálogo y somos muy amigos, además de pareja. Y nos complementamos bien.

A veces las personas me preguntan si volvimos por Vitalia. Yo les digo que hay algo de eso, pero es más que eso. En el fondo los dos queremos estar juntos por ella. No para que ella vea una casa o "papás juntos", sino que porque ella nos une. Nos hace querernos más. Porque esa persona la hicimos los dos. Y de eso estamos muy orgullosos.

En el amor hay mucho de resistencia. Quisiera decir aceptación, pero no es tan así. Hay cosas que yo no acepto y no voy a aceptar, pero sí se trata de ver las cosas buenas. Porque en el caso de Jordi, las cosas buenas son impagables. Mirando hacia atrás, pienso que ha sido muy lindo nuestro proceso. Ambos nos trabajamos y nos dimos otra oportunidad. Porque hay que darle oportunidades a las personas que uno quiere. A veces uno se olvida y tiene paradigmas antiguos en la cabeza, o piensa que hay maneras correctas de hacer las cosas, pero cada relación es distinta. A veces es la mamá la que tiene una carrera, a veces no se cuenta con ayuda. Pero sea cual sea la situación, al final el amor es algo que se construye.

Ada Inzunza (36) es estilista y maquilladora.

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