Estrés y alcohol: una peligrosa mezcla para las madres




Durante los últimos dos siglos hemos visto cómo el alcohol ha sido el talismán para el relajo y la diversión en muchas partes del mundo, pero sobre todo las últimas décadas han sido las mujeres las que han recurrido al alcohol más que en el pasado. “Las mujeres necesitan una intervención. Nuestra salud física y mental está sufriendo a causa de la bebida. Tenemos que abordar la realidad del consumo excesivo de alcohol por parte de las mujeres, y más mujeres deben hablar al respecto y buscar ayuda”, escribió en una columna para el New York Times, la autora Ericka Andersen. En ella planteaba que una de las razones es que el marketing del alcohol generó la idea de que este tipo de bebidas era una oportunidad para olvidarse, aunque sea por un momento, de las responsabilidades. Y las mujeres, que tenemos muchas –crianza, trabajo, cuidados, etc.– fuimos el blanco perfecto. Así el imaginario de “pasar el día” con una copita de vino, apareció como un escape para las mujeres que viven agobiadas por la conocida doble o triple jornada.

Y el problema está ahí, dice la psicóloga Stefanella Costa, Investigadora del Centro de Estudios en Neurociencia Humana y Neuropsicología y del Centro de Estudios en Psicología Clínica y Psicoterapia de la UDP, que explica cómo opera el ideario de la madre “liberada”. “Como la buena madre tiene que ser sacrificada, le debe dedicar mucho tiempo a la crianza, probablemente producto de eso tiene un nivel de agobio importante y merece liberarse sin culpa y olvidarse de todas estas responsabilidades. El problema de eso es que es una liberación ficticia que no contribuye a realmente como sociedad poder problematizar el tema de fondo, que es que podamos distribuirnos de manera justa las responsabilidades del cuidado. Me hacen creer que estoy liberándome tomando una copa de vino, pero así no estoy solucionando el problema de raíz, que es que yo no debería necesitar liberarme, porque no debería tener ese nivel de presión ni agobio”, asegura.

Este nivel de estrés y agobio, que muchas veces se da por la inecual repartición de las responsabilidades del cuidado, se incrementó durante la pandemia, algo que se tradujo además en el aumento del consumo prevalente de alcohol en las mujeres. El estudio Mujeres, teletrabajo y estrategias de cuidados en el contexto de pandemia en Chile, realizado por un grupo de sociólogas de la Universidad de Chile, reveló que durante la pandemia se vio un aumento de tareas en el hogar y que éste, fue asumido mayoritariamente por las madres, incluso en los hogares donde los padres también teletrabajaban; que las múltiples labores que realizan las mujeres a lo largo del día dan la sensación de agobio y que nunca terminan de realizar las tareas del hogar; y que a pesar de que la gran mayoría de las entrevistadas vive con el padre de sus hijos o hijas, no hay una percepción de gran responsabilidad en las actividades domésticas de su parte.

Un contexto difícil en el que el alcohol aparece como un escape. Basta con recordar la cantidad de chistes y memes sobre el consumo de alcohol por parte de las mujeres durante la pandemia. Según la psicoterapeuta Dominique Karahanian, que se especializa en parejas y familia, esta necesidad responde a lo que necesitamos borrar, que muchas veces es el estrés. “Las mujeres al no tener espacios para descomprimir la presión de los cuidados y de estar a cargo de otros, ven el alcohol como una opción para distenderse y ayuda a la vez a borrarnos del momento presente y por lo tanto, del estrés que nos produce”, dice. Este ha sido un terreno fértil para que los equipos de marketing presenten al alcohol como una recompensa o una herramienta de relajación para las madres cansadas; les resultó una estrategia eficaz. “Nació la tendencia #WineMom, y con ella la normalización del alcohol para lidiar con todo lo relacionado con la crianza de los hijos”, cuenta Andersen en su columna.

Según un reporte del Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo de Estados Unidos, durante el primer año de la pandemia, las madres de niños menores de 5 años aumentaron su consumo de alcohol en un 323%. Una realidad que parece foránea, pero que, en realidad, nos permite entender un fenómeno que ya comenzamos a ver en nuestro país. De hecho un estudio realizado por el Minsal y Senda en 2016 determinó que los episodios de consumo excesivo de alcohol han aumentado en los últimos cinco años de 4,6% a 13% entre las mujeres.

“La cultura popular ha normalizado la idea de que el alcohol sirve para aliviar el estrés. De hecho, se ha visto en los últimos años que la publicidad está apuntado hacia las mujeres como consumidoras de alcohol. Por ejemplo, en Estados Unidos la publicidad se ha puesto muy marcada por género, al punto de asimilarse a la inversa a los comerciales de los años ‘70, donde la publicidad apuntaba al imaginario de los hombres que llegan cansados a sus casas después de un día de trabajo a tomarse una cerveza para relajarse y calmar todas las presiones que tuvieron durante el día. Hoy la industria del vino ha tomado esa misma estrategia para venderle a las mujeres”, dice Stefanella Costa.

Pero lamentablemente el alcohol no es una salida saludable, porque sus efectos no son inocuos: es dañino para para el hígado, pero también ataca el sistema inmunológico y está relacionado con más de 60 enfermedades diferentes. Además de generar adicción. Pero además la normalización de una vía de escape que no es sana, como lo es el alcohol, podría llegar a ser problemática respecto a la crianza y a la relación que se tiene con ese hijo o hija, dice Costa, que aclara que la responsabilidad de esta repercusión no es sólo de esa mujer que bebe y que está estresada durante el día, sino que del ambiente que no está cumpliendo sus funciones y que genera una sobrecarga en ella. “El estrés en la relación afecta negativamente los vínculos, sobre todo los vínculos entre cuidador e hijo o hija. Lo primero es que impide que las madres podamos sentir placer al criar. Con este nivel de presión, las madres tenemos menos espacio mental para poder pensar a nuestros hijos e hijas y sus mundos emocionales.

Esto trae problemas sobre todo en los momentos de crisis, que pueden ser, por ejemplo, una pataleta, hasta problemas de comportamiento más generales o de largo plazo. Lo que ocurre es que en el momento que haya que reaccionar adecuadamente frente a esos problemas que se pueden presentar cotidianamente en la crianza, no vamos a tener el espacio mental disponible para poder pensar bien las opciones y reflexionar. Esto se traduce en que la relación con el hijo o hija no sea placentera, hayan menos momentos de conexión profunda y momentos gratos, por eso necesitamos problematizar más la responsabilidad de los cuidados. Cuando una mujer no puede disfrutar su maternidad o sentir placer al criar es porque el resto del ambiente no está cumpliendo sus funciones”, concluye.

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