Suicidio en niñas, niños y adolescentes: “Mi hija se quería ir para que yo pudiera estar mejor y esa contradicción se sintió como un balde de agua fría que me hizo tambalear, pero al mismo tiempo, despertar”




Hace dos años Pía Lastra (34) recibió un llamado que cambiaría su vida para siempre. Estaba en su trabajo cuando sonó el celular. Era la orientadora del colegio de su hija –de 16 años–, para avisarle que la joven había tenido un intento de suicidio. Se trató de lanzar del cuarto piso, pero entre compañeras y profesores la detuvieron. “Me quedé helada, no supe cómo reaccionar. Es más, tomé mi cartera y salí sin rumbo, no le avisé a nadie”, recuerda. Después de deambular un par de cuadras, se fue al colegio. Dice que en el camino no pensaba en nada, solo sentía la urgencia de estar ahí, porque aunque le confirmaron en más de una ocasión que su hija estaba “bien”, ella necesitaba verlo con sus propios ojos.

Una vez en el colegio, lo primero que hicieron fue pasarle la carta de despedida que había escrito su hija. En ella le pedía perdón por ser una carga y le decía que esto lo estaba haciendo para que ella, por fin, pudiera disfrutar su vida. “No sé muy bien cómo explicar la culpa que sentí en ese momento. Mi hija se quería ir para que yo pudiera estar mejor y esa contradicción se sintió como un balde de agua fría que me hizo tambalear, pero al mismo tiempo, despertar”, dice. Entró a la sala, vio a su hija y la abrazó. Juntas salieron del establecimiento y, en ese momento, comenzó un largo camino de recuperación que dura hasta el día de hoy.

“Nos quedamos paradas ahí en la puerta del colegio, en plena calle y sin saber qué hacer. Otra vez caminamos sin rumbo y en silencio. No le conté ni le pregunté a nadie, porque nosotras siempre hemos estado las dos solas, el papá nunca existió. En un momento se me ocurrió buscar en Internet y encontré una clínica que estaba cerca y me la llevé. Una vez que entré, exploté en llanto; había estado contenida todo ese rato y necesitaba que me orientaran”, cuenta. Pía confiesa que previo a ese acontecimiento, su hija había mostrado algunas señales como cortes en los brazos, pero ella no le dio tanta importancia, incluso lo asumió como una moda adolescente. “Yo también venía atravesando un momento difícil en el trabajo, una depresión, y eso no me permitió ver el estado real de mi hija”.

La joven quedó hospitalizada una noche, pero al día siguiente, cuando Pía la fue a ver, no le gustó el estado en que la encontró. “Estaba súper dopada y me dio susto que le pudiera pasar algo. La saqué asumiendo la responsabilidad, incluso tuve que firmar un papel en el que declaraba que si algo pasaba, había sido por mi decisión sacarla de ahí. Nos fuimos a la casa, pedí permiso en el trabajo y velé día y noche, por su estado de salud”, cuenta. Pero un día, se quedó hablando por teléfono con su pareja, necesitaba desahogarse. Estaba en el primer piso. En medio de la conversación le vino una sensación de angustia en el pecho, subió corriendo la escalera y encontró a su hija durmiendo y un frasco de pastillas vacío en el velador. “Vivo en Buin y no tengo auto, así que como pude la tomé y la arrastré durante una cuadra. Un vecino nos encontró y nos llevó en auto al hospital. Esperamos un buen rato por atención hasta que me cansé y decidí llevarla a una clínica donde le hicieron un lavado de estómago y la reanimaron”, cuenta.

Pía reconoce que en todo este proceso se ha sentido muy sola. “El sistema de salud mental es muy precario. En vez de que te reciban y acojan, pasa todo lo contrario. Yo he tenido que ir de lugar en lugar pidiendo ayuda, y sin tener información, sin saber qué hacer. Incluso en una de las clínicas a la que la llevé después, la misma psiquiatra me dijo que mi hija estaba bien, que era algo propio de la adolescencia y nos mandó para la casa. A esas alturas yo no quería llevármela, tenía miedo y también necesitaba estar tranquila, porque no me atrevía a ir al baño para no dejarla sola”. cuenta.

Finalmente su hija quedó internada en otra clínica. Durante un mes estuvo día y noche y luego entró en un sistema diurno, en el que la iba a dejar en la mañana y la retiraba en la noche. “Hoy mi hija tiene 18 años. Hemos pasado momentos más difíciles que otros, incluso un tiempo se fue de la casa. Yo decidí dejar mi trabajo y buscar la manera de emprender sola. Porque cuando uno vive algo así es inevitable sentir culpa. Como mi rol era sacar adelante a mi hija, me había concentrado mucho en el trabajo y ella había pasado mucho tiempo sola. Por eso es importante que los padres estemos encima, los escuchemos y les demos mucho amor. El trabajo y la plata no es lo más importante, como lo es crear vínculos con la familia”, dice.

