La noche que mi marido se fue




"A Sebastián lo conozco desde que tengo 16 años. Jugaba fútbol con mi hermano mayor y era el típico amigo mino. Yo era chica y no tenía intenciones de pololear, pero él me decía ‘cuando seas más grande nosotros nos vamos a casar’. Al salir del colegio me fui a vivir fuera de Chile y en un viaje por Australia nos encontramos de casualidad. Un tiempo después, cuando ya tenía 21, nos pusimos a pololear y luego de cinco años nos casamos. Los problemas empezaron cuando tuvimos a nuestro primer hijo.

Ahora sé que él nunca quiso ser padre, pero nunca me lo transparentó, porque nuestros dos embarazos fueron planificados. Pensando en retrospectiva, me doy cuenta que él quería seguir en la dinámica de viajar y pasarlo bien conmigo sin tener ninguna responsabilidad. Pero todo el panorama se le vino abajo cuando eso cambió, hasta que una noche de julio del año pasado, agarró su bolso y una parka, y se fue. Sin previo aviso. Sin despedirse.

Lo había advertido antes, pero habíamos recurrido a terapia de parejas y no pensé que fuera una posibilidad real. Pensé que se trataba de amenazas que tiraba al viento. De hecho, la última vez que lo dijo antes de que lo hiciera definitivamente, fue una noche en la que estábamos durmiendo y nuestro hijo mayor –que ahora tiene 4 años– se puso a llorar y a gritar “¡mamá!”. Esa vez le tocaba a él ir a verlo, entonces seguí durmiendo, o intenté hacerlo, convencida también de que le haría bien afianzar el vínculo con sus niños. Pero pasaba el rato y solo escuchaba los gritos de mi hijo.

Finalmente asumí que no dormiría esa noche. Desperté, cometí el clásico error de pensar “bueno, él trabaja mañana así que me encargaré yo” y fui a la pieza de mi hijo. Cuando llegué, Sebastián lo tenía en brazo y me lo pasó bruscamente. Minutos después, se asomó por la escalera y gritó que ya no nos aguantaba y que se iría para siempre. Pero no se fue. En cambio vinieron semanas insufribles de terapia de pareja. Cuánta energía gastada solo para llegar a la conclusión de que ya lo habíamos intentado todo. Él no quería ser papá y yo no quería seguir casada con él.

Entonces llegó esa noche. La noche que he repasado miles de veces en mi cabeza. Traté de recomponer cada momento para ver si hubo algún detalle que me hubiese hecho sospechar de que se iría. Pero no. Hicimos todo igual que siempre. Comimos, acosté a los niños, uno de ellos se despertó y lo arropé en su cama. Pero en la mañana, muy temprano, escuché unos ruidos. Traté de dilucidar lo que estaba pasando, pero estaba exhausta y solo me desperté cuando lo sentí entrar a la pieza. En ese minuto supe que finalmente se iría. Pude haber dicho algo, pero me hice la dormida. Después de unos segundos abrí los ojos y lo vi ahí en el umbral de la puerta, mirando hacia atrás. Afirmaba solo una parca y un bolso. ¿Me habrá visto despierta? ¿Se habrá despedido de los niños? ¿Sabrá que lo vi cuando se fue?

Mi primera reacción fue sentir pánico. Me había quedado sola con los niños y no sabía qué sería de mí. Pero súbitamente sentí alivio. Sabía que el pánico iba a pasar y opté por aferrarme a esa sensación. Pero no fue fácil y pasé las primeras tres semanas en la casa de mis papás. Mi familia es muy conservadora y religiosa, y nadie nunca se había separado. Además, no les había dicho que estábamos mal. Contarles que se había ido de la casa y que estábamos en crisis hace tiempo implicaba romperle todos sus esquemas. Sentí que ellos lo verían como un fracaso. Pero mi papá fue el primero en decirme que legalizara todo y que regulara las visitas y la pensión alimenticia.

Pasé muchos meses después de que mi marido se fue de la casa tratando de recoger cada una de mis piezas para poder repararme. Pero ahora entiendo que más que reparar, prefiero avanzar. Y a esa nueva versión de mí la abrazo con dulzura. También pasé meses esperando que los niños se acostaran para poder llorar tranquila y pedirles perdón porque crecerían sin un padre. Me sentía culpable, creía que pude haber hecho algo para prevenir el quiebre. Que pude haberlo intentado más. Hasta que finalmente entendí que no. Dejé de pedirles perdón y llegué a la conclusión que era yo la que tenía que perdonarme a mí misma primero. Dejé también de tenerles pena, o de tenernos pena, porque me di cuenta de lo bien que funcionábamos los tres. Sebastián se había ido en julio, pero había estado ausente desde mucho antes.

Al mes de haberse ido, volvió por una tarde para ver a los niños. Se veía como si hubiese rejuvenecido, había recuperado su vida social. A mí, en cambio, se me había venido todo encima. Esa vez le dije que yo hubiese preferido ser infeliz toda mi vida a que mis hijos crecieran sin un papá. Ahora, por suerte, sé que no hay ni una posibilidad de que así sea. Y estoy feliz de haber priorizado mi bienestar.

Aun sigo reconstruyéndome a mí misma. A veces se hace más difícil que otras. Una, en particular, fue cuando mi hijo mayor me preguntó si el papá me había preguntado lo que yo sentía antes de irse. Para no preocuparlo, le dije que sí; que había sido algo conversado y que ambos habíamos llegado a la conclusión de que sería mejor así. Su partida me dolió mucho, pero no el ego, que es el punto en que todos parecen reparar cada vez que preguntan “¿qué se siente que te dejen?”, como si lo importante fuera quien colgó el teléfono primero. Lo que me pasó es que me dolió en el alma, porque con él se fue todo lo que yo creía hasta ese entonces. Y por eso ahora no quiero volver a reconstruirme, sino que quiero dar paso a una nueva versión de mí. Una con más amor propio.

Decidí hace tiempo perdonarlo y entenderlo. Entender que simplemente no pudo dar más. No le tengo rabia y siento que he sido más fuerte sin él. Porque también ahora sé que no merezco estar con alguien que se va sin despedirse".

María Maturana (33) es periodista.

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