Por Carolina MelcherApps para bajar de peso: ¿Autocuidado u obsesión corporal?
En una cultura obsesionada con medirlo todo, las aplicaciones para contar calorías y bajar de peso se presentan como aliadas del autocuidado. Sin embargo, muchas reproducen la lógica del control y la insatisfacción corporal, convirtiendo el bienestar en vigilancia permanente y el cuerpo en un proyecto que nunca es suficiente.

Durante años nos repitieron una frase casi incuestionable: la información es poder. Y sí, en muchos ámbitos lo es. Informarse, cuestionar, acceder al conocimiento puede ser profundamente emancipador. Pero hoy vale la pena hacernos una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto más información realmente nos da poder y cuándo empieza a transformarse en control?
Vivimos en una era donde la tecnología promete optimizarlo todo: el tiempo, el descanso, la productividad y, por supuesto, el cuerpo. Aplicaciones que cuentan calorías, registran pasos, miden entrenamientos, pesan alimentos y celebran déficits. Todo bajo una lógica aparentemente racional: si lo medimos, lo dominamos. ¿Pero a qué costo?
La cultura de dietas ya no se sostiene solo en influencers que venden planes restrictivos con discursos motivacionales, en profesionales de la salud profundamente pesocentristas o en programas de televisión que normalizan el control corporal. Hoy opera de forma más silenciosa, más “técnica”, más difícil de cuestionar. Está en nuestros teléfonos, recordándonos qué comer, cuánto movernos y cuándo sentir que el hambre es “demasiada”.
Las aplicaciones para bajar de peso y contar calorías se presentan como herramientas neutrales, incluso educativas. Pero no existen en el vacío. Existen en una sociedad obsesionada con la delgadez, que ha aprendido a confundir salud con apariencia y autocuidado con disciplina extrema. En ese contexto, estas apps no acompañan: vigilan.
Calorías, gramos, pasos, minutos. La comida deja de ser comida. El movimiento deja de ser placentero. El cuerpo se transforma en un proyecto interminable de corrección. Aquí aparece el verdadero problema: cuando vivir se vuelve una auditoría permanente, el bienestar se pierde.
Fernanda tiene hoy 35 años y es mi paciente. Nunca tuvo problemas con su peso ni con su imagen corporal hasta los últimos años de universidad. El examen de grado, el inicio de la vida laboral, el estrés sostenido y la ansiedad coincidieron con un cambio corporal y el aumento de peso. Con eso llegaron los comentarios: familiares, conocidos y personas que no veía hace tiempo opinando sin pudor sobre su cuerpo.
En ese contexto —de presión, cansancio y desesperación— una influencer le recomendó una aplicación para bajar de peso. Fernanda la descargó buscando alivio, no obsesión. Pero la app le exigía registrar cada comida, cada gramo, cada cantidad. Le indicaba exactamente cuánto debía comer para lograr un déficit calórico y prometía resultados rápidos. Muy rápidos.
La obsesión creció sin aviso: culpa antes de comer, miedo después, angustia al “salirse” del plan. La aplicación no le enseñó a cuidarse, le enseñó a desconfiar de su cuerpo. Lo que comenzó como una supuesta herramienta de autocuidado terminó siendo un gatillante profundo de daño. Hoy Fernanda está en tratamiento por un trastorno de la conducta alimentaria y, aun así, sigue recibiendo publicidad de aplicaciones para bajar de peso, como si su cuerpo continuara siendo un problema que el algoritmo insiste en corregir. Este testimonio no es una excepción. Es una advertencia.
La evidencia científica es clara. Uno de los estudios más relevantes en esta área, publicado en Journal of Eating Disorders, mostró que el uso frecuente de aplicaciones de conteo calórico se asocia significativamente con mayor insatisfacción corporal, aumento de la restricción alimentaria y mayor presencia de conductas alimentarias de riesgo, especialmente en mujeres jóvenes. Otras investigaciones han advertido que estas herramientas pueden actuar como gatillantes o reforzadores de trastornos de la conducta alimentaria, sobre todo en personas con historia de dietas, ansiedad o vulnerabilidad previa.
Nada de esto ocurre por falta de fuerza de voluntad. Nada de esto es una falla individual. Porque el problema no es la tecnología en sí. El problema es qué ideales reproduce y a quién sirve. Estas aplicaciones no fueron diseñadas para promover una relación respetuosa con el cuerpo, sino para sostener un modelo de negocio basado en la insatisfacción corporal permanente. Funcionan a partir de fórmulas estandarizadas pensadas para una “población promedio” que no existe, ignorando la historia, el contexto, la salud mental, el acceso y la experiencia corporal de cada persona.
Cuando el ser humano se reduce a datos, números y algoritmos, la individualidad desaparece.
Y si una persona logra reconciliarse con su cuerpo, escuchar sus señales y salir de la lógica del control constante, la app deja de ser necesaria. Y eso, claramente, no es rentable.
No enseñan a escuchar el cuerpo: enseñan a desconfiar de él. No promueven salud: promueven vigilancia. No promueven cuerpos sanos, nutridos y funcionales: promueven cuerpos delgados a toda costa.
Y mientras tanto, quienes quedan atrapadas en esta lógica no necesitan más control ni más números. Necesitan compasión, información crítica y espacios de cuidado reales, lejos del castigo y la culpa.
Tal vez llegó el momento de cuestionar esa frase que repetimos sin pensar. No toda información es poder. A veces, es solo una forma más sofisticada de control.
Y quizás la verdadera salud no pase por saber cuántas calorías tiene lo que comemos, sino por recuperar la confianza en un cuerpo que nunca necesitó una aplicación para sobrevivir.
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