La historia de Pía y su hija no es aislada. En Chile, cerca de 1.800 personas se suicidan cada año, de las cuales 400 son adolescentes, según datos del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS 2017). Entre las principales causas están el bullying, los trastornos mentales, el consumo de drogas y la falta de apoyo social. Si bien la mortalidad por suicidio en Chile se ha estabilizado durante los últimos años, y como país presentamos tasas de suicidio similares al promedio de la OCDE, sigue siendo un problema de salud pública preocupante, ya que es la segunda causa de muerte en niños entre 8 y 18 años.

Carla Figueroa es fonoaudióloga y magíster en Educación de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Chile. Es parte del equipo que puso en marcha el programa Salud Telemental, prevención del suicidio en la comunidad escolar, y confirma las cifras. “Hemos visto que cerca del 20% de los suicidio ocurren en este grupo etario: niñas, niños y adolescentes. Se trata de un fenómeno multifactorial en el que participan distintos elementos que los vuelven más vulnerables”.

El psicólogo y académico de la Escuela de Psicología de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UC del Maule, e investigador del proyecto, Pablo Méndez-Bustos, coincide: “La adolescencia en general es una etapa de mayor vulnerabilidad; están en un proceso de cambio emocional, físico, neuro-biológico, y por tanto, están expuestos a una serie de cambios que pueden poner a prueba la situación en la que se encuentran”, explica. Y es que cuando hablamos de conductas suicidas no hablamos solamente del sujeto sino que del entorno en el que está inserto. “El sujeto son sus experiencias de vida y también el entorno socioemocional y cultural en el que se encuentra, por tanto es un problema multifactorial. De hecho la OMS reconoce el suicidio como un problema de salud pública”, agrega.

Según el experto, en este tema la pregunta permanente es si es más fuerte la genética o el ambiente. “Yo creo que es una combinación, una secuencia poco virtuosa que hace que las personas se vuelven más vulnerables. En el caso de las niñas y niños, la sintomatología depresiva no se manifiesta como los adultos, hacen más rabietas, pataletas, tienen menos tolerancia a la frustración y peor manejo del conflicto. Todas manifestaciones que hay que considerar, al igual que en el caso de los adolescentes, cuando vemos cambios importantes en sus rutinas, aislamiento social, disminución o deterioro del rendimiento académico, consumo de alcohol y drogas o autolesiones”, aclara.

Nunca minimizar una emoción

Francisca Hernández es profesora, tuvo un cargo directivo en la universidad que, por la vinculación que generaba con las y los chicos, le permitió estar en contacto directo, especialmente con los que llegaban en primer año. “Había algunos que me decían: ‘Profe, me intenté matar’, y otros que los traían sus propios compañeros porque los veían descompensados. Ese contacto directo es bueno porque permite ayudarlos en otras áreas como su desempeño académico. Imagínate alguien que está frustrado y que además le vaya fatal en la universidad, es sumarle más desaire a lo que sienten”, dice. Y agrega que tiene que ver con darles un espacio en el que no se sientan enjuiciados desde su sensación o necesidad de ideación suicida. “Necesitan validación y ser escuchados. La mayoría tiene familias desestructuradas y muy poco espacio de validación. En la búsqueda de identidad están en conflicto con ellos mismos pero también con el entorno”, explica.

“Y es porque no estamos acostumbrados a pedir ayuda. Cambia mucho el estado de una chica o un chico cuando encuentra contención. Obviamente hay que hacer un trabajo con profesionales, pero además hay que estar, prestar el hombro y la oreja. Cuando logras generar un espacio de contención, las posibilidades de que esa persona vuelva a pedir ayuda es más alta y tienes más posibilidades de acción. Evitas que el primer canal de acción sea la autoeliminación”, agrega Francisca, que además cuenta que en ocasiones los alumnos la llamaban un viernes a las 11:00 de la noche para contarle que estaban desesperados. “Cuando los recursos emocionales de los padres son escasos –porque nadie les enseñó tampoco a ellos a hacer esa contención– es más difícil que sean capaces de identificar y validar las necesidades de sus hijas e hijos”.

La educación emocional no existe, desde la básica, y en ese sentido espacios como el colegio son claves. “Los colegios necesitan incorporar en su currículum educación en emociones, que los adolescentes descubran cuáles son aquellas que son funcionales, propias del desarrollo y que tienen que estar presentes, y al contrario, detectar cuando estas emociones pueden alterar el desempeño habitual. Los profesores y padres necesitamos ser educados para acompañar los cambios propios de la adolescencia porque en ese sentido, el factor estresante es también la dinámica y el manejo que tienen los padres respecto a su propio proceso de cambio”, agrega Pablo.

Por lo general los adolescentes entregan señales, suelen decir que están tristes, que se sienten mal y en ocasiones incluso que se quieren morir. “La mayoría de las personas que se suicidan, antes pidieron ayuda, y hay muchos mitos que derribar en torno a eso”, concluye Carla Figueroa.

